¿Si consumes menos, pagas menos?

Ojalá fuese cierto, pero no lo es. Tampoco pagas menos cuando recibes  pocas horas de servicio eléctrico o cuando, durante un par de semanas la familia toma unas vacaciones y el apartamento queda desierto y sin consumo de energía.

  Por educativo hacia una disciplina nacional –que tanta falta nos hace- aprobaría uno la celeridad con que aparecen equipos que “cortan” la electricidad     si desplegaran la misma eficiencia en proveer un servicio veraz, y cobrar por lo que el cliente consume.

Pero ¿qué incentivo puede tener el usuario para adquirir bombillas de bajo consumo si le van a cobrar lo mismo que si utilizara potentes luminarias? ¿De qué vale hacer uso mínimo de la electricidad que llega, si la factura es elaborada de acuerdo a un “histórico de consumo”, que presenta un horror de barras “justificatorias” de una lectura de contador, que no se realizó y que se basa en promedios inventados, acrecentados progresivamente, sin que valgan las quejas y explicaciones a empleados que obedecen instrucciones y están entrenados para no hacer caso a que el cliente insista en que, de buenas a primeras, repentinamente, no hay en su casa una discoteca, una lavandería o un colmadón, que no han recibido parientes de Nueva York ni hay más gente en el apartamento, ni han variado sus hábitos de consumo. Entonces lo miran a uno con una imperturbabilidad –que los viejos griegos llamaban ataraxia dentro de una concepción filosófica- pero que en el contexto actual es terriblemente indignante, desesperante y furibundesca.

Existen oficinas estatales para recibir quejas acerca de cobros eléctricos indebidos y he leído  que han efectuado importantes reembolsos, pero el abuso persiste.

Las “investigaciones” de los técnicos –cuando aparecen- suelen confirmar que la lectura del contador es correcta, según refieren.  Entonces, no vale la pena perder el tiempo y ganar desencanto y dolor por los abusos que se cometen contra el consumidor. 

Contra el consumidor de todo.

Menos contra el forzado consumidor de las mentiras.

Escribo desesperanzado, movido apenas por el propósito de no caer aplastado por la dejadez, por la aceptación blanda de lo que no debe ser. Temo que la apatía ante  un cúmulo de   atropellos,  engaños y  excesos nos lleven a perder la necesaria y saludable capacidad de indignación, de enfado, de ira. Capacidad y actitud positiva para el avance del país.

No quiero dejarme caer en el pantano blando y engullente del: To’ ta’ bien, qué cará…