Señores legisladores y funcionarios, exijo mi homenaje ahora

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POR MIGUEL D. MENA
Es hora de seguir calentando la máquina de escribir, fotocopiar y lógicamente el muy artesanal arte del pendolismo. Señores, ¡hay que continuar con esta divina racha de homenajes y cambios de nombres de calles, avenidas, puentes, edificios! ¡Salud a los funcionarios y legisladores que enhorabuena dejan caer sus pergaminos, sus certificados y diplomas y órdenes porque hay que seguir apareciendo en las páginas sociales, hay que seguir siendo consciente de los grandes y grandísimos valores patrios, hay que honrar a quien honra merece, hay que seguir tocando la güira del recuerdo, el acordeón de la seriedad, el quitarse el sombrero ante el heroico tránsito por las carreteras de la historia, los pasadizos de la gloria, la trinchera del honor, la patria ida en banda, a veces, como una de esas chichigüas baratas que sí, se van en banda y ya no se sabrá a dónde ni luego cómo.

Tengo meses, años, toda una vida, acariciando el proyecto de imprimir cinco, seis, siete, ocho millones de pergaminos donde se reconozca el valor de los tantos dominicanos que aún no han pasado por el Congreso, nuestros ayuntamientos, el Gobierno de la Mañana, el mismísimo salón de la Cariátides.

Mientras el hacha va y viene, exijo desde ahora mi homenaje. No seré tan despistado como para pedir una calle, una sala de alguna institución pública o privada, algún premio de literatura joven o vieja, el oír mi nombre recitado por el encomiable poeta Mórrison o el aún más encomiable y cuasi divino maestro Osvaldo Cepeda, aunque quien sabe si hasta que finalice estas líneas tome otra decisión. De cualquier yagua sale un unicornio azul.

En esto de los homenajes tengo que recordar mi última visita a Don Pedro Mir y esa sensación de vivir sumergido entre diplomas y pergaminos y certificados que llegaban hasta la cocina, y el pobre don Pedro, sin alguien que se diera cuenta de sus deseos de oír los cuartetos de Beethoven, que le hablaran de las interpretaciones de Rubinstein, cuando menos.

Tengo que recordar también a tantos amigos y conocidos y personajes queridos, adorados, sufridos, que en su tiempo sólo conocieron el escarnio o la vergüenza de “ser ellos mismos”, para seguir oyendo a Silvio.

Pienso en René del Risco, en Miguel Alfonseca, que suenan ahora más en las reuniones bancarias que en los bancos de San Pedro de Macorís o Ciudad Nueva. Pienso en mi siempre recordado Enriquillo Sánchez, ronca la voz, sereno el rostro, cumbanchero el espíritu, sin sospechar que tendría toda una sola con su nombre.

Sé que mis aportes a la Patria son bien mínimos como para que Pacheco se dé cuenta en el Congreso o Natacha en el Ayuntamiento, pero de todos modos exijo mi homenaje.

No tendrá que ser transmitido por el programa de Carmen Imbert. No pido tampoco que Manuel Jiménez en el Congreso levante su guitarra, porque sé lo costoso que será todo ese rollo luego del éxito de “Derroche”. No pido que los funcionarios de lugar se ensaquen y engolen la voz, aunque claro que me alegraría con la presencia de los choferes, porque yo sé que los choferes nos van a escuchar y hasta los estudiantes nos van a escuchar…

Me imagino un homenaje con funcionarios en chacabana, con un puesto de mabí al fondo, con las esperadas palabras de algún Premio Nacional que diga que aunque yo nunca lo fui, me lo merecí tal vez por “El libro de las Vainas”, o mi osadía en publicar “Reunión de Poesía, Poetas de la Crisis” y pelearme luego con muchos poetas de la crisis y entrar entonces en nuevas crisis y así a lo que coja esta bola que lanzo como el señor Lebowsky.

Exijo un homenaje con el tono en sí-sostenido que exhiben nuestros poetas de post-guerra, con la pinta beat de los poetas más jóvenes, con la comprensible impaciencia de aquellos que se enfrentan a Hotmail o gmail a ver si llegó algo, si los artículos en Clave produjeron la vorágine esperada, a los que no están dispuesto a ceder un ápice de esos cinco minutos de gloria de cada mañana hablando en la radio, sonriendo en Ritmo o recibiendo el abrazo consabido en Casa de Teatro.

Debo confesar que no tengo definidas las palabras que querré oír en mi homenaje. No sé ni siquiera las razones por las cuales se me tendrá que homenajear, salvo por esta pasión por el homenajear mismo que al buen dominicano invade y que al buen y precavido funcionario de turno apasiona.

Salvo mis diplomas de la Cruz Roja y de participación en un curso del difunto Fradique Lizardo, declaro que no tengo más diplomas. Tampoco estatuillas, o cotorras o gárgolas o pérgolas. En realidad no pido que se incluyan semejantes objetos, porque tampoco sé en qué lugar del pasillo encajarían los mismos.

En fin, amable lector, distinguida lectora, exijo mi homenaje. No quiero pescar de inmodesto o mañoso o extraño, pero no dejo de confesar mi pasión por esa parafernalia de los homenajes, esos Baujaulais que se desparraman, esas empanaditas que hacen clic en el paladar si es que las mismas contienen pasas y avellanas, esos abrazos a medio camino y esos ojos refulgentes, de mismo padre de la patria que todo mundo pone.

Sí, exijo mi homenaje. Lo hizo porque mi nombre ya tiene cuatro letras –Mena-. Ahora sólo falta el “Oh” (o el ho), y el “Je”: Ho-Mena-Je.

Y lo exijo ahora.
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