Seung-Hui Cho parecía indiferente a realidad humana

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NUEVA YORK — Seung-Hui Cho parecía indiferente a todo pequeño acto de bondad humana, cualquier esfuerzo de conexión.

Según compañeros de clase de Cho, el asesino de Virginia Tech, un estudiante hizo varios intentos de hablar con él, incluso después de leer sus atemorizantes ensayos. Los compañeros de cuarto y algunos maestros de Cho también hicieron el esfuerzo de involucrarse con él. E indudablemente hubo otros. Quizá señalaron su apertura con un asentimiento ligero, un gesto amistoso abriendo mucho los ojos.

Esos actos de genuina decencia no evitaron la locura de Cho el lunes. Pero la tragedia en Blacksburg, Virginia, ilustra cómo los grupos sociales humanos, ya sea en salones de clase, salas de consejo o dormitorios, están de hecho demasiado expuestos a una amenaza en medio de ellos, y actúan en formas conscientes e inconscientes para probar cuán peligrosa es. Demos un paso atrás, y el grupo de personas similares puede ser visto como un solo organismo que retrocede ante la amenaza, luego tantea el terreno, por medio de aperturas de parte de sus miembros, para medir si el peligro es inminente o pudiera reducirse.

El caso de Blacksburg sugiere cómo funciona típicamente este proceso, y destaca sus fortalezas así como sus límites para evitar una crisis.

Después de este tiroteo (y la mayoría de los ataques en escuelas y lugares de trabajo, grandes y pequeños), expertos forenses rápida y adecuadamente advirtieron que no existe ningún perfil de un asesino enloquecido. La mayoría de los asesinos predatorios obtienen muy altas puntuaciones en las mediciones rigurosamente probadas para predecir la violencia, la llamada lista de psicopatía; pero muchas personas que no cometen crímenes también obtienen puntuaciones altas.

Sin embargo, en el mundo real, nadie usa cuestionarios o manuales de diagnóstico para verificar a un extraño o un conocido. La gente interpreta el lenguaje corporal de la persona, su tono de voz; lee entre líneas de lo que se dice. Absorbe la mayoría de esta información instantáneamente, inconscientemente, y a menudo con precisión, según sugieren los estudios. Y en ocasiones sienten escalofríos, por razones que quizá no puedan explicar.

La evidencia de que esto sucedió en los meses y años previos al tiroteo en Blacksburg ahora es abundante. Después de oír a Choller uno de sus siniestros poemas en una clase de redacción creativa, docenas de sus compañeros no se aparecieron a la siguiente clase, para evitar al joven, según la maestra. Esto es lo que hacen los grupos sociales, cuando registran colectivamente una amenaza: Se alejan, social y a menudo literalmente.

Los miles de años que los primeros humanos vivieron en pequeños y frágiles grupos similares ayudaron a dar forma a su instinto para el distanciamiento social, dicen antropólogos. Una persona que roba, que miente o que incita a las peleas es una amenaza directa no sólo para los atraídos a las confrontaciones sino también para la coherencia y supervivencia del grupo mismo.

“El estigma social está arraigado en parte en una preocupación por la predictibilidad social”, dijo Robert Kurzban, psicólogo de la Universidad de Pensilvania. “Una cosa que es crucial en los grupos, particularmente los grupos pequeños, es la cooperación, y si alguien es impredecible, no cooperan ni se coordinan bien, y representa una amenaza para el grupo. Así que la gente se aleja de esos individuos”.

Para proteger contra una amenaza real, este instinto es naturalmente conservador. Señala como potencialmente amenazantes a muchas personas que no lo son, como han experimentado de primera mano millones de personas que viven con enfermedades mentales.

En algunas sociedades antiguas y comunidades religiosas, las reglas que guiaban cómo manejar a una persona considerara peligrosa eran muy explícitas, dijo David Sloan Wilson, biólogo evolutvo en la Universidad Estatal de Nueva York en Binghamton y autor de “Evolution for Everyone”. Chismes negativos, seguidos por el rechazo, luego el ostracismo. Cada etapa produce más aislamiento. Esta disciplina protege a la comunidad pero también está destinada a producir un cambio fundamental en el marginado.

Finalmente, si ese cambio no se produce, se da la expulsión. “Para algunas culturas nómadas, era simplemente decir: ‘Está bien, tú tomas este camino, nosotros tomamos este otro”’, dijo Wilson.

Las sociedades modernas son — afortunadamente, para la mayoría de las personas — mucho más tolerantes. Sus sistemas de justicia tienen menos probabilidad de estar dominados por la herejía, o las denuncias de posesión y superstición. Las personas percibidas como amenazantes tienen algunos derechos civiles, y como ha demostrado el caso de Virginia Tech, las autoridades tienen límites a lo que pueden hacer si una persona de interés realmente no ha hecho amenazas o ha perpetrado ataques.

Sin embargo, el grupo está dando seguimiento a la persona cuidadosamente y, deliberadamente o no, haciendo sus propias pruebas de la amenaza.

Por algunos años, Lawrence Palinkas, profesor de trabajo social en la Universidad del Sur de California, ha estudiado las redes sociales que se forman como cristales entre los equipos de trabajo que pasan el invierno juntos en misiones científicas en la Antártida. Los grupos, que varían en tamaño de una docena de personas a casi 200, muy a menudo tienen al menos un marginado. Esa persona quizá simplemente sea desafortunada, seleccionada por personas influyentes vitales para el grupo. Pero a menudo la persona ayuda a definir las identidades de quienes conforman el núcleo del grupo.

“Es una situación estable, porque en cierta forma esa persona aislada ayuda a definir a un grupo; las personas lo ven y pueden decir: ‘No soy como él, alguien que no se adapta”’, dijo Palinkas.

A menudo sucede, según encontró Palinkas, que otro miembro del grupo hace una campaña y ayuda a apartar al marginado. Pero esto es mucho más probable que tenga éxito cuando el grupo principal es cohesivo, como un equipo o cuadrilla de trabajo con un núcleo muy firme, dijo Palinkas. “Si es un grupo que está dividido en facciones, es difuso, no está bien integrado, entonces es muy difícil integrar a los aislados”, dijo.

Los grandes campus universitarios tienden a ser sociedades tolerantes, fluidas, encerradas en sí mismas, donde casi todos pueden encontrar un nicho. El grupo en torno a Cho, aun cuando él evitaba el contacto visual directo, parecía estar extendiendo un tentáculo de vez en cuando, para ver si el joven estaba listo para encontrar su propio sitio. El estudiante que trató de hablar con Cho en clase de inglés, Ross Alameddine, hizo varios intentos.

Cho ignoró todos ellos, y mucho más de otros que fueron menos pacientes.

Indudablemente continuará el debate sobre qué podían, o deberían, haber hecho funcionarios universitarios, agentes policiales del campus o el sistema de salud mental de Virgini. Los maestros tendrán algo que decir, también los administradores.

Pero es evidente por las entrevistas de que muchos de los compañeros de Cho conocían muy dentro de sí el peligro que el joven representaba. Encendieron alarmas, incluso mientras lo observaban. Mantuvieron su distancia, como un instinto protector natural.

Y a través del espíritu de gente como Alameddine, quien se convertiría en una de las víctimas del tiroteo al azar, continuaron tanteando el terreno: pequeñas invitaciones humanas que, a la sombra de lo que sucedería, ahora parecen verdaderamente muy grandes.