Rutina de pesquisas soldados estadounidenses en Irak

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Soldados estadounidenses en patrullaje tocan a la puerta de una familia iraquí, luego entran en fila, cada uno con 35 kilos de blindaje corporal, munición y un rifle M-16. En ocasiones registran la casa habitación por habitación. A veces se sientan y conversan. Dependiendo del estado de ánimo de la familia, se les sirve té dulce.

Se está haciendo en todo Bagdad. Como parte del nuevo plan de seguridad, los soldados están tratando de cerrar la brecha entre los iraquíes y los estadounidenses, con la esperanza de que eso haga sentir a los residentes locales más seguros; una tarea que siempre ha parecido más allá de la capacidad de los estadounidenses en los cuatro años que llevan aquí.

En una noche reciente en el oeste de Bagdad, la conversación fue la siguiente.

“No queremos hostigarlos ni nada”, dijo el teniente Johnny Mulholland, de 23 años, al padre de familia a través de su intérprete.

El teniente se había acomodado en el sofá. Sus compañeros soldados estaban de pie alrededor, como apoyadores que esperaran bloquear cualquier problema.

El padre, Abdul Hadi, estaba de pie al otro lado de la habitación vestido con una túnica blanca.

“No nos mezclamos con las otras personas en este vecindario”, dijo, con la voz tensa.

“¿Sabe algo de los retenes ilegales en la Calle del Mercado?”, preguntó el teniente.

“Ponen retenes ilegales algunas veces”, dijo Abdul Hadi.

¿Quiénes eran “ellos”? Nadie en la casa lo sabía. O si lo sabían, no lo dijeron. Los soldados se marcharon. Y con eso se desvaneció el gesto de ansiedad del rostro de Abdul Hadi y su esposa.

 Me sentí como si acabara de ver una de esas secuelas de películas en las cuales la trama es una repetición apenas disfrazada del original, con diferentes actores diciendo los diálogos. Había acompañado a soldados en el mismo tipo de visitas domiciliarias y patrullajes nocturnos en 2003 y 2004, cuando la guerra parecía tan joven como los hombres y mujeres enviados a combatirla. Había visto familias similares en casas similares en las mismas calles oscuras tratando de determinar qué querían estos extranjeros bien armados; y cómo salir ilesos de cada encuentro.

El plan de seguridad que empezó el 14 de febrero es en muchas formas un regreso a los días de la ocupación formal. Involucra elevar el nivel de tropas a 173,000, el más alto de la guerra. Involucra a soldados qu viven en vecindarios en todo Bagdad, comiendo cordero con jeques, haciendo patrullajes a pie a través de calles salpicadas de basura y perros callejeros y cascarones de autos oxidados.

Es Contrainsurgencia 101 como lo expuso el general David H. Petraeus, el máximo comandante de Estados Unidos en Irak. La idea es establecer contacto regular con civiles iraquíes y ganar su lealtad. En 2003, los comandantes también tenían un nombre para ello: “corazones y mentes”.

“Tengo una labor que hacer, y me pregunto: ‘¿Qué necesito hacer para que estas personas se sientan seguras, y cuánto tiempo necesito estar en la calle?”’, dijo el capitán Benjamin Morales, de 28 años, nativo del Bronx a cargo de la misma compañía de la 82 División Aerotransportada a la cual está asignado Mulholland.

 Pero hay diferencias en el enfoque estadounidense ahora, producto de una larga y difícil curva de aprendizaje conforme ha cambiado la naturaleza de la guerra, y los corazones y mentes de los iraquíes. Por un lado, los soldados y sus comandntes ya no hablan sobre “callejones sin salida”, ya no insisten ante los reporteros en que los iraquíes no piensan en sí mismos como sunistas y chiitas. Reconocen que están parados entre dos bandos en una guerra sectaria.

Comandantes como Morales señalan vecindarios en sus mapas satelitales y dicen: Aquí es donde las milicias chiitas están secuestrando a familias sunitas. Aquí es donde insurgentes sunitas amenazan a chiitas. Pueden poner sus dedos en lugares donde se encuentran cadáveres, con los ojos vendados, las manos atadas, la piel cubierta del tipo de marcas que ninguna persona ajena a la escuela de medicina debería tener que ver nunca.

Ese tipo de violencia realmente se ha desarrollado durante dos años, pero durante ese periodo los generales estadounidenses se distanciaron de la población, retirando a sus tropas a extensas bases con cines y docenas de sabores de helado en los comedores. Menos soldados en las calles significaban menos estadounidenses en riesgo, y era consolador pensar que las fuerzas de seguridad iraquíes asumirían el control cada vez más. Eso no funcionó.

De ahí la oleada, con la orden de cruzar de nuevo la alambrada: Hablen con los residentes locales. Recorran los mercados. Bajen de los Humvees.

“Conducir a través de un área a 50 kilómetros por hora y llamarlo patrullaje no es efectivo”, dijo Morales. “No se va a conseguir la información que se necesita. Nunca se va a establecer una relación”.

 Así que el capitán envía a sus hombres a patrullajes a pie casi todas las noches. Se reúne con con concejos vecinales como lo hizo en su primer recorrido aquí en 2003 y 2004.

La unidad del capitán, Compañía B del Primer Batallón, 325 Infantería Aerotransportada, llegó a Bagdad a principios de febrero. Está estacionado en una de las 48 guarniciones vecinales que los estadounidenses han establecido en la capital. Hay baños a nivel del piso y duchas tibias y un salón sin almuerzo, sólo cenas cocinadas por los soldados. La base está en el vecindario Ali Salah del oeste de Bagdad. Mi primer día ahí, Morales me llevó ante un mapa en el pasillo de su centro de mando. Hacia el norte de la base estaba Kadhimiya, un bastión chiita que data de hace siglos. Al sur estaba Mansour, un barrio árabe sunita de clase alta del que los chiitas quieren apoderarse, dijo. En medio estaban Salaam, Topchi y Ali Salah, donde milicias chiitas habían expulsado a casi todas las familias árabes sunitas.

Ese reconocimiento de la volátil dinámica sectaria estuvo ausente de los cálculos estadounidenses en los primeros dos años de la guerra.

Ahora los oficiales dicen que un punto central de la misión es evitar que a las milicias, sunitas o chiitas, lleven a cabo una limpieza sectaria. Para hacerlo, necesitan comprender mejor a la población.

El capitán dijo que sentía que estaba desarrollando una verdadera relación con los residentes locales esta vez. “En 2003, pagábamos a la gente por información de inteligencia”, dijo Morales, quien está en su tercera misión. “Ahora, la gente está cansada de los insurgentes. Está harta de la violencia, está harta de las bombas que rompen sus ventanas. Dan información gratuitamente. No he tenido que pagar por la información”.

Pero el contacto puede ser roto por una sola bala. Eso sucedió con la muerte de una mujer a la que conocí en el barrio del capitán y cuyo asesinato yo descubrí.

Morales había cultivado una relación de confianza con Suaada Saadoun, una árabe sunita viuda que se había quejado ante los estadounidenses de que ella y su familia estaban siendo hostigados por milicianos chiitas.

El capitán tenía el número de ella en su teléfono celular. Ella había acudido a la base a decirle de los elementos malos en el vecindario. El había visitado su casa.

El 28 de marzo, Saadoun fue muerta a tiros mientras camibana por el mercado, apenas un día después de que soldados estadounidenses y curdos arrestaron a dos hombres chiitas que estaban tratando de entregarle un aviso de desahucio. Cuando Morales supo del asesinato de Saadoun, envió al pelotón de Mulholland a su casa. El teniente tuvo que hacer el papel de detective. Pasó frente a mujeres vestidas con túnicas negras que lloraban en el patio y se sentó con dos hombres dentro de la casa.

Un hombre, Abu Bariq, residente de la casa, dijo que el puñado de árabes sunitas que quedaban en el barrio estaban todos en una lista de blancos recopilada por un militante chiita llamado Haider. Pero Haider era difícil de encontrar. Se trasladaba de un lugar a otro.

 No hay tras quien ir ahora, dijo uno de los hombres del teniente, el sargento Danny Medina, usando una grosería.

Los estadounidenses condujeron hacia el callejón donde Saadoun había sido asesinada. Hombres en una panadería cercana dijeron que habían escuchado disparos pero no habían visto nada.

En los primeros años de la guerra, Mulholland quizá hubiera ordenado a sus hombres que detuvieran a decenas de personas del mercado para llevarlas a la base para ser interrogadas. Luego habría ido y hecho lo mismo en el barrio de Haider.

Había visto a soldados estadounidenses antes sacar a rastras de grupos de hombres de sus casas, ponerles fundas verdes sobre la cabeza o vendas blancas sobre sus ojos, y llevarlos a vehículos blindados para conducirlos a la base para ser interrogados. Los detenidos eran luego metidos en fosos sucios rodeados por alambre de púas. Esas tácticas son ahora reprobadas por muchos comandantes, no vaya a ser que conviertan a más iraquíes en insurgentes.

Pero eso aún deja la duda de cómo sofocar los temores que los asesinos de Saadoun habían despertado.

En esta tarde, Mulholland regresó a su base con sólo una foto de Haider que Abu Bariq le había dado.