«San Romero de América»

«San Romero de América»

POR GRACIELA AZCÁRATE
Al concluir la guerra en El Salvador, doce años después, una Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas concluyó que Roberto DAbuissson, fundador de los escuadrones de la muerte y del partido oficialista Alianza Republicana Nacionalista (Arena), ordenó el asesinato del Arzobispo. Además determinó cómplices y ejecutores.

Pero horas antes de conocerse el informe en 1993, el presidente Alfredo Cristiani, de Arena, decretó una amnistía para todos los responsables de masacres y asesinatos.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, el 15 de agosto de 1917. Muy jóven ingresó al Seminario Menor de San Miguel con los padres . Claretianos. En 1942 fue ordenado Sacerdote en Roma y en 1943 se licenció en Teología en la Universidad Gregoriana. Fue párroco en diversas localidades de San Miguel. El 3 de mayo de 1970, a los 53 años, fue nombrado Obispo Auxiliar de Monseñor Luis Chávez y González, arzobispo de San Salvador. Cuatro años más tarde, se le asignó el Obispado de la Diócesis de Santiago de María, sin imaginar que el 3 de febrero de 1977 sería nombrado Obispo de la Arquidiócesis de San Salvador.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero fue cambiando sus posiciones conservadoras ante el cuadro inicuo de las necesidades y las injusticias sufridas por los más pobres, realidad que le hizo extender sus brazos a los más desposeídos y a través de sus homilías y sus acciones diarias se convirtió en la conciencia crítica de la nación.

Por su apostolado en favor de la paz y los derechos humanos fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 1979.

El 24 de marzo de 1980 por televisión se reprodujo la imagen fija de unas monjas rodeando un cuerpo caído ante un altar y la noticia de que el arzobispo de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero, había sido asesinado mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital de La Divina Providencia donde habitaba.

En Europa, aquel hecho ocurrido en un pequeño país centroamericano les recordó la historia del Arzobispo de Canterbury, Thomas Becket, asesinado por cuatro sicarios del rey Enrique II durante su homilía de la misa de Navidad en la catedral de su arzobispado en 1170.

Pero esa sensación inicial, lejana y evocadora, no duró mucho porque el funeral celebrado el 30 de marzo se convirtió en otra tragedia con cuarenta muertos y más de doscientos heridos provocada por las fuerzas de seguridad salvadoreñas y algunos francotiradores. La plaza de la Catedral de El Salvador fue el escenario de aquella nueva tragedia.

Han pasado veinticinco años desde aquel crimen impune que llevan a una reflexión ética sobre lo que ocurrió en la vida de aquel arzobispo que hasta muy entrados los años setenta tenía posiciones conservadoras de espaldas a la realidad política y social de su país.

El año 1977, marcó un giro en la vida del Arzobispo Arnulfo Romero que lo llevó a comprometerse y a dedicarse a las reinvindicaciones de las clases populares salvadoreñas, centroamericanas y latinoamericanas.

Ese religioso de sesenta años se metió en el mismo corazón del pueblo, un pueblo siempre asediado por matanzas, y persecuciones, como la del año 1932, un pueblo asediado por la pobreza, por la represión, por los crímenes que los escuadrones de la muerte realizaban contra esa misma Iglesia que había optado por la solidaridad y el compromiso con los pobres.

Sus homilías, intentaron ser acalladas de diversas maneras porque «eran denuncia y profecía, esperanza en el cielo pero, también, en la tierra, como si aquel arzobispo hubiera descubierto las causas precisas de la pobreza y las culpabilidades concretas de la represión de los pobres».  

El asesinato de Romero fue cometido por un francotirador de los escuadrones de la muerte en la capilla de un hospital para cancerosos, en 1980. Este hecho quedó impune a pesar de los reclamos populares y de la jerarquía católica de la época.

El actual presidente salvadoreño, Elías Antonio Saca, se opone a la reapertura del proceso judicial penal.

Una Comisión de la Verdad creada por la Organización de Naciones Unidas determinó en 1993, que la orden de matar al arzobispo fue dada por el entonces mayor del ejército Roberto D’Abuisson, jefe de los servicios militares de inteligencia y fundador del partido que actualmente está en el poder, Alianza Republicana Nacionalista. (ARENA)

Romero frecuentemente denunció desde el púlpito las atrocidades de los militares contra la población civil y sacerdotes católicos, lo que hizo que D’Abuisson acusara públicamente al religioso de ser aliado de la guerrilla izquierdista del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) que combatió al régimen en los años 70 y 80. Un año antes el Arzobispo Romero acudió al Vaticano y con documentos y fotos denunció lo que pasaba en su país. El Papa Karol Wotyla, que acababa de asumir el papado, trató de contemporizar y le pidió que tuviera paciencia y un acercamiento con el gobierno salvadoreño. Las versiones que se difundieron desde entonces hablan de una radicalización de las posiciones del Arzobispo Romero ante la poca receptividad del Papa ante las denuncias y las fotos de las torturas y atrocidades sufridas por sus sacerdotes en las comunidades donde trabajaban.

Su sentencia de muerte fue la frase «les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, que cese la represión… un cristiano que defiende posiciones injustas, ya no es cristiano».

Los actos de conmemoración del asesinato de Romero concluyeron el 2 de abril, en El Salvador con la llegada de obispos y sacerdotes de diferentes países, encabezados por el cardenal hondureño Oscar Andrés Rodríguez.

Frente a la catedral, en una céntrica plaza de San Salvador, organizaciones civiles aprovecharon para hacer conciencia de los hechos que denunció el arzobispo.

Centenares de personas pudieron observar una exposición de aproximadamente 900 fotos de salvadoreños desaparecidos en la guerra civil (1980-1992). El asesinato de Romero profundizó un conflicto que concluyó con un saldo de más de 75 mil muertos. La paz fue pactada el 16 de enero de 1992 con un acuerdo negociado con la mediación de la ONU.

El 24 de marzo de 1980 un solo disparo calló la voz que en la víspera les pidió a los militares: «En nombre de Dios y de este sufrido pueblo les ruego, les suplico, les ordeno que cese la represión».

Tras su muerte, San Romero como le llaman, se convirtió en una figura controvertida, mártir para algunos y para otros un político manipulado por la izquierda.

Sus biógrafos coinciden en expresar en que no era un arzobispo que comulgase con la denominada Teología de la Liberación, pero que su línea pastoral cambió a raíz de los asesinatos de sacerdotes que trabajaban en las zonas rurales y urbano-marginales sobre todo después que viajó al Vaticano y se entrevistó con el el Papa Karol Wojtyla,

La suya fue una muerte fructífera porque sembró la semilla de libertad, agilizó el proceso de paz y aumentó las presiones internacionales contra el gobierno, del Papa, el cese de la ayuda militar americana, y logró el aislamiento internacional de El Salvador.

Sus palabras finales dichas hace veinticinco años siguen siendo un imperativo moral no sólo para los cristianos de todo el mundo sino para el género humano.

«…Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres, nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo…»

(Ultimas palabras de la Homilía pronunciada en la Eucaristía en que fue asesinado).

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