Simón Orozco, una vida corta al servicio de su comunidad

Han transcurrido más de treinta años de la muerte del consagrado maestro, activo luchador comunitario, dirigente político y estudiantil, y todavía su partida es un misterio: no se ha establecido si ciertamente se trató de un accidente o si fue un plan para eliminarlo.
El profesor Simón Enrique Orozco Mateo, al que recuerda la más grande avenida de Invivienda, quedó en coma el 28 de marzo de 1990 cuando regresaba de participar en un piquete frente a la Secretaría de Educación reclamando la construcción de una escuela para el sector al que dedicó sus años más productivos. Venía en una motocicleta junto a un compañero y fue embestido en la autopista San Isidro. Falleció el 19 de abril de ese año.
Jacinta Domínguez García, la esposa que quedó viuda tan joven como entonces era Simón, califica de “supuesto” el trágico incidente porque “nunca se han sabido los detalles”.
Por momentos ahogada en inesperado llanto, pero después recuperada, habla elocuente, orgullosa, de este maestro y líder social tan querido por el pueblo que no solo denominó con su nombre la gran arteria de Santo Domingo Este. También el liceo y la plaza principales donde colocaron tarjas que enaltecen su memoria.
Simón contaba apenas 37 años de edad cuando sus ojos se cerraron para siempre, pero por sus obras, estudios, batallas, logros, labores, parece como si hubiese vivido un siglo.
Estudió y leyó mucho, trabajó sin descanso, fundó y presidió organizaciones estudiantiles, políticas, sociales, deportivas, magisteriales, culturales. Despertaba en la madrugada, se ejercitaba, despachaba a sus hijos al colegio y se detenía en el frente del apartamento en el que apenas vivió un año para despedir y orientar a vecinos empleados y escolares cuando se dirigían a sus escuelas y faenas.
Era como el padre de los moradores de Invivienda, tanto en su defensa como en su educación profesional, moral y ciudadana.
Sin embargo, “tenía muchos frentes abiertos”, significa Jacinta, por eso las dudas sobre el presunto choque vehicular. Se integró a la lucha por la construcción de los apartamentos que el gobierno de Salvador Jorge Blanco comenzó a entregar sin concluir al terminar su mandato. Con el advenimiento al poder de Joaquín Balaguer se formó un Comité de Adquirientes para reclamar la terminación pues ya estaban asignados y entregados sin estar listos. Simón era el presidente de esa institución, representando a todos los reclamantes, refiere Jacinta.
Muchas de esas viviendas inconclusas, empero, fueron ocupadas por invasores de Villa Juana que no fueron favorecidos con apartamentos en “el Quinto Centenario” y Simón formó grupos de vigilancia para evitar que continuaran perjudicando a los verdaderos dueños. “Esa era una de las luchas que tenía”.
Por otro lado, clamaba porque levantaran una pared en el politécnico “Fabio Amable Mota”, del que era profesor, en su condición de director de reclamos y conflictos de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP). Arreció esa demanda el día en que apareció un joven muerto dentro del recinto.
Y también se mantenía luchando ante el gobierno de Balaguer para que terminaran el Proyecto Invivienda Santo Domingo.
Aparte de las tiernas fotos familiares, Jacinta conserva otra rica cantidad en las que aparece Simón en piquetes, marchas, reuniones, movilizaciones, protestas, en las calles, en el Congreso, en los gremios. Construyó una tarima y cada sábado su gran capacidad de oratoria se evidenciaba en su casa, donde congregaba a los vecinos, jóvenes y adultos.
Hasta que comenzó a recibir amenazas de muerte, anónimas. Por eso las dudas de Jacinta, del Comité y de la comunidad, y porque antes del mediodía del 28 de marzo, sin haber ocurrido aún la tragedia, “alguien llamó al Comité y dijo que él no había sufrido un accidente”.
Aprovechó su tiempo. Simón Enrique nació en Santomé, San Juan de la Maguana, el 25 de agosto de 1952, menor de los 12 hijos procreados por el agricultor Euclides Orozco y su esposa Elorgina Mateo. Estudió en la escuela “Francisco del Rosario Sánchez” y en el liceo “Pedro Henríquez Ureña”, de su natal, donde formó una biblioteca, estudió música, perteneció a la banda municipal, el coro y la escuela de Bellas Artes.
Cursó profesorado en pedagogía, mención historia y geografía en la UASD donde se graduó, además, técnico en psicología. Fue maestro en los liceos “Ramón Emilio Jiménez”, “Fabio Amable Mota” y “Domingo Faustino Sarmiento” y un “combatiente de primera fila” en el Frente Universitario Socialista (FUSD), “en el FEL, apéndice del PLD”, en la ADP, la Central de Trabajadores Mayoritarias (CTM), en la corriente magisterial “Eugenio María de Hostos” y en el “Comité Gregorio Luperón”, del PLD.
“Era totalmente entregado a los seres humanos”, comenta Jacinta, que lo conoció en Los Minas, donde él impartía docencia, distribuyendo “Vanguardia del Pueblo”. Él llevó ese día los ejemplares a la pensión donde ella vivía y se enamoraron. Se casaron el 23 de abril de 1978 tras dos años de noviazgo. Procrearon a Carlos, Eduardo, Ricardo y César Augusto. De una unión anterior de Simón es su hija Ana.
Lo describe ejemplar, buen padre y esposo, sociable, humilde, preocupado por la educación, serio, “honesto a carta cabal y eso lo han heredado sus hijos”, exclama.
En Invivienda lo recuerdan con aprecio, gratitud y admiración casi todos sus moradores. Era querido entre profesores no solo por su magisterio sino porque era un gran softbolista, destacado como miembro del equipo “Las frutas”. Luego fundó la Liga Deportiva y cultural de los Maestros de la Zona Este