Ruptura y sentido común, como construcción de poder

Ruptura y sentido común, como construcción de poder

Snayder Santana

Por: Snayder Santana

Desde Kant y su crítica de la facultad de Juzgar, la filosofía y luego la ciencia se han encargado de explicar el proceso mediante el cual los seres humanos percibimos, nos construimos una idea general de todo cuanto nos rodea, que pasa a ser nuestra construcción y percepción de la realidad. Un proceso de abstracción mediante el cual absorbemos imágenes y conceptos del mundo circundante, lo organizamos y damos forma en nuestro pensamiento y los proyectamos como imagen calcada de la totalidad de la realidad fáctica en la que vivimos. Se pensaría pues que, este es un proceso autónomo, natural e individual de cada sujeto.

Si analizamos la actualidad, partiendo del postulado filosófico trabajado desde Foucault, de que, ningún discurso es neutral, que todo pensamiento y toda forma de expresión de este, está atravesado por una carga ideológica, que todo texto y discurso esta mediado por unas relaciones de poder determinadas, y que lleva consigo una carga de intereses sociales, políticos y económicos podemos pues, afirmar que de aquel pensamiento autónomo que planteaba Heidegger, hoy por hoy en la agenda y el despliegue comunicacional, así como de manera general, en sociedades como la nuestra queda muy poco, dada la naturaleza de subversión de este tipo de pensamiento.

Carlos Marx, establecía que, los valores dominantes en una sociedad, son los valores de la clase dominante. Si bien la definición oficial del sentido común, plantea que este tiene que ver con una serie de creencias y valores, que se establecen como regla general en una determinada sociedad y época, la sentencia marxista sobre los valores es aplicable también a la construcción del sentido común, así pues, podríamos afirmar que el sentido común o dicho de otra forma, el andamiaje de creencias y valores de un momento histórico, es parte de una construcción de sentido que se posiciona  desde las esferas del poder.

En las sociedades modernas anteriores al siglo XX, los métodos para imponer valores y sentido generalizados en determinados grupos sociales, sociedades y regiones del mundo, dependían de procesos más lentos, pues los canales de transmisión y normalización, no contaban con estructuras ni maquinarias de difusión masiva, como las que hoy están a disposición de los gobiernos y las agendas globales, para la normalización de conceptos, modos y formas de vida. En aquella época se necesitaba pues a la iglesia, la imprenta, los intelectuales y la represión, todos estos hoy relegados por el poder de las estructuras comunicacionales de hoy día.

Es importante para el análisis subrayar que, en cada proceso de ruptura social, cambio de paradigma, en cada negación dialéctica de una época, cuando se produce un cambio de régimen o se da el establecimiento de nuevas formas de organización social, comienza el establecimiento nuevos valores que se contraponen a los que se pretenden desplazar o sustituir. De estos nuevos valores, se generan acciones de las cuales se desprende la creación de nuevas formas de sentido, justo ahí comienza la labor de normalización de los mismos que deberán dar como resultado un nuevo régimen de sentido común.

En estos procesos de ruptura social de un orden, en algunos casos el establecimiento de nuevas formas de sentido común pasa desapercibido, en otros se de manera brusca y violentamente, como lo fue en Francia luego de la revolución de 1789, Cuba en 1959 o la caída del muro de Berlín en 1989. En estos casos el cambio, la construcción de nuevos sentidos fue bruco y con impacto más allá de las fronteras geográficas de estos países, logrando trastocar valores e ideologías dominantes en otros litorales, una vez echado abajo el sistema de valores que imperaba.

Las rupturas sociales que se dan a partir de procesos democráticos, electorales, en la actualidad, el establecimiento de un nuevo orden y jerarquización de valores, y por tanto el establecimiento de un nuevo sentido común, que responde a la legitimación del poder alcanzado por un determinado grupo, clase o partido político. En estos procesos la dinámica de cambio es menos violento, pero casi igual de efectivo, se expresa en modificación de leyes, cambio de nombres de instituciones, currícula escolar, líneas graficas de instituciones de gobierno, establecimiento de nuevas nomenclaturas lingüística y la fijación de un staff de vocería en los medios de comunicación tradicionales, que reproducen hasta el cansancio la línea comunicacional del poder, sumado al poderosísimo impacto de las redes sociales.

Cuando las sociedades viven procesos de cambio, rupturas sociales y políticas en países como el nuestro, es necesario generar las condiciones para entender y visibilizar estos procesos de normalización de nuevas formas o formatos de sentido común, toda vez que existe la necesidad de que los cambios se produzcan el  ámbito de lo estructural del sistema político, social y en los medios y formas de producción, no solo en lo cosmético y comunicacional, no en la percepción de una realidad construida sobre la base de estrategias mediática, he ahí donde el pensamiento autónomo debe alzarse  como resistencia al sentido común impuesto.

Es pues, en contra sentido donde debe construirse el contra poder, es en la periferia del pensamiento oficial donde debe darse el debate sobre la construcción de una realidad social que supere la repetición de verdades a media, es ahí donde deben proponerse las reformas y la desconstrucción de la metafísica retorica desde donde se plantean y se exponen cambios que no atentan contra es estatus quo, sino que lejos de eso lo reafirman normalizando nuevas formas de verlo y disfrazarlo.

De ahí que la construcción de un nuevo sentido común pos ruptura, constituye una construcción de poder y legitimación de quienes gobiernan, pero, casi nunca representa progreso social, desarrollo económico ni superación de prácticas políticas anacrónicas, dado que su base de fundamentación es perspectiva, discursiva y mediática.

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