Siempre podré contar con mi ignorancia y mi incontrolable desagüe de lágrimas

Maryanne Fernandez

Cuando uno se da cuenta lo tonto que es, lo ignorante que ha sido. Cuando nos damos cuenta que todo hasta ese momento fue una historia que nos inventamos, una que nos gustó y era gratis creérsela, cuando todo lo que creíamos que era verdad, resulta que es mentira, duele. Quien salga de eso vivo,  que se considere afortunado.

Uno piensa: “ Dios mío, como fui tan idiota”. Nos da durísimo, justo en el centro del ego, vernos: sin “los súper poderes”, tan mortales como el resto, tan nadie como todos. Se va la soberbia y nos queda la soledad y esa disminución súbita del ritmo altanero que llevábamos, la certeza de que no sabemos nada, no somos tan importantes y nunca fuimos imprescindibles, nos corta el aire, dejándonos un nudo en la garganta, un estómago cerrado y un incontrolable desagüe de lágrimas.

Todo es válido cuando lo que debemos superar es el dolor de que no somos para el otro quien nos inventamos que éramos, es una pérdida que se podría comparar con la muerte. Así que quienes atraviesan esa pérdida y quieren gastar hasta el último peso, mejor dicho dólar, recuperándose, si usted puede, hágalo. Si prefiere vestirse de alcohol  o alimentarse de antidepresivos, pueden tratar de ayudarlo pero nunca juzgarlo.

En mi caso, no bebo alcohol, no puedo económicamente darme el lujo de viajar a otro planeta para “superar la adversidad” y no soy buena con las medicinas. Comparto dos ideas, comprobada su efectividad, gratuitas y de fácil implementación (sí sé que parece un infomercial de extractora de jugos o máquina para aumentar glúteos, pero es que es verdad) durante la hemorragia dolorosa del momento en que se produce este desmantelamiento de las historias autoinventadas.

  1. Fuerza de voluntad: La energía más poderosa. Proponernos algo, lo que sea, desde caminar un kilómetro en silencio hasta beber ocho vasos de agua, pero llevarlo a cabo durante el día. Lograr algo, aunque lo veamos pequeñito es trascendente, porque es un logro totalmente nuestro, porque nadie puede quitarnos eso, ese esfuerzo, ese logro.
  2. El silencio: callar la mente y el corazón. Dejar todo en reposo y poner en “MUTE” todo lo de afuera, al menos algunos minutos al día y hacer una sola cosa: respirar. Estar conscientes de esa danza: entrar y sacar el aire y luego perdernos en ella, como cuando nuestra mirada se queda fija en algo y estamos pero no estamos.

Esto nos produce un poco de paz, aunque luego estemos de regreso al dolor. Sin embargo, a medida que lo hacemos nos trae algo valioso: aceptación, porque si hubo un día en que recibimos el regalo de ser la ilusión de alguien que llegamos a amar y eso cambió, dejándonos reducidos a una obligación, carga o estorbo, empero nadie quiere moverse de su lugar e inventamos una historia para vendarnos los ojos y luego se nos cae, toca recordar las palabras de la escritora británica Agatha Christie: “Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”. 

¡NAMASTE!