Silente delincuencia política

ENRIQUE PÉREZ VÉLEZ
Nuestra compleja política se puede apreciar a través de la “pantalla” de los diferentes medios de comunicación, donde a diario se proyectan diferentes “espectáculos” tendentes a distraer la atención de esa masa “jambrienta” que ya está “jarta” de escuchar promesas fallidas, que clama y reclama trabajo para saciar esa hambruna, que en determinado momento pueda ser cómplice de algún delito.

Pasadas las elecciones congresionales y municipales, se levanta el telón para presentar los primeros episodios sobre la modificación de nuestra arrugada Constitución, diversos trailers de la tragicomedia Cadena Perpetua y Pena de Muerte, además de candentes capítulos sobre la enmienda del combativo Código Procesal Penal, “teatro” con el que se pretende disipar la tensión de la ciudadanía sobre la orgía de asaltos y homicidios que se suceden a diario en todo el país.

No me parece que la cadena perpetua pueda mejorar el problema de la delincuencia. En nuestro país no recuerdo que preso alguno haya cumplido la pena máxima de 30 años, por lo que creo que no vale la “pena” instituir esa pena. Sobre las condenas, recordemos que el inciso 27 del artículo 55 del “pedazo de papel”, autoriza al Presidente de la República a conceder indultos tres veces al año, inciso con el que se juega políticamente, y, según el rumor público, en la pasada administración se hicieron lucrativos negocios con los indultos.

Tengo mis dudas de que la prisión perpetua o la pena máxima de 30 años se les aplique a determinados delincuentes, ya que en principio son favorecidos con el relajo de los “no hay lugar” en la cárcel para esos malhechores y para muestra basta este hermoso botón. El caso de los robos de los vehículos robados, hurtos a los que se le aplicó la “ley” que, “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón. Y nos quejamos de otros delincuentes.

En cuanto a la pena de muerte creo que, “al que hierro mata, que hierro muera”. El ser humano, en principio tiene aprensión a la muerte y de existir esa condena, a lo mejor los delincuentes piensen en la “inyección” letal, antes de matar. En EUA convictos hacen arreglos con las autoridades judiciales para evitar que le canten bingo, con la pena capital.

Con la gracia de jueces complacientes, y la ayuda del convertido Código Procesal Penal, decenas de delincuentes obtienen la libertad bajo fianza con extrema facilidad, para continuar azotando a la ciudadanía. Por otro lado los condenados de cuello blanco salen de la prisión mediante un simple certificado médico, que regularmente se expide por problemas cardiovasculares, que les permite aposentarse en una confortable suites de las mejores clínicas del país, con todo incluido, celulares, TV y laptop último modelo. ¿Es posible contener la delincuencia con este sistema de aplicar justicia? Bueeeno.

Después de la tiranía, aparto al profesor Bosch por su corto ejercicio, hemos tenido cinco gobernantes de tres diferentes partidos, y la principal “preocupación” de cada uno de esos jerarcas, era la de mejorar el nivel de educación y salud de los dominicanos, pero de ahí no pasó. Los primerizos, los carpetosos reformistas, tan pronto cogieron el mando, planificaron la “corrupción” como el eje principal para acumular al vapor los fondos necesarios para perpetuarse en el poder, objetivo que lograron en el primer cuatrienio, depredando parte del emporio económico que el “ilustre jefe” le dejó a este fallido país, zafra productora de los famosos 300 millonarios. Y la educación y la salud, al carajo.

Quienes luego sucedieron a los reformistas en el Palacio Nacional, se hicieron de la vista gorda de esa asonada depredadora, poniendo en práctica la tesis de que “al país que fuere haz lo que vieres”, y nuevos millonarios con chalecos y todo, surgieron al amparo de esa nefasta política. Y la educación y salud continuaba en picada.

La temporada ciclónica comienza en junio y termina en noviembre, y pueblo y gobierno aunan esfuerzos para enfrentarla. En cambio el tsunani de la corrupción que se inicia cada 16 de agosto en tanda corrida de cuatro años, no hay quien lo detenga, atacando con furia a este empobrecido país, llevándose de cuajo la fábrica de cemento, de pintura, de cigarrillos, la línea bandera dominicana, la flota mercante, por sólo citar algunas de las empresas del emporio que dejó la dictadura, convirtiendo en chatarras los ingenios azucareros y provocando el “deslizamiento” de las tierras del CEA, hacia los predios de la delincuencia política. ¿No tendrá algo que ver estas continuas tormentas depredadoras sin castigo con el auge de la delincuencia? Y la educación y la salud en franco deterioro.

Indiscutiblemente que delincuencia política es la causa principal de la descomposición social que hoy padecemos, y, ejemplos recientes sobran. La Cámara de Cuentas tiene engavetadas auditorías que según el rumor público reflejan dolo al por mayor. Un influyente funcionario del Palacio Nacional dice tener en su poder auditorías que estremecerán al país cuando se den a conocer. El Poder Legislativo gasta enormes sumas de dinero en una campaña publicitaria promocionando la “transparencia de sus productos”, que nadie “compra” por su pésima calidad, además el “Grupo Congreso” patrocina el carnaval de pensiones y contratos de ventas de propiedades del Estado. ¿Con tantas bellaquerías será posible atenuar siquiera la delincuencia? No me parece.

El padre Cela desvincula la pobreza del crimen, “HOY” 14-07-06. Creo que la pobreza y el hambre están mancornadas y que el hambre articula el crimen. Recordemos la historia del miserable Jean Valjean, que su pobreza lo indujo al delito, cuando una noche “muerto” de hambre, rompió una vitrina para llevarse unos cuantos panes para darle de comer a su familia que lo esperaba tarde en la noche con la barriga vacía, pero al “pobre” infeliz lo atraparon al instante y en un juicio sumario le cantaron cadena perpetua, que debía cumplir en una islita del diablo del Caribe. Moraleja: El hambre no tiene paciencia, ni quien le escriba.