Sin educación no hay desarrollo

RAMÓN NÚÑEZ RAMÍREZ
Una de las causas fundamentales del salto al desarrollo de los Estados Unidos se debió a la invención de una educación publica obligatoria en el siglo XIX, de igual forma las naciones de más reciente industrialización, tanto los tigueres del Asia en la década de los setentas, así como los últimos en sumarse al desarrollo, también se caracterizaron por gobiernos que dedicaron durante muchos años grandes recursos a la educación.

Hasta el siglo XIX, después de la primera revolución industrial, los economistas jamás consideraron a la educación como un factor importante en la productividad, incluso mentes preclaras que se adelantaron a los signos de su tiempo, como Adam Smith, apenas toca el tema en su obra cumbre “La Riqueza de las Naciones” otorgando los papeles principales a la dotación de recursos naturales y el capital. Sin embargo, en la medida que la humanidad fue ingresando a estadios superiores de desarrollo, el conocimiento y la educación fueron ocupando lugares similares y luego superiores a otros insumos de la producción.

En el siglo XIX los propietarios de talleres de Massachussets, el mismo lugar donde se inició la primera revolución industrial en los EU, comprendieron que una persona instruida era más productiva, pero esa productividad se multiplicaba si trabajaba junto a un equipo de personas diestras en el oficio. Estos propietarios de talleres se ocuparon de brindar educación a sus operarios y sus hijos, pero en el proceso descubrieron que su acción era aislada, pues la mayoría de la población carecía de los recursos para acceder a la costosa educación privada y lograr una formación técnica o profesional. así, constituidos los propietarios en un grupo de presión, lograron que el estado de Massachussets y luego sucesivamente los demás estados de la unión establecieran la educación publica obligatoria financiada con los recursos de los contribuyentes y gracias a esa decisión los Estados Unidos pudieron preparar generaciones de operarios, técnicos y profesionales capaces de incrementar de manera sostenida la productividad, uno de los factores determinantes para que el siglo XX fuese el siglo norteamericano y esa nación se transformara en la principal potencia económica mundial.

Hace poco más de 250 años la primera revolución industrial, que comenzó en Inglaterra en el 1750, puso fin a un largo periodo durante el cual la agropecuaria había sido la principal actividad creadora de riqueza, cien años más tarde, a finales del siglo XIX, la electrificación y la industrialización sistemática, dieron origen a la segunda revolución industrial. En la actualidad nos encontramos en pleno desarrollo de la tercera revolución industrial, en donde la microelectrónica, la biotecnología, las telecomunicaciones y la robótica, todo dentro de un proceso de globalización, están transformando todas las facetas de la humanidad.

Durante las dos primeras revoluciones industriales la competitividad y el éxito de las naciones dependían de la dotación de recursos naturales, especialmente los energéticos, así como la de capitales, sin embargo en la actual revolución el conocimiento y los niveles educativos se han convertido en la principal ventaja competitividad de las naciones.

Los países que llegaron a tiempo a la cita de la última  revolución industrial mantienen altos niveles de inversión en educación pública e implantan profundas reformas en los métodos e instrumentos de enseñanza, en la República Dominicana nos gastamos el lujo de contar con una educación pública incapaz de formar los operarios, los técnicos y los profesionales que puedan, gracias a su productividad, mejorar los niveles de competitividad del país.

Es cierto que varias gestiones en la Secretaría de Educación, desde Jacqueline Malagón hasta Milagros Ortiz Bosch, y en la actualidad la licenciada Alejandrina Germán han realizado esfuerzos titánicos, con presupuestos insuficientes, también hay que desta car la extraordinaria labor del INDOTEL y el Despacho de la Primera Dama sembrando el país de centros de informática y bibliotecas virtuales, pero falta mucho por recorrer, muchos años de inversión sostenida y reformas para contar con una educación pública competitiva.

Para romper con el círculo vicioso pobreza-ignorancia, generación tras generación, es necesario dotar a la República Dominicana de una educación pública competitiva en calidad con la privada, que permita a los jóvenes de nuestros barrios marginados o los sectores de bajos ingresos obtener una educación capaz de prepararlos para obtener empleos remunerados, elevarse en el escalón social y simultáneamente contribuir con su productividad a recrear un país más competitivo.

Uno de los retos de esta administración peledeísta del doctor Leonel Fernández, si aspira a insertar la RD con éxito en los esquemas de libre comercio como el DR-CAFTA u otros similares con otras naciones, es incrementar de forma sostenida el gasto social, a pesar de las limitaciones presupuestarias y los urgentes compromisos con otras áreas y sectores, dando prioridad a una educación pública capaz de formar el ejército de técnicos y profesionales de una economía competitiva, contribuir a eliminar la injusta asimetría en la distribución del ingreso y reducir sostenidamente la pobreza extrema.