Si venden, compran

CARMEN IMBERT BRUGAL
La discusión es recurrente, vacua. Sustituye el debate real, necesario y ratifica la ausencia de propuestas. Cada uno, desde su púlpito, reclama y critica la huida de los cofrades. Gimen y esgrimen los peores calificativos para definir esa conducta impropia de compañeros que juraron lealtad.

Empantanados, sin luz ni túnel, asumen que la mayoría repudia el hecho. Pretenden ignorar las demandas de la mayoría, consignadas en las encuestas. La opinión pública acoge el tema, impuesto por dirigentes y candidatos, y acusan. Tránsfuga es la imputación.

El cacareo en contra de los tránsfugas ajenos, simplemente expone las flaquezas de quienes ofrecieron menos de lo apetecido. Cuando las cláusulas se incumplen, los peregrinos rescinden el contrato y propalan, en pública subasta, sus habilidades. Por eso van y vienen, prueban y reprueban. Mi tránsfuga es bueno, el tuyo es el malo.

Así como la corrupción es intrascendente, ser tránsfuga, ostentar la condición, no incomoda. Las urgencias del colectivo son otras, le preocupa el desempleo, el costo de la vida, la inseguridad ciudadana.

Basta revisar archivos para comprobar los comentarios reiterados acerca de la práctica. Desde el inicio de la transición hacia la democracia, el saltimbanqui político ha existido y pervivido, a pesar del encono que provoca la calidad de veleta. Juzgar la actitud es oficio de opinantes, ejercicio retórico sin consecuencia.

Por constante, el vaivén de la frágil fidelidad partidista, es consustancial al proceso electoral.

Las gradas apuestan y los protagonistas esperan al mejor postor. Algunos utilizan sibilinos métodos y con discreción, realizan su trabajo de conversos, otros, sin vergüenza, divulgan los requisitos para la primera puja. Es una enfebrecida licitación, cuyo resultado, a veces, no supera la fotografía al lado de quien adquiere el usufructo de la militancia.

Cuando los colores de los partidos delimitaban fronteras políticas, el cambio de adscripción tenía connotaciones que ya no existen. Repugnaba, por ejemplo, el juramento reformista de algún miembro del Movimiento Revolucionario 14 de junio, del mismo modo, era grotesca la connivencia entre constitucionalistas y matones trujillistas o de participantes en el tiranicidio con Balaguer. Requerían justificación teórica aquellos acuerdos, auspiciados por el PRD, con militares cómplices de las fuerzas interventoras, también, la inclusión de revolucionarios en la nómina balaguerista, primero clandestina y luego “estratégica”. Fue astucia, convertir en Secretarios de Estado a los guardias de Caracoles y a los gestores de la muerte de Orlando y García Castro.

Hoy, el vocablo abarca a los oportunistas, conversos, traidores, renegados de entonces. Los regímenes autoritarios sancionan la deslealtad, los otros sistemas, censuran la fidelidad efímera con un repudio pasajero.

Los representantes de los partidos políticos españoles, firmaron en el año 1998, un Pacto contra el Transfuguismo. Las revisiones periódicas del texto no logran erradicar el comportamiento, tampoco amedrentan. Los partidos firmantes se comprometieron a expulsar los tránsfugas. Aquí, ningún partido rechaza, de manera definitiva, a sus tránsfugas. Los insultan, sin evadir el coqueteo, porque las puertas nunca se cierran.

El talante plañidero de los abandonados, es ridículo. Hasta ahora, ningún desertor criollo ha denunciado amenaza, extorsión, la decisión es libérrima. Si compran, es porque venden. Lamentable es el precio, aunque están devaluados por reincidentes, se cotizan caros y el pago entonces, deviene en dispendio.