Selecto concierto cierra “Temporada Sinfónica 2016”

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Especial para HOY/¡Alegría!En el amplio vestíbulo del Teatro Nacional Eduardo Brito, estaba colocada la Orquesta Dominicana de Vientos, conformada por jovencitos y algunos niños; el público que llegaba se iba colocando a su alrededor.
La orquesta inicia con el pasodoble “El Arco de los Cabos” y con el Intermezzo de la zarzuela “La leyenda del Beso”, la estancia se inunda se españolerías.
Luego el “Madrigalum” y la “Obertura de Coronación”, apropiadas para el conjunto de vientos, dan paso a la fiesta tropical.
El grupo orquestal luce acoplado, con buen nivel, dirigido con acierto por el profesor Andrés Vidal.
Entusiasmados tras el introito musical pletórico de ritmos, penetramos en la Sala Carlos Piantini.
Nuestra Orquesta Sinfónica Nacional, recibe al director invitado Kenneth Woods, y el público lo aplaude, le da la bienvenida. La hermosa Obertura “Festival Académico” de Johannes Brahms, da inicio al concierto.
En esta hermosa fantasía destacan tres melodías, tres motivos, canciones estudiantiles alemanas elaboradas sinfónicamente. La primera es un bello “cantábile” tradicional, la segunda es de carácter más rítmico, y la tercera, es un canto ceremonial de iniciación de los estudiantes.
Finalmente El “tutti” orquestal concluye con el famoso himno medieval universitario: “Gaudeaumus Igitur, iuvenes dum sumus” –Alegrémonos pues, mientras seamos jóvenes-.
El momento más esperado de la noche era la participación de nuestra soprano Paola González, quien interpretaría el “Concierto para Soprano Coloratura y Orquesta” de Reinhold Gliére. La particularidad de este atractivo y demandante concierto es que el instrumento solista es la voz, pero además carece de texto, de palabras, y solo a través del canto articulado con notas de gran lirismo, se alcanza la cúspide.
Paola González mostró su capacidad para lograr los registros más altos de su tesitura coloratura con ornamentos elaborados en los trinos y escalas.
Poseedora de una admirable técnica, su voz se torna ágil, flexible, de una sonoridad homogénea y colorista, cuyo alcance se decanta en el agudo final.
El director logra la conciliación perfecta entre la orquesta y la solista, permitiendo su lucimiento en todos los pasajes.
Sin lugar a dudas esta fue una gran noche para Paola González y para el público que emocionado, envuelto en el arrullo de su voz, le tributó una cálida ovación.
Tras el intermedio, la noche musical concluye con la Sinfonía No. 4 de Johannes Brahms, síntesis de su sinfonismo.
El primer tiempo “Allegro non troppo” inicia con los tiernos y hermosísimos temas expuestos por los violines, luego como en la tradicional sonata, se unen las distintas familias orquestales adquiriendo un nuevo vigor en la magestuosa sala del Teatro Nacional.
El segundo movimiento “Andante moderato”, es meditativo, la melodía se torna romántica, melancólica, y al final nos remite a la danza por sus formas de “chacona y pasacaglia”; la frase simple se repite en diferentes planos de sonoridad.
El tercer y cuarto movimiento “Allegro giocoso y Allegro enérgico e passionato, son partes de una totalidad de indescriptible belleza, lo que llevó al musicólogo y crítico alemán Hermann Kretzchmar a señalar “Esta música nos lleva a penetrar en el reino donde la alegría y el dolor permanecen callados, y la humildad se inclina ante lo que es eterno”.
Los tiempos cambian, los criterios, los protocolos, lo que ayer era usual hoy es señal de ignorancia. Cuando esta sinfonía fue interpretada en Viena el 7 de marzo de 1897, Brahms se encontraba presente.
Su discípula y crítica, Florence May, escribió sobre aquella noche: “Una tormenta de aplausos estalló al finalizar el primer movimiento, y no se calmó hasta que el compositor se adelantó a saludar en proscenio. Tal demostración se repitió tras el segundo y tercer movimiento; el público aplaude, le rinde homenaje al maestro”.
Beethoven ya sordo, en el estreno de su monumental Novena Sinfonía, terminado el primer movimiento preguntó si habían aplaudido, tras la respuesta afirmativa, se sintió complacido…y lo mejor estaba por llegar.
Y es que la música produce emoción, libera el espíritu, y ante tanta belleza, por instinto, sentimos la necesidad de exteriorizar con aplausos, esta maravillosa sensación, que produce en nosotros uno de los movimientos de la Sinfonía, pero nos contenemos, es lo “correcto”, debemos esperar el final para dar rienda suelta a nuestra emoción.
Entonces toda esa carga contenida, finalmente se expresa en aplausos, unas veces efusivos, otras no tanto, porque el momento que realmente nos impactó, pasó.
Pero la respuesta luego de terminada la Cuarta Sinfonía de Brahms fue unánime, el público puesto de pie aplaudió, a la orquesta, al director Kenneth Woods, que supo conducir con acierto, permitiendo que las particularidades sonoras y motivos de cada movimiento fueran expuestos en toda su grandilocuencia.
Una gran noche de clausura.