Seguridad en playas y carreteras

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La condición isleña que enmarca al territorio dominicano, conjuntamente con el gran éxodo centrípeta del campesinado hacia la ciudad, han contribuido a modificar el tradicional comportamiento de la feligresía católica.
Para quienes hemos cambiado el almanaque más de medio centenar de veces hay el registro memorial de la semana mayor. Durante ese período de tiempo la familia se recogía en el seno hogareño, disminuían las actividades con la excepciones de los rezos dolorosos; los ruidos se reducían en su máxima expresión, en tanto que la única música que solía escucharse era la sagrada. El ayuno representaba una oferta de sacrificio corporal a cambio del perdón de los pecados.
Los fieles católicos renunciaban a la ingesta de carne, restringiendo la dieta a una modesta ración de bacalao, u otro tipo de pescado. Ser testigo de los preparativos de Semana Santa en siglo XXI evidencia un giro de 180 grados en su expresión.
Ahora la gente se carga de comestibles y bebidas alcohólicas para luego partir en enormes caravanas motorizadas que inundan con su presencia las playas y ríos de toda la geografía nacional. Ese movimiento social simultáneo de centenares de miles de personas transitando por las carreteras, algunos de cuyos conductores lo hacen bajo los efectos etanólicos, suele terminar en lamentables tragedias familiares.
En aras de un masoquismo colectivo nos condicionamos para el peor de los escenarios. Las noticias que impactan y llaman la atención pública son aquellas en donde se narran espantosos accidentes fatales.
La ciudadanía lleva un morboso conteo minuto a minuto del número de muertos, heridos, golpeados e intoxicados; ciertas autoridades se vanaglorian con decir que en el año que transcurre se registran menos defunciones y colisiones que las sucedidas en años anteriores. Contabilizar los ahogados, ebrios, intoxicados, lesionados y cadáveres es oficio de comunicadores especializados para los noticiarios de la semana santa.
Pretender volver el reloj de la historia es tarea de tontos; sin embargo, es labor de sabios dedicar esfuerzos a revisar y rectificar la desviada expresión católica que ahora tiene la celebración del apresamiento, enjuiciamiento, crucifixión, entierro y resurrección de Jesucristo.
Estado, Iglesia y Sociedad deben unificar esfuerzos hasta lograr un tránsito terrestre seguro y confiable, libre de la actual estela de temor y luto. Obediencia a las reglas del tránsito, apego a las buenas costumbres, respeto al derecho ajeno y una máxima dosis de prudencia en el comer y el beber deben ser partes integrales de los programas educativos.
Las carreteras, paradas, cruces, playas y ríos no deben ser sitios en donde el ensordecedor ruido de competidores altoparlantes enloquezcan al más tolerante y resistente oyente.
Más que vanagloriarnos de tener las emergencias listas para recibir a los afectados y las morgues desocupadas para almacenar los muertos, deberíamos esforzarnos para que no tengamos la necesidad de recurrir a tales servicios. Cada intoxicado, herido o muerto es una rotunda señal de falla en la prevención.
Requerimos de un liderazgo nacional comprometido en una campaña que siembre en el pueblo la fe de que un país sin accidentes automovilísticos, ni muertes violentas, ni intoxicados, ni golpeados en la semana mayor es posible.