Secuelas de una gran deuda social

El microtráfico de drogas es uno de esos tumores sociales que se hacen invisibles e intangibles para quienes prefieren no verlo y simulan no sentir su  áspero   roce. Es la impresión que nos deja la radiografía hecha en los barrios por nuestros reporteros investigadores Minerva Isa y Eladio Pichardo, y que ocupó la página 6A de nuestra edición de ayer lunes.

Los micro-traficantes están en todas partes pero nadie quiere verlos. En torno a ellos orbita  una clientela hundida en el vicio y una protección variopinta, cuya composición incluye desde el temor a la represalia hasta la dependencia económica, y desde la lealtad comprada hasta la complicidad disfrazada de autoridad. Su omnipresencia hace un bulto muy grande que logra ocultarse bajo un manto de escrúpulos putrefactos.

Este mal social crece en los barrios y los pueblos como la maleza en el campo. Su genética contiene, necesariamente, altas dosis de deuda social acumulada. Los distintos gobiernos le han visto crecer y expandirse pero nunca trataron en serio de contrarrestarlo con políticas sociales firmes que garantizaran formación y buenas oportunidades de trabajo para los jóvenes. En los últimos tiempos, el consumo de drogas se ha “socializado”, ha dejado de ser lujo de élites. El gran tráfico paga en especie y fomenta el microtráfico, y éste a su vez el consumo que atrapa a nuestros jóvenes. Son secuelas de una gran deuda social.

El mundo contra las FARC
A fuerza de muchos errores que han conducido su causa de guerrilla con cierto crédito ideológico a gavilla socia del narcotráfico, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se han ganado el repudio de todo el mundo. La última manifestación de colombianos radicados en al menos sesenta países, en demanda de la liberación de rehenes por parte de ese grupo, es clara demostración de ese repudio.

Las FARC son responsables de ejecuciones de campesinos y otros crímenes horrorosos, entre los que se cuenta la tozudez de mantener secuestradas a numerosas personalidades. Arrinconadas por el repudio que despiertan  sus procedimientos, las FARC hace tiempo que han debido deponer las armas y liberar rehenes, y hacerse, así, merecedoras de alguna dosis de indulgencia. No hay argumento que pueda justificar que un grupo que vendió a precio vil su sustentación ideológica, persista en continuar lo que todo el mundo repudia.