SAN IGNACIO DE LOYOLA Prepósito General

AR6

 A los compañeros novicios Julio  Fortuna, Ángel Germosén, Juan Pupo y Elkin Tejada,  que hicieron  sus votos el 14 de agosto.

Aunque Ignacio estuvo bajo sospecha de herejía, no dudó en fundar un instituto religioso y en escribir constituciones. En 1541 los compañeros redactaron un primer borrador. En 1547, Ignacio llamó a Roma a un jesuita español, Juan de Polanco, nativo de Burgos, cristiano nuevo – descendiente de judíos convertidos al cristianismo -, familia comerciante, preparación académica parisina, carrera eclesiástica vaticana, inteligente y trabajador. Comprendió la mente y el estilo de Ignacio. Organizó la secretaría, ayudo a la redacción de las constituciones. Preparó índices de temas a partir de la historia de la vida religiosa, de las bulas papales y de los documentos de los compañeros. Con esta ayuda Ignacio se aplicó al trabajo y para 1550 pudo pedir a los compañeros que vinieran a Roma para conocer y aprobar el texto. El texto fue aprobado, con ligeras modificaciones, en 1551. Ellas fueron formalmente aprobadas en la primera congregación general en 1558.
Como legislador Ignacio prefirió un texto amplio. Las constituciones constan de un proemio, un examen general y diez partes distribuidas en 827 artículos. Las constituciones serían auxiliadas por diferentes ordenanzas o reglas propias que se deberían acomodar a tiempos, lugares y oficios para reglamentar el ejercicio de los diferentes oficios, como los del administrador de las casas, enfermero,…
De las constituciones se deben destacar, primero, las razones que dio para escribirlas. El parte por reconocer que “aunque la Suma Sapiencia y Bondad de Dios nuestro Criador y Señor es la que ha de conservar y regir y llevar adelante en su santo servicio esta mínima Compañía”, precisa tres razones para escribir constituciones: 1. que “la divina Providencia pide cooperación de sus criaturas.” 2. que así lo ordenó el Vicario de Cristo nuestro Señor. Y 3. A los ejemplos de los santos. En segundo lugar, pero importante, es destacar que la parte VII, muchos lo consideran el núcleo central de las Constituciones, pues trata de la misión de la Compañía. El criterio que ha de guiar la selección de obras o apostolados es “el mayor servicio divino y bien universal”. Por eso se deberían preferir los trabajos que tengan “más necesidad así por la falta de otros operarios, como por la miseria y enfermedad de los prójimos en ella y peligro de su entera condenación”. También se deberían preferir “personas grandes y públicas,…gentes [pueblos] grandes como Las Indias,… o a pueblos [naciones] principales o a universidades…”
Ignacio comisionó a Jerónimo Nadal la explicación de las constituciones a los jesuitas ya dispersos por las diferentes obras y países. Nadal había nacido en Mallorca, España, de padre abogado. Estudió en Alcalá, donde conoció, pero no trató a Ignacio. Más tarde, en la universidad de París se volvió a encontrar con Ignacio y conversó dos veces con él, pero no quiso unirse a ese grupo de compañeros por miedo a las sospechas de herejía que se cernían sobre ellos. De vuelta a su tierra, Nadal vivió preso de melancolías, incertidumbres y depresiones. Enterado de que Ignacio y los compañeros habían sido aprobados por el Papa y de los éxitos misioneros de Javier en Oriente, fue a su encuentro a Roma. Hizo los ejercicios espirituales y fue admitido en la Compañía en 1545. La Compañía le ayudó a centrar su vida y superar las depresiones. Ignacio y Jerónimo se entendieron muy bien. Ignacio le confió importantes misiones, desempeñó cargos centrales en la Compañía. Jerónimo captó tan nítidamente la mente de Ignacio y la difundió con tanta fidelidad y creatividad que James Brodrick – el jesuita inglés historiador de la Compañía – lo llamó el “segundo Ignacio”, el segundo fundador de la Compañía.
Expongo dos ejemplos aparentemente contradictorios pero expresivos de la universalidad del pensamiento de Ignacio. Ignacio manejó muchos proyectos pastorales en la Cristiandad mediterránea, pero también asumió nuevos retos en zonas distantes o difíciles. Sobresale el proyecto de Etiopía y el oriental, India, Japón y China, que asignó a Francisco Javier. Javier le imprimió un ímpetu y una mística que lo convirtió en punto de referencia y entusiasmo entre las juventudes europeas. Orgullo de la Compañía. Y Alemania, rebelde por el protestantismo, le ocupó a la Compañía hombres y tensiones. Allí envió Ignacio sus mejores hombres y dedicó las finuras de sus instrucciones pastorales.

Un sólido recurso de gobierno fueron las instrucciones pastorales y las cartas. Ignacio escribió 6,815 y era un cultor cuidadoso de su redacción tanto para trasmitir con objetividad lo tratado de manera que se pudiesen mostrar a terceras personas para su entusiasmo y edificación, y como medio de unidad de los miembros de la Compañía. Ignacio reprochó a compañeros como Bobadilla y Favro por mal redactar las cartas. A Favro le observa que él ya le había explicado personalmente y por escrito cómo escribir las cartas. En concreto, precisa que deben escribir dos cartas, una principal ´´escribiendo lo que cada uno hace en sermones, confesiones, ejercicios y en otras espirituales obras, según que Dios N.S. obrare por cada uno, como pueda ser a mayor edificación de los oidores y lectores…” Otras cosas, personales y menos trascendentes, que él llama “impertinentes. Se han de escribir en las “hijuelas” o cartas pequeñas adjuntas.

Las instrucciones son un medio expresivo para conocer el estilo pastoral de Ignacio. La que redactó para los padres enviados a Alemania en 1549 refleja lo minucioso y equilibrado de su pensamiento. Trascribo algunos elementos que nos pueden ayudar a comprender. Los padres debían ante todo confiar en Dios, dar ejemplo con su vida, no tener interés económico, ser amables con todos sin caer en la familiaridad, ser amigos y benevolentes con los gobernantes, proponer doctrina sólida sin caer en escolasticismos, defender prudentemente la Sede Apostólica evitando ser calificados como papistas, hacerse amigo de los herejes, hacer obras de caridad en cárceles y hospitales, compartir sus puntos de vista para determinar lo que se haya de hacer, mantener la comunicación con Roma y tratar de fundar colegios de la Compañía.

De la praxis apostólica, bien pronto surgió el recurso pastoral del colegio dedicado a jóvenes laicos. El colegio, para jóvenes laicos, fue una novedad pastoral para la Compañía. En 1541, al tratar la formación de los jóvenes jesuitas, se pensó en la experiencia de los primeros compañeros en Paris que estudiaban en los colegios adscritos a la universidad. La propia praxis los condujo a fundar sus propios seminarios y admitir jóvenes laicos. Este fue el caso de Coimbra, Valencia y Gandía. Pero en 1548, Nadal fundó el colegio de Messina, Sicilia, para solo jóvenes laicos, inspirado en el “método parisino”. El colegio enseñaba lenguas y filosofía clásica, ahora de moda, pero expurgados de “las cosas deshonestas y nocivas”. Cada colegio requería de un fundador que asumiese sus costos y así se garantizase la gratuidad de la enseñanza.

A la muerte de Ignacio, 31 de julio de 1556, los jesuitas eran unos mil distribuidos de Japón e India a Alemania, de Etiopía y El Congo al Brasil. En la cristiandad europea y la India funcionaban 46 colegios.