¿Se habrá dicho la última palabra?

SULLY SANEAUX
Como ya se sabe, las elecciones norteamericanas repercuten en todo los países, sean estos amigos o adversarios de los Estados Unidos. Así, en las últimas semanas el precio del petróleo ha entrado en una espiral alcista que, como declaró hace unos días el ministro de petróleo de Arabia Saudita, “poco tiene que ver con si hay suficiente petróleo o no”. Y agregó el especialista, “el mercado es el que está fijando los precios y poco cambiará si nosotros producimos más petróleo” puesto que por medio están las elecciones norteamericanas y un indefinido cuadro en cuanto a sus resultados. Algunos analistas del Medio Oriente y europeos van más lejos y se atreven a vaticinar que una victoria Republicana estabilizará el precio en alza (hasta $50 por barril) pero con tendencia a subir, mientras que una victoria Demócrata haría descender de inmediato los precios del líquido.

Esas apreciaciones nada tienen que ver con simpatías por uno u otro candidato y mucho con el programa de política exterior de cada uno de los dos contendientes del próximo 2 de noviembre. En efecto, si los Republicanos se mantienen en el poder gracias a otra victoria de Bush, los analistas extranjeros temen que persista el “activismo” contra los gobiernos que adversan a Estados Unidos en el explosivo Medio Oriente. El próximo en la lista sería el régimen de los “mulás” iraníes, es decir, en opinión de esos analistas, un continuado proceso de desestabilización en el área donde más petróleo se produce del que necesita Occidente. Nadie se imagina que los militantes chiítas que gobiernan desde Teherán se van a cruzar de brazos si se ven en peligro, sobre todo, si como sostienen analistas europeos, ese régimen tiene viejas y probadas relaciones con grupos de los que con más dinamismo operan, tanto en el frente israelo-palestino, como en el iraquí.

De los Demócratas no se espera tanta “militancia” y en cambio, se supone que un triunfante Kerry buscaría “limar asperezas” con los aliados disgustados de Estados Unidos, tanto en Europa como en el mundo islámico, que hasta ahí los tiene Washington. Esa carta la jugaría, consideran esos analistas, un presidente Demócrata tratando de encontrar vías de salida honorable de  las tropas norteamericanas en Irak y su eventual reemplazo por una coalición de aliados (probablemente a través de la ONU) ya habiendo recuperado la extraviada confianza en el liderazgo norteamericano, puesto en entredicho por tendencias consideradas más bien aislacionistas en el seno de la actual administración norteamericana.

Entretanto, ya el segundo debate presidencial ha trazado una línea que aparece constante y es el fortalecimiento de la candidatura Demócrata. En efecto, luego de la muy bien organizada convención Republicana de Nueva York, que se saldó en una ventaja porcentual considerable en las encuestas a favor del candidato Republicano, a través de los debates, su contrincante Demócrata ha logrado acortar la ventaja y más que eso, colocarse en una posición relativamente mejor. En ese segundo debate, en el que el presidente Bush se sentía mucho más cómodo, pues como es sabido, la gran mayoría de norteamericanos “prefiere beberse con él una cerveza” y no con Kerry (alusión al estilo amigable del presidente Bush, por oposición al distante y aristocrático de Kerry), sin embargo, las encuestas dieron una ligera ventaja al candidato Demócrata. En realidad, no es que Kerry lo hiciera mejor que Bush, es que hay una tendencia que apunta a favor de Kerry, que solo podía ser modificada si en el debate de este miércoles, o sea el último, él lograba superar el “síndrome Gore” (menosprecio del contrincante al que se considera inferior) y acentuaba la confianza que los potenciales electores ya le concedían en las cuestiones de política domestica.

Volviendo un poco a los antecedentes, si bien la política exterior de la actual administración, incluyendo la muy denostada operación en Irak, les podía dar dividendos a los Republicanos, esto se hace completamente relativo a la hora en que la situación da visos de “mejoría” en el terreno. En efecto, ¿cuál podría ser la alternativa que se le presentara al electorado? Probablemente la siguiente: “si la administración Republicana ya logró “estabilizar” mal que bien la situación en Irak, volvamos pues a los asuntos corrientes, los que nos afectan en la vida diaria: empleos, educación, vivienda. Si ese es el reflejo y ya las encuestas dicen que el norteamericano promedio tiene más confianza en los Demócratas para enfrentar las cuestiones domésticas, ¿por quién pues votaría?

Este último debate del miércoles finalmente tampoco dejó las cosas claras en cuanto al resultado final. No tan sorpresivamente, el presidente Bush logró una presentación bastante convincente pese a tener que estar a la defensiva puesto que lo analizado es lo que ha sido su política doméstica, no la de su contrincante Demócrata. En el debate, Kerry fue consistente con su imagen de hombre dado a las exactitudes y a la buena presentación de sus expedientes, a la par que aprovechó el escenario para hablar directamente a los televidentes y hacerse conocer mejor de un electorado que no deja de verle con cierta reserva. Bush, aunque en algunos casos “patinó”, (vacunas, salario mínimo o armas ligeras) consiguió ser bastante convincente cuando tuvo que hablar de cuestiones más personales, como su relación con la religión o con las mujeres de su familia o incluso cuando trató el tema de la educación.

En resumidas cuentas, como es de esperar, solo la votación el 2 de noviembre podrá determinar quien será el presidente norteamericano a partir del 1ro de enero próximo y los debates habrán jugado el papel que les corresponde en permitir a los candidatos ofrecer a la opinión pública su visión sobre el futuro inmediato de los Estados Unidos.