Rusia despide a su primer presidente electo

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Por Neil Buckley y Catherine Belton
En Moscú

Rusia dijo adiós a su primer presidente electo democráticamente ayer, con pompa y reverencia, pero en medio de temores entre los rusos comunes de que los logros más importantes de Boris Yeltsin se hayan ido con él a la tumba.

Ante dignatarios de todo el mundo, Yeltsin se convirtió en el primer líder ruso en 113 años en recibir un funeral completo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en la catedral del Cristo Salvador, destruida por Stalin en 1931, pero reconstruida bajo el mandato de Yeltsin como símbolo de renacimiento nacional.

Un sombría Bill Clinton, quien como presidente forjó una relación de genuina calidez con su homólogo ruso, abrazó a la viuda de Yeltsin, Niana, mientras pasaba junto al ataúd abierto, cubierto con la enseña tricolor rusa, donde yacía Yeltsin.

Otos que ofrecieron sus respetos están George H.W. Bush, el ex presidente de Estados Unidos, Sir John Major, ex primer ministro británico, y el primer presidente polaco de la era post-comunista, Lech Walesa. Mijaíl Gorbachov, el ex líder soviético, y presidente de los antiguos estados soviéticos, y Nursultán Nazarbayev, de Kazajastán y Alexander Lukachenko, de Bielorrusia, además de Román Abramovich, el hombre más rico de Rusia, con vínculos cercanos a la familia Yeltsin.

El sucesor electo de Yeltsin, Vladimir Putin, se situó cerca de Naina Yeltsin, pero se mantuvo durante el servicio religioso junto Mijaíl Frdkov, el primer ministro, y dos sucesores presidenciales potenciales, Serguéi Ivanov y Dimitri Medvedev.

Sacerdotes barbudos hicieron oscilar sahumerios y hacían oraciones, mientras en la oración fúnebre el segundo clérigo de mayor rango dijo que Yeltsin le había dado la libertad a Rusia. 

“Hoy Rusia vive una vida plena y está retornando a sus tradiciones históricas”, dijo el Metroplitano Yuvenaly.

El ataúd de Yeltsin fue trasladado en un carruaje acompañado por una guardia militar hasta el monasterio de Novodiévichy, mientras Putin y otros líderes iban detrás. Un estimado de 5,000 personas se alinearon en las calles, algunos de ellos enjugando lágrimas.

En la tumba, Naina lloró y acarició el rostro de su esposo, antes de que fuera enterrado, acompañado por las salvas de cañones militares. En una ruptura con el pasado soviético, Yetlsin fue inhumado no en el muro del Kremlin en la Plaza Roja, pero cerca de escritores rusos, incluyendo Bulgakov y Myakovsky, y otro rebelde político, el líder soviético Nikita Jruschov.

Antes de la ceremonia, Alexei Veneditkov, editor de la radio independiente Eko Moskvy, dijo que los rusos “hoy habían comprendido lo que perdieron”.

“Aunque muchos han hablado mal de Boris Nikoláyevich en los últimos años, lo que él hizo por nosotros será aprovechado por nuestros hijos y nietos. Nos dio la libertad, una economía de mercado y la libertad para viajar por el mundo”.

Pero entre los miles alineados fuera de la catedral para presentar sus respetos hasta muy tarde la noche del martes, y de nuevo ayer, algunos temían que la muerte de Yeltsin pudiera marcar el fin de una era.

 “Nos acostumbramos a ser libres”, dijo Galina Moshkova, una traductora. “pero ahora ellos  están tratando de encerrarnos de nuevo. El temor del que Yeltsin nos libró está empezando a retornar”.

Serguéi Murakov, un antiguo científico que se lanzó a las calles en agosto de 1991, cuando Yeltsin se subió a un tanque para desafiar el golpe de los de línea dura soviéticos, lamentaba lo que la era caótica de Yeltsin ha dado lugar.

“Quizás no estábamos preparados para la democracia. Quizás no éramos suficientemente maduros”, dijo. “Había demasiadas personas preocupados por sí mismos”.
VERSION AL ESPAÑOL DE IVAN PEREZ CARRION