Se me antoja

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POR MARIVELL CONTRERAS
No quieren los científicos que los astrólogos ni los quirománticos del mundo le busquen, más allá de la propia ciencia, ninguna versión o justificación a la reciente alineación de los planetas. Yo no quiero buscársela porque no pertenezco a ninguna de las dos ciencias, es más me puedo declarar impúdicamente una ignorante planetaria.

Para mí la luna, el sol, la lluvia y cualquier otro fenómeno natural del universo son solo motivos para escribir poesía y para circunscribir cualquier circunstancia cotidiana que toque mis sentimientos al tono gris del cielo, a la fina o espesa lluvia o al candente sol de las doce del Caribe.

Pero, no deja de ser, que el hecho de que los planetas se alineen me llame la atención y me preocupe.  Porque para mí es más bonito y lógico que los planetas, satélites y rey sol estén en forma circular como si bailaran la danza del espacio y del tiempo.

Alineadas en cambio me da la sensación de que se están preparando para algo distinto a  la armonía.

Sí, tengo que confesar que de un tiempo a esta parte me está cercando el miedo.  Tengo miedo al miedo que se ha apoderado de la humanidad.

Tenemos miedo a todo y ese miedo nos lleva a arremeter contra todo lo que nos provoca miedo con la ceguera y la fuerza inusitada y descontrolada del miedoso.

Sí, desde pequeña he tenido la percepción y muchas veces la confirmación de que el que más teme, ese ser inofensivo, débil y hasta cobarde, tiene muchas veces la capacidad de ganar ante las embestidas de los todopoderosos y gigantes.

El temeroso se sabe débil y cuando da lo hace con la certeza de que si falla, puede ser su última oportunidad.  Por eso ese zarpazo casi siempre es mortal.

Como dice el refrán “no hay enemigo chiquito”. 

Tanto recordamos los 40 años de abril, como el mundo recuerda a 60 años la Segunda Guerra Mundial o nosotros ahora los 44 años del ajusticiamiento de Trujillo. Sucesos que provocaron cambios, fisuras y muertes que nos dejan lecciones para reflexión y estudio permanente.

En este momento en que los poderosos continúan armándose para combatir el terrorismo –con igual pasión y ceguera de un lado y otro-, en que las grandes naciones cierran sus fronteras y persiguen a los inmigrantes generando odio y dolor inconmensurables, en que millones se mueren de hambre y desesperación, yo conozco la piel del miedo.

El hambre, la desolación y la impotencia que han generado las grandes movilizaciones en la historia se mantienen y recrudecen con persecuciones migratorias y racismo, pese a los tratados firmados y las constantes reuniones de nuestros mandatarios.

Los gritos nos llegan desde Madrid, Los Angeles (¿cómo íbamos a pensar eso de ti Arnold Schwarzenegger?) hasta Moste Cristi.

Mientras las naciones se alinean como los planetas contra la naturaleza migratoria de los seres humanos, se ensancha la brecha: pobres-ricos y el problema sigue siendo la seguridad mundial, yo me preguntó ¿en qué parará la cosa caballeros… en qué parará?

Y cuando intento bailar ese viejo y sabroso merengue “Por allá, por allá por Hatillo Palma” me lo impiden los pasos de la danza del miedo y me quedo como la chicharra paralizada.

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