Samuel Santana – Reflexionen, padres de familia

Hace poco fui testigo de cómo un profesor tuvo que llevar a la dirección del centro donde imparte docencia a un joven que estaba causando estragos en el aula con su indisciplina y actitud estrafalaria.

Se trata de un estudiante que suele escabullirse durante las clases para irse a sentar a un colmadαn con una botella de cerveza por delante.

Han tratado de persuadirle a cambiar de conducta amenazándole con que le va a ir mal en los exámenes, hablar con sus padres y con expulsarlo del centro. Sin embargo, cuantas veces le llaman la atención responde con una indiferencia fría y con una burla cínica.

En su mochila tenía dibujado unos símbolos muy extraños: una cruz invertida, un esqueleto humano, la cara de la muerte y el insulto a las madres.

Todas las uñas de las manos estaban pintadas de negro, hablaba con voz entrecortada, despedía un olor nauseabundo de su cuerpo y la ropa oscura lucía sucia y llevaba aretes en las orejas.

En una libreta particular guardaba con mucha cautela unos escritos acompañados de ilustraciones sangrientas.

Y llevaba una gorra en cuya parte frontal trazó un símbolo contra el Gobierno y contra la Policía.

A fuerza de mucho indagar dijo que era anarquista. Y se declaró como tal por entender que “es un modo de vida mediante el cual se respeta la libertad de las demás personas a pensar y hacer todo lo que les parezca sin que nadie intervenga o se meta”.

¿De qué libertad hablaba?

De aquella en la que el profesor quería que permaneciera disciplinadamente sentado, que no saliera del centro sin permiso, que llevara las tareas a tiempo, que respetara las reglas, que no fumara en los baños y que no estorbara a los demás mientras se impartía la docencia.

De igual modo, que no estuviera propagando que consumir droga no era nada, que no cargara una navaja en la mochila, que no amenazara a los profesores si le iba mal en las pruebas y que se aseara debidamente.

Peor aún, a través de él la directora se dio cuenta de que no era él sólo que estaba en eso, en el colegio había ya todo un grupo de estudiantes que practicaban la misma doctrina.

Son jóvenes que se han constituido en una especie de células que se multiplica a través del reclutamiento. Algunos de ellos llegaron transferidos de otras escuelas.

Su estrategia persuasiva consiste en explicar con sagacidad en cuál es la naturaleza de su filosofía y por qué aceptarla. Consideran que es la única forma de ser ellos mismos, de vivir plenamente sin que nadie les estorbe.

Lo peor de todo es que, en este caso particular, ninguno de los padres se daban cuenta de las andanzas de sus vástagos. Y es difícil que lo sepan porque nunca asisten a las reuniones de padres y no tienen tiempo de ir a conversar con los profesores.

Son jóvenes que en sus casas no se comunican casi con nadie, pues viven encerrados en sus habitaciones para ver televisión, escuchar música extraña, hablar por teléfono y chatear por Internet.

¿Qué se puede esperar de una sociedad donde los padres de familia no están alerta contra las corrientes y los elementos perniciosos que destruyen el sano desarrollo de los hijos?