¿Salvos? ¿De qué?

POR MARLENE LLUBERES
Gran parte de la humanidad interpreta el hecho de la salvación como mito o ficción. La tan mencionada historia del hombre que murió en la cruz para perdón de los pecados, no conmueve más, ni produce impacto a quienes la escuchan.

Sin embargo, no existe una realidad tan veraz como el hecho de que de tal manera amó Dios al mundo que dio a su único hijo para que todo aquel que en El crea, tenga vida eterna.

El hombre, desde sus orígenes creado para vivir en presencia de su Creador, por haberse dejado seducir por aquello que le atraía, desobedeciendo así a Dios, quedó condenado a la muerte eterna y su transitar por esta tierra fue desprovisto de una relación con Dios, aquella que ampara, defiende, consuela y fortalece.

El destino del hombre, al finalizar la vida terrenal, está determinado por la aceptación de esta entrega, de este acto incomparable de amor. Jesús fue crucificado por nuestras transgresiones, padeció inimaginable dolor, incomparables vituperios e injusta humillación, sin reclamos ni lamentos, sin soberbia ni altivez, para lograr nuestra justificación. Pagó el precio que le correspondía al hombre, tomó nuestro lugar y al derramar su sangre nos concedió el perdón. El único sin pecado, sin mancha, que jamás cedió ante la tentación, habiendo sido tentado en todo, derramó esa preciosa sangre por la transgresión que otros cometieron. Al entenderlo y aceptarlo, tendremos la irrefutable garantía de que, al llegar la muerte física, estaremos eternamente al lado de nuestro Padre y no separados de El por siempre.

Por gracia recibimos este regalo invaluable, mediante un acto de fe que ejercitamos al creer en nuestro corazón que Jesús se hizo hombre, en obediencia al Padre, cumpliendo el propósito para el cual fue enviado. Murió, resucitó y fue glorificado. Hoy disfrutamos de un Jesús vivo que, porque vive, inclina su oído a nuestras peticiones e intercede día y noche delante del Padre por cada uno de los que lo invocan.

Ciertamente Jesucristo llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores, herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo de nuestra paz cayó sobre El y por sus heridas fuimos curados.

La vida del hombre es frágil y transitoria. La profesión, la familia y las buenas obras pueden ofrecer un placer efímero, pero no la felicidad que viene de saber que hemos sido justificados por Dios y de que estamos viviendo dentro de Su voluntad.

Aceptemos este acto de amor como un hecho real, reconozcamos a Jesús en todos nuestros caminos, arrepintámonos de nuestras faltas, seguros de que El es fiel y justo para perdonarlas. Recibamos la salvación y empecemos a disfrutar de la vida abundante que Dios otorga a los que en El creen.