Sabiduría popular

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Apenas a un año de graduado de médico, pasé a vivir en uno de los suburbios de la ciudad de Chicago en donde con frecuencia solía escuchar a colegas y a obreros referirse a los políticos en tono despectivo. Decían que salvo raras excepciones, estos últimos solían ser mentirosos, simuladores y estafadores de la buena fe, quienes siempre prometían villas y castillos durante las campañas electorales, pero tan pronto se alzaban con el poder se les manifestaba una incurable amnesia en cuanto tenía que ver con las promesas hechas. Siempre estuve en desacuerdo con aquellos conceptos, pero ahora, en pleno otoño y empezando a asomar al invierno existencial, debo admitir que, en cierto modo, aquellas personas que conocí en la ciudad de los vientos estaban correctas y que el equivocado era yo.
Todo lo anterior viene a colación, luego de haber visto y escuchado los debates recientes entre la ex candidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos y el hoy elegido primer mandatario norteamericano. La impresión que tuve fue la estar frente a una ducha veterana que se había aprendido al dedillo el libreto y ensayado exitosamente su rol teatral. Lucía ser una erudita en la materia con una plasticidad en el rastro y sus respuestas algo memorizado previamente.
Su contrincante mostraba un comportamiento reactivo, espontáneo, rayando con la imprudencia; irradiaba franqueza, soltaba lo que sentía en ese momento, quizás sin medir las consecuencias de sus palabras, digamos que se presentaba como un hombre “políticamente incorrecto”. La inmensa mayoría de las encuestas daban como segura ganadora a Hillary Clinton. El oponente Donald Trump era instintivo; hablaba el lenguaje de los conocedores de la vieja política y se comprometía a llevar honestidad y cambio en la conducción del gobierno estadounidense.
Creía en el dorado sueño americano, era seguidor del matrimonio tradicional, apoyaba la libertad religiosa, se granjeó la animadversión de importantes medios de comunicación al tildarlos de falsear o deformar sus declaraciones de prensa, llegando a llamarlos corruptos. Denunció la globalización económica, se mostró proteccionista del criollismo norteamericano y atacó todo cuanto oliera a foráneo. Rechazó el formato neoliberal predominante y dio a entender que daría un gran giro a la actual política exterior. Su discurso caló en los sectores de blancos pobres y en las capas medias y negros frustrados con el incumplimiento de metas anunciadas por la gestión demócrata gobernante. La candidatura Clinton le supo a más de lo mismo, mientras que la de Trump representaba un sabor diferente. Los vaticinios y sondeos de opinión no dejaron de ser lo que son, predicciones parecidas a las meteorológicas, cambiantes.
El 10 de noviembre de 2008 analizando el triunfo de Barack Obama escribíamos para este diario: <<Es indiscutible que las cualidades intelectuales y el carisma que adornan a Obama, aunadas a un talentoso equipo de campaña, facilitaron el éxito del joven negro. Sin embargo, hay algo que nadie debe perder de vista, se trata del descontento, la incertidumbre y la inseguridad hijas del mal financiero que muchas familias padecen, factores que de una manera decisiva inclinaron la balanza a favor del candidato demócrata>>.
Donald Trump ha sonado el trompetazo sorpresa que resuena de uno a otro confín del planeta. En esta media isla caribeña: ¿Se oye o no se oye?