Sentido del bicameralismo

http://hoy.com.do/image/article/336/460x390/0/50EC759B-E8DA-4D4A-B320-A63DB4586CC5.jpeg

Recientemente, el presidente de la Cámara de Diputados propuso el establecimiento de una sola cámara legislativa: el sistema unicameral. Esta propuesta nos obliga, más allá de su aceptación o rechazo en una eventual reforma constitucional, a reflexionar sobre el sentido del sistema bicameral que ha imperado durante gran parte de nuestra historia republicana.

 ¿Cuál es el propósito de tener dos cámaras legislativas? ¿Por qué no solo tener una  con lo que nos ahorramos el gasto y la dilación en la aprobación de los proyectos legislativos?

Pocas veces se discute la necesidad de tener una sola cámara legislativa en lugar de dos. Y es que, como bien expresa Paolo Biscaretti di Ruffia, “pocos principios de técnica constitucional han conseguido (…) una afirmación tan plena y difusa semejante a la alcanzada por el llamado bicameralismo”. ¿A qué se debe eso? ¿Por qué existen dos cámaras legislativas aún en Estados unitarios que no requieren la representación en un Senado o Cámara Alta de estados agrupados en una federación?

Independientemente de las razones históricas –en específico la necesidad de atemperar la representación popular con la presencia de representantes de intereses aristocráticos o conservadores en una Cámara Alta, razón que ha desaparecido con la consolidación de la democracia de masas-, lo cierto es que hay una serie de motivos racionales y de oportunidad que apuntan a la necesidad de tener dos cámaras legislativas. En primer lugar, el funcionamiento de dos cámaras permite que el trabajo legislativo se desarrolle con más cuidado y reflexión, evitando así las decisiones apresuradas de una Asamblea única que no es contrapesada por una “Cámara de enfriamiento”. En segundo lugar, el sistema bicameral permite aplicar la lógica de la división de los poderes al interior del Poder Legislativo y atenúa los conflictos entre el Poder Ejecutivo y los legisladores, al existir una “Cámara de contrapeso”.

Pero, además, tampoco son muy convincentes los argumentos a favor del unicameralismo. Por un lado, a la defensa de Sieyes del sistema unicameral (“si las dos asambleas están de acuerdo, la segunda cámara es innecesaria; si están en desacuerdo, ella es detestable”), siempre se le ripostó que era más fácil identificar el verdadero sentir de la voluntad popular mediante la intervención combinada de dos órganos legislativos colegiados. Por otro, al alegato de que dos cámaras retrasan el trabajo legislativo, se le ha respondido diciendo “que una democracia no necesita tanto numerosas leyes, o leyes elaboradas con rapidez inusitada, sino que se formulen particularmente bien, tanto en el contenido como en la forma” (Biscaretti di Ruffia).

Ahora bien, lo anterior no nos debe conducir al inmovilismo. El Derecho Constitucional se nutre de las utopías y toda buena Constitución tiene detrás un gran acervo de imaginación constitucional. Al Senado dominicano le está haciendo falta una reestructuración de su modo de representación en aras de que logremos las ventajas del sistema bicameral señaladas por nuestro Eugenio María de Hostos y que son citadas todavía hoy por los manuales iberoamericanos de Derecho Constitucional comparado y de teoría constitucional: “una cámara representaría los intereses abstractos de la sociedad entera, y la otra representaría los intereses concretos de las regiones o grupos en que naturalmente está subdividida la sociedad nacional”.

Por tanto, hay que establecer fórmulas constitucionales que, sin caer en una representación corporativa fascista y sin otorgar una prima de representación a los sectores conservadores, permitan una composición política diversa del Senado en comparación con la Cámara de Diputados. Esto implica la aplicación de una serie de dispositivos constitucionales: la reestructuración de la organización político-territorial para detener la creación de provincias e inclinar la representación senatorial hacia las regiones; el establecimiento de vínculos funcionales entre el Consejo Económico y Social y el Senado;  y la exigencia de una edad mayor para los elegibles al Senado en contraste con las demás funciones electivas.

De todos modos, “el bicameralismo –tal como afirma Martínez Sospedra- es argumento propio de las áreas templadas del espectro político, el lugar de confluencia de los moderados de la derecha y de la izquierda, es, en definitiva, argumento propio de quienes vienen a sostener que garantizar la libertad es más importante que obtener decisiones políticas con rapidez y dotadas de coherencia ideológica”.