Serias dificultades en la OEA

JUAN BOLÍVAR DÍAZ
El fracaso de la Asamblea de Cancilleres del continente en el intento de elegir esta semana un nuevo secretario general para la Organización de Estados Americanos es indicativo de la crisis en que está sumida esa institución y de la decadencia de la hegemonía norteamericana en la región. Primero que nada procede señalar que la OEA arrastra un viejo descrédito como consecuencia de la instrumentación de que fue objeto en los años sesenta y setenta por la política de dominación de la guerra fría que llevó a Estados Unidos a respaldar todo género de dictadura, con la única condición de que le fuera servil.

La expresión más terrible de esa política, y a la vez más demostrativa de los ribetes de irracionalidad de que estuvo revestida fue la intervención militar en la República Dominicana, que dentro de unos días cumplirá cuatro décadas. No sólo fue abusiva e inaceptable, sino además terriblemente prepotente e innecesaria, ya que todavía hoy nadie ha podido demostrar que existiera algún peligro real de que se instaurara un gobierno comunista en esta nación. Fue fruto de la política del pánico, comprometiendo hasta la saciedad a la OEA.

Aunque desde entonces, sobre todo a partir del gobierno del presidente Jimmy Carter (1977-81) y tras la caída del socialismo real, se han producido cambios importantes en la política norteamericana hacia América Latina, en los últimos tiempos adolece de una gran indiferencia. La región apenas cuenta como zona de comercio, como queda de manifiesto en los discursos de sus mandatarios.

La pérdida de influencia de Estados Unidos en la región ha quedado de manifiesto en su doble fracaso en conseguir el apoyo necesario para que sus dos candidatos pudieran acceder a la secretaría general de la OEA.

El primer error fue abanderarse con el salvadoreño Francisco Flores, en abierta contradicción con la Carta Democrática Interamericana, pues fue el único mandatario que llegó a reconocer el gobierno golpista que por algunas horas usurpó el poder en Venezuela el año antepasado. No era el liderazgo que precisaba la OEA, especialmente después del fracaso del costarricense Miguel Angel Rodríguez, quien tuvo que dimitir del cargo apenas semanas después de asumirlo, tras ser acusado de corrupción en su país.

La propuesta de Flores generó un amplio frente en torno a la candidatura del ministro chileno José Miguel Insulza. Aquél quedó tan en minoría que renunció o le recomendaron hacerlo apenas días antes de la asamblea eleccionaria del lunes 11. En tal circunstancia Estados Unidos optó por apoyar al canciller mexicano Luis Ernesto Derbez.

Ironías de la vida, puesto que durante la guerra fría fue México el país que más se distanció de las políticas que convirtieron a la OEA en instrumento de la dominación norteamericana. Pero el nacionalismo mexicano ha sido atenuado por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y con la llegada al poder del conservador Partido Acción Nacional.

El empate a 17 votos mantenido en 5 rondas de votaciones obligó a reenviar la elección para el 2 de mayo, dejando a la OEA segmentada en dos bloques, uno del norte y centro, encabezado por Estados Unidos y México, y el otro del sur, bajo el liderazgo de Chile, Brasil y Argentina.

Si no logran el retiro de uno de los dos candidatos, tendrán que buscar una nueva opción de consenso para evitar una bipolarización que debilitaría aún más la organización hemisférica.

Como lección del impasse deberá quedar que Estados Unidos tiene que mirar de frente a sus vecinos y comprometerse en una organización regional que represente los intereses de la totalidad, que pueda incidir no solo en los avances democráticos, sino también en los ámbitos económico-sociales, en la promoción del pleno desarrollo humano.

La OEA necesita profundas transformaciones para que sea eficaz. No lo ha podido ser ni siquiera en una mediación para solucionar la larga crisis institucional de Haití.

Mientras tanto hay que celebrar la emergencia de una nueva etapa de mayor independencia de las naciones latinoamericanas frente al poderoso aliado cada vez más preocupado por hegemonizar el mundo, pero más indiferente y distante de la solidaridad con sus vecinos.