Seguridad y defensa

EDUARDO KLINGER PEVIDA
Históricamente, los principios de seguridad y defensa de los países eran asociados con las amenazas externas, con los peligros de una agresión expansionista, con que cualquier diferendo tratase de ser resuelto por la vía de las armas o, simplemente, por la ambición de apropiarse o controlar los recursos naturales de un país.

En consecuencia, las naciones trataban de dotarse de poderosos ejércitos sólidamente apertrechados, de manera que estuviesen en condiciones de rechazar al agresor externo. Durante el período llamado de “Guerra Fría” el enfrentamiento entre las dos grandes superpotencias de la época y sus respectivos bloques ponía en peligro a otros países que, por diversas razones, podían caer en la vorágine de sus contradicciones o, por ser potencialmente atraídos hacia uno de los dos bloques, una de las superpotencias lo armaba fuertemente para que pudiera resistir un ataque externo o la subversión interna.

En ese mismo período las dos superpotencias sustentaban su seguridad y defensa en dotarse de la posibilidad de dar un contragolpe demoledor en el caso de un ataque sorpresivo.

En los años que llevo como profesor en la Maestría de Seguridad y Defensa que se imparte en el Instituto Superior de la Defensa Juan Pablo Duarte de la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas, no son pocas las veces en que al hacer un comentario sobre el tema surja quien me pregunte, pero ¿seguridad y defensa para qué en este país? ¿de quién tenemos que defendernos? ¿quién nos puede atacar?

Esas preguntas son lógicas a partir de la visión histórica del problema. Sin embargo, ello provoca una gran preocupación. No hay una comprensión cabal de los nuevos desafíos que enfrentan nuestros países y de cuáles son los peligros actuales a la seguridad nacional.

Uno de los problemas más graves y desafiantes de hoy día es el auge que han tomado las manifestaciones del crimen organizado. Las redes del mismo, su alcance, los medios y tecnología de que hace uso y, llegado el caso, el poder de fuego que exhibe, deja empequeñecido a muchos ejércitos y fuerzas de seguridad de decenas de países. La República Dominicana no es la excepción.

La profundidad del narcotráfico y su capacidad para erosionar los valores sociales; el tráfico de armas y sus peligros para la integridad de cualquier nación; el flujo delincuencial de personas ilegales; las amenazas del terrorismo y las posibilidades de que se use malsanamente, o como trampolín, el territorio nacional; los ineludibles compromisos con la comunidad internacional para contribuir a combatir el crimen.

Todo ello nos obliga a tener una política de seguridad y defensa.