SILVANO A. LORA
Semblanza de una vida dedicada a la política a través del arte

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 Desde que descubrieron la calidad de su obra artística sin apenas haber cumplido 20 años de edad le pidieron que plasmara en el lienzo el retrato de quien entonces era la figura más “excelsa” de “la Era”, Julia Molina, la madre del dictador y él, que ya había comenzado a estampar en mensajes ocultos la tragedia de los dominicanos con Trujillo, inició un periplo por el mundo y convirtió su quehacer en grito de libertad para todos los pueblos oprimidos.

 Julio fue el mes de su nacimiento y de una muerte anunciada para seis meses cuando un cáncer de colon amenazó su vida. El fatídico aviso no se cumplió y el maestro extendió seis años más una existencia fructífera caracterizada por la lucha política, el compromiso social, el acercamiento a las masas, la protesta en las calles.

 Silvano Antonio Lora Vicente nació el 20 de julio de 1931 en Santo Domingo y el 12 de ese mismo mes de 2003 dijo adiós a sus murales imponentes que constituyeron primicia en 1965 en el Santo Domingo convulsionado por la guerra.

 Del pintor, militante de izquierda, instalador, inagotable viajero, reciclador constante, del hombre solidario, sencillo y sensible hablan Mariana Hugi de Lora, la compañera fiel desde 1970 cuando lo conoció en Zúrich en casa de Freddy Kncht, pintor suizo que los presentó, y Quisqueya, la hija menor de este revolucionario y guerrillero a quien tocó venir al mundo en Panamá donde el padre difundía la cultura en tiempos de Torrijos. “Noriega nos dio permiso para quedarnos cuatro años” que no fueron un exilio pasivo, según cuentan.

 Silvano se vinculó a obreros, indígenas, sindicalistas, formó talleres y un Frente Cultural que los aglutinaba. Mariana bordaba y vendía camisas para la subsistencia de los tres porque ya el arte de Lora no era comercial, “se fue radicalizando a medida que había más conciencia y eso no se vende tanto, la gente prefiere comprar un framboyán”, aseveran.

 Mariana atesora las prendas de vestir que confeccionaba a mano para el joven delgado, bien parecido, de elevada estatura. Con ellas regresó del largo exilio y las siguió llevando. Conserva las banderas y bufandas de las luchas e inviernos del incansable comprador de los mercados de pulgas que no dejaba sin reciclar muebles mal tirados. Con esas reparaciones amuebló el apartamento que habitó en Gascue hasta dejar este mundo.

 “Es un sentimentalismo, es parte de la vida, de lo que hicimos. Con esto llegó al país porque no teníamos ropa. Yo le apoyé en todo. ¿Y banderas? Para el Comité de Paz, el Comité por la Reunificación de Corea, la Ruta de Hatuey, de aquí a Cuba; la Ruta Martí-Máximo Gómez…”, significa Mariana mostrando indumentarias y enseñas singulares.

 Quisqueya comenta: “Mamá se anuló, entendió que lo importante era apoyar a este hombre con esta vocación artística cultural, su compromiso social y político”. Pero ella siempre tuvo talleres infantiles y ahora trabaja en la cárcel de menores de Najayo.

Las causas del mundo. Silvano Antonio nació en “Don Bosco”, Santo Domingo, hijo de Ángel Lora, maestro constructor y comerciante mocano y Emilia Vicente, de Sánchez. En esa casita de madera, verde, que levantó el padre, pasó su niñez y luego se trasladaron a Moca donde Silvano se desarrolló como basquetbolista y llegó a ser instructor de deportes. Luego de residir en otros pueblos por el oficio del progenitor, se trasladaron a “Ciudad Trujillo” y el muchacho estudió en “La Normal”. Al concluir bachillerato ingresó a la Universidad de Santo Domingo a estudiar Derecho que no concluyó porque empezó a destacarse como artista mientras estudiaba y al egresar de la Escuela Nacional de Artes Plásticas.

 La maquinaria de la dictadura advirtió su talento creativo y  por eso aparecen sus obras en cartillas cívicas, publicaciones del Partido Dominicano y otras junto a las que figuran además, cuadros de Yoryi Morel, Vela Zanetti, Hernández Ortega, Gausachs…

 “Él no simpatizaba con la tiranía, llegó a distribuir volantes por las noches. Decía que o se convertía o tenía que salir del país”, refiere Quisqueya. De entonces son sus producciones que reflejan a un hombre perseguido por la multitud llave en mano tratando de abrir una puerta, un jinete que se cae del caballo… En los 50, explicó Silvano, “en mi obra hay un interés por llevar un mensaje… referencias a la lucha por la libertad, que por suerte, no fue detectada…”.

 Por desahogar su desafección viajó tanto desde comienzos de esos años a bordo de barcos y aviones, a Puerto Rico, Nueva York, Medio Oriente, España, Egipto, hasta que se quedó definitivamente en Francia, hizo pública su oposición al régimen, se vinculó con exiliados como Rafael Calventi, Guarocuya Batista del Villar, Hugo y Mario Tolentino, entre otros. Regresó previo a la guerra de abril de 1965 ya como miembro del Partido Socialista Popular. Del exilio en París son sus otros dos hijos, Etienne y Alex.

 Estuvo aquí cuando el PSP se convirtió en PCD, de cuyo comité central fue miembro, y al momento de su fallecimiento pertenecía a la Fuerza de la Revolución. “Siempre mantuvo buenas relaciones con los viejos robles del PSP”, acota Quisqueya.

 El nombre de Silvano está ligado a Francisco Alberto Caamaño, a quien recibió en París y del cual contaba vivencias impresionantes; a Pedro Mir, Guayasamín, Salvador Allende, el Mayo Francés, Vietnam, Polonia, Irak, Rusia, Venezuela, Perú, España, México, Costa Rica… Está asociado a Arte y Liberación, los murales de El Conde, el Frente Cultural, Colegio de Artistas Plásticos…

 Después de la revolución de abril vivió un segundo destierro, esta vez por su oposición a Balaguer, bloqueado inicialmente en París, en una lista negra de dominicanos a los que no se les permitía entrar o salir. “Esto me permitió empalmar con todos los movimientos de vanguardia, con la Revolución de Mayo de 1968 en París… Yo estaba en las galerías y en los grupos de mayor experimentación, en mis riesgos concomitantes por las causas del mundo”, confesó en una entrevista. “Pude integrar la más profunda y delicada experimentación con la vanguardia política y solidaria”.

 Su presencia y su legado son sus murales que lo recuerdan en museos, hospitales, iglesias, universidades, el paraninfo de la UASD, el Congreso Nacional, la Junta Central Electoral, el Aeropuerto Internacional, la Casa de las Cucarachas… demostrando, como aseveró en vida, que “los marginados constituyen una fuerza, un alimento para nuestra cultura”, que “se puede ligar el compromiso de artista, creador, con el compromiso político”.