Si Kerry pierde:
llamados para reinventar el partido

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POR ADAM NAGOURNEY
MIAMI.- En lo que se refiere a la mayoría de los demócratas, su lado ganó la Casa Blanca en 2000. Y en lo que se refiere a la mayoría de los demócratas, dado el estado de la economía y la guerra en Irak, deben ganarla de nuevo una semana después del martes.

Así que parece justo decir que si el senador John Kerry perdiera ante el Presidente Bush –lo cual insisten en muchos demócratas que es altamente improbable– el Partido Demócrata se enfrentaría a otra ronda de recriminaciones, autoexámenes y trasformación.

Tal ejercicio quizá parezca familiar al Partido, dadas sus experiencias recientes. No obstante, lo que ocurra después de una derrota de Kerry podría resultar mucho más traumático que el derramamiento ritual de sangre al que los partidos políticos se someten después de una dura derrota.

En esta, de todas las elecciones, una derrota tendría la característica de ser especialmente debilitante para los demócratas, dada la profundidad de la banca del partido, su búsqueda incesante de un mensaje unificador y los desafíos institucionales a la influencia del partido que emergieron de los 527 comités independientes este año.

En forma más inmediata, una gran razón por la que Kerry capturó la postulación de su partido es que los votantes de los comicios primarios demócratas llegaron a la conclusión de que él podría tener una excelente posición en cuestiones de seguridad nacional. Es, después de todo, un veterano de Vietnam que votó en favor de la guerra en Irak.

En este contexto, una derrota de Kerry podría concretar una ardua pregunta para el Partido Demócrata: ¿podrá algún día competir con el Partido Republicano en un asunto que al parecer será vital para las elecciones presidenciales durante un largo tiempo?

“Si perdemos, vamos a tener que encontrar una respuesta a la pregunta de cómo vamos a mantener seguro a este país”, dice Al From, líder del Consejo de Liderazgo Demócrata, grupo de demócratas moderados que ayudaron a elegir presidente a Bill Clinton en momentos en que nadie pensaba o hablaba siquiera de un ataque terrorista en territorio estadounidense.

Un asesor demócrata, quien pidió no ser citado por nombre, al especular sobre la posibilidad de que Kerry pudiera perder, dijo que, de ocurrir tal cosa, “los demócratas regresarán a ¿”qué es lo que se necesita para ganar?”, excepto que en esta ocasión será: ”Oh, Dios mío, ¿Qué es lo que se necesita para ganar?”

“Habrá una gran presión de la izquierda diciendo que no fuimos lo suficientemente izquierdistas. Y habrá una presión del centro diciendo que no fuimos lo suficientemente centristas”.

Y habrá, sin duda alguna, otra ronda de lucha intrapartidista en torno a la guerra en Irak, con algunos demócratas preguntándose si el partido hubiera estado mejor si hubiera nominado a alguien opuesto a la guerra desde el principio -digamos, Howard Dean- en lugar de Kerry, cuyo voto inicial en favor de la guerra ha resultado ser una complicación constante para su campaña presidencial.

Se dice que Dean, quien no regresó una llamada telefónica, supuestamente dijo a sus colaboradores que él creía que un candidato antibélico hubiera tenido mejores resultados contra Bush.

En el inevitable debate acerca de una nueva posición ideológica, algunos demócratas sin duda estarían tentados de recordar lo ocurrido después de la derrota de Michael Dukakis en 1988, después de lo cual Clinton colocó al partido de regreso en la Casa Blanca al llevarlo hacia el centro en asuntos internos como la reforma del sistema de bienestar social y la lucha contra el crimen.

El patrón, no obstante, no se ajusta a estas elecciones. Kerry es más liberal que Clinton, pero, a pesar de los ataques de Bush en ese sentido, no por mucho.

El verdadero problema, se preocupan varios demócratas, no es que Kerry llevó al Partido Demócrata hacia la izquierda, sino que fracasó en cuanto a ofrecer temas definitorios y claros que hubieran proporcionado una alternativa más clara para Bush.

“Necesitaremos desarrollar un argumento mejor acerca de dónde deseamos llevar al mundo cuando tomemos el poder”, dijo Simon Rosenberg, presidente de la Nueva Red Democrática, un grupo de recaudación de fondos y promoción. “Uno puede llamarlo ideas, o puede llamarlo agenda. Todos sabemos que los demócratas no tienen una visión mundial tan coherente como la deseamos”.

Rosenberg añadió: “Durante un largo tiempo hemos estado en actitud de negación acerca de lo que ha ocurrido con el movimiento conservador moderno. Y nos hemos despertado al hecho de que los republicanos tienen ahora más poder que en cualquier otro momento desde la década de 1920. Las cosas no se están moviendo en la dirección correcta para el Partido Demócrata”.

From dijo: “La forma en que un partido político triunfa en Estados Unidos es ofreciendo soluciones. Si perdemos, no podemos sentarnos a disparar los unos contra los otros, culpando a gente por lo que ocurrió”.

Y, por supuesto, está la pregunta de quién encabezara la lucha. La banca democrática al parecer es más ligera que la republicana: hay menos nombres que circulan como potenciales candidatos presidenciales en 2008.

Muchos demócratas dicen que la senadora Hillary Rodham Clinton, de Nueva York, sería una de las primeras favoritas para conquistar la postulación presidencial demócrata. Pero incluso sus partisanos más entusiastas admiten que hay una diferencia entre conquistar unos comicios demócratas y atraer al electorado en general. Si la electabilidad es un factor determinante para los votantes primerios demócratas, como lo fue este año- -¿y por qué no iba a serlo?– ése sería un obstáculo que ella tendría que superar.

Sólo otros dos demócratas que buscaron la presidencia este año serían considerados candidatos fuertes en 2008, y ambos tienen problemas: el senador John Edwards, compañero de fórmula de Kerry, sin duda se vería afectado seriamente por una derrota de Kerry, y Dean tendría que superar el recuerdo de su propio desplome este año.

Los otros dos nombres mencionados son el senador Evan Bayh, de Indiana, y el gobernador Bill Richardson, de Nuevo México.

Una derrota de Kerry ciertamente llevaría al partido a reevaluar lo que está buscando en un candidato presidencial, y una pregunta fascinante es si, justamente o no, eso haría más difícil que otro católico capturara la postulación demócrata en el futuro cercano. Sin duda, ningún demócrata olvidará pronto la forma en que los líderes de la Iglesia se opusieron a Kerry por el apoyo que dio al derecho al aborto, y la oportunidad que dieron a Bush en estados con grandes números de votantes católicos, como Pennsylvania… asumiendo, por supuesto, que la oposición de algunos arzobispos de hecho dañe a Kerry.

Una cosa parece clara: si Kerry pierde, el Partido Demócrata colocará un gran letrero en su puerta en el que se lea: “Los liberales de Noreste no son aceptados”.

“Las élites del Partido Demócrata, debido a que tienen un horizonte tan corto, verán hacia atrás a los años de Clinton y dirán: ”Esa fue la fórmula correcta”, dice James G. Gimpel, catedrático de Historia de la Universidad de Maryland. “Postular a alguien de un estado moderado con una ideología moderada fue lo se debía hacer, y desplazarse a la izquierda y hacia Massachusetts fue algo equivocado”.

Habrá recriminaciones entre demócratas, enfocadas a Kerry por su constantemente cambiante legión de asesores? Por supuesto. Son demócratas, después de todo. Pero si este año enseñó algo, es que Bush impuso una cierta medida de unidad en el Partido Demócrata que supuestamente sólo se vería intensificada por cuatro años más de Bush.

Más que nunca, los demócratas pertenecerían a un partido que desea ganar. Simplemente tendrían que encontrar la forma de lograrlo.