Sin ética no tendremos futuro

REYNALDO R. ESPINAL
Parece una constatación de perogrullo, pero ¡Que profunda es la podredumbre moral de nuestra patria! En la familia, en la política, en la empresa y en el comercio, en lo privado y en lo público. Parecería como si a ratos, abdicáramos no ya sólo de nuestra exigencias éticas, sino mas bien de nuestra primigenia condición racional sacrificando al ídolo de barro del dinero y del poder la felicidad auténtica de nosotros mismos y de nuestros seres queridos.

 Que estamos económicamente mal, nadie lo niega; que vivimos clamando por servicios elementales, indudable; sin embargo, la irrestañable herida por la que se desangra la patria es ante todo ética y moral.

No pocos consideran que visto el nivel actual de degradación, en lo que concierne al quehacer político, una regeneración moral en ese ámbito parece una ilusa quimera.

Debe advertirse, sin embargo, y esto sería importante que nuestros comunicadores y analistas no lo perdieran de vista, que no existe corrupción pública sin corrupción privada; por eso irrita la hipócrita desfachatez con que muchos representantes del sector privado se exhiben ante la sociedad y la opinión pública como paradigmas de decencia reclamando el cumplimiento de normas éticas que no han cumplido nunca ni en su propia casa.

Lo anterior, por supuesto, no justifica la corrupción política, sólo desmitifica la visión sesgada de que sólo los políticos están maleados por esta letal pandemia.

En nuestro país padecemos, como en tantos otros, del síndrome conocido como “Moral Situacional”. Cumplimos las normas en cuanto conviene en una coyuntura o circunstancia determinada. Pensemos, si no, en el caso de tantos empresarios ayer favorecidos por el monopolio y el proteccionismo y que hoy son los más fervientes abanderados de La transparencia y el libre comercio.

Muchos de los que ayer acumularon capital político denostando a los partidos tradicionales como antros de podredumbre, y perversión, son hoy sus aguerridos adherentes, que disfrutan a su sombra usufructuando sus privilegios y canonjías. Esa práctica deleznable, por supuesto, no parece éticamente censurable. Para muchos, comenzando, por sus propios actores, constituye en la mayoría de los casos un acto de perfecta sintonía con los Cambios de época y de paradigmas, para otros actuar conforme a lo expresado a Guaroa Velásquez por Aberlardo Nanita de que en este país “está prohibido joderse”.

En lo particular, y en lo que a la renovación de los partidos concierne, no aliento esperanza, y esto lo digo con dolor, de que la misma sea consecuencia directa de un cambio generacional: muchos líderes jóvenes han demostrado, llegada la oportunidad, mayores niveles de corrupción que los viejos especímenes de quienes pretendía diferenciarse. Hasta prueba en contrario, la decencia ética no depende tanto de la edad como de una convicción íntima bien fundada de que quien daña a los demás se daña a sí mismo.

El futuro está sobre todo en la familia, en la escuela y en la educación. No es flor de un día, en tarea paciente pero indeclinable y en ella se juega nuestro presente y nuestro porvenir.

Debemos comenzar por los niños y las niñas, tomando en cuenta que en su primera infancia (0-6 años) los mismos aprenden a través del ejemplo. Pierden su tiempo los padres y maestros que creen que en esta decisiva etapa evolutiva los niños harán caso de peroratas y discursos.

A partir de los siete años los niños comienzan aprender nociones abstractas como la verdad, la justicia, el honor; siempre es preferible, sin embargo, utilizar ejemplos históricos o del propio medio. Son más edificantes y didácticos.

La educación cívica debería ser, como bien ha dicho recientemente Fernando Savater, “Un eje transversal y atravesado” a lo largo del curriculum, pero no debe obviarse su transmisión organizada en contenidos a través de asignaturas, no importa el nombre con que se denomine.

Nuestra sociedad está moralmente enferma. No creo que desahuciada. Es preciso, a pesar de los pesares, creer en la capacidad del ser humano para decidir su felicidad y su bienestar.

Como diría Aristóteles en su ética a Nicómano: “… Tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder. En efecto, aunque siempre está en nuestro poder el hacer, lo está también el no hacer; y siempre que está en nuestro poder el no, lo está el sí, de modo que si está en nuestro poder cuando es bello, lo estará también cuando es vergonzoso…”