SIXTO SEPULVEDA
Sobre los recursos de la tradición

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POR AMABLE LÓPEZ MELÉNDEZ
El “éxito” de la pintura en la sociedad dominicana, la predilección por las instalaciones y la insólita actitud conservadora de los jóvenes creadores ante la experimentación, ante los nuevos materiales y ante los recursos tecnológicos, resultan cuestiones claves para el análisis de la deficiente y poscrítica situación que toca a nuestra producción escultórica de las últimas dos décadas.

La ínfima atención de los arquitectos y urbanistas ha sido señalada frecuentemente como causa principal de la negación del objeto escultórico en nuestros espacios vitales interiores y exteriores. Al mismo tiempo, “la escasez, los altos costos de los materiales y el poco aprecio de los coleccionistas” siguen siendo los razonamientos constantes a la hora de la justificación por parte de la mayoría de los artistas.

Algunos especialistas han sostenido que tales cuestiones, razones o implicaciones, pesaron más que suficiente para que sólo unas 42 esculturas (de un total de 832 obras) fueran enviadas por nuestros artistas a la XXlll Bienal Nacional de Artes Visuales. Como se sabe, sólo unas nueve de estas fueron aceptadas por el Jurado de Selección del evento. Se trata de cifras definitivamente inquietantes, especialmente si atendemos a la notable “legión” de creadores que practican dicha categoría. Y, que conste, hablamos de una de las categorías de mayor tradición y profundidad en la modernidad artística dominicana.

Entre nosotros es notable el estado o ley de “quiebra” que conspira descaradamente contra la institucionalidad y la formación artística académica. Así que, por ejemplo, en ese fatídico estado de desparpajo y precariedad estructural que viene obstaculizando la íntegra formación de los estudiantes de la Escuela Nacional de Bellas Artes, también habría que entrever una razón importante para el decaimiento que experimenta la escultura dominicana contemporánea.

Tal como ya hemos advertido, las principales características formales en la producción de la mayoría de los escultores dominicanos contemporáneos son la mímesis e hipermímesis de la tradición, la experimentación artesanal, la original libertad expresiva y el recurso del reciclaje a partir del uso de una asombrosa diversidad de materiales industrializados.

Un caso especial es el del emergente Sixto Sepúlveda (1973), jóven escultor que intensifica su proceso de compenetración con la talla directa tradicional, tanto de la madera como de la piedra, producto de su aprendizaje directo con Roberto Herrera (1960), así como de su conexión estética y espiritual con el linaje magistral de Gaspar Mario Cruz (1929) y Antonio Prats Ventós (1925-1999) a través del estudio y admiración de las tallas en caoba y mármol de Ramón Osorio (1956).

Recientemente (Casa de Teatro, 24/05-10/06/2006), Sixto Sepúlveda ha presentado su segunda exposición individual, reafirmándose con el variado y resistente cuerpo de obras presentado como uno de nuestros escultores emergentes más talentosos, en cuya práctica y actitud creativas se restablecen efectivamente el apego a los recursos de la tradición, el respeto a las propiedades intrínsecas de la materia y la potencialidad de lo trascendente. Asímismo, en “Homenaje a las Madres”, el sensible conjunto de piezas talladas en madera y mármol sostiene la plenitud de expectativas que nos depararon sus destacadas participaciones del 2005 en el “Encuentro Nacional de Escultores” (Centro de la Cultura de Santiago), en la Primera Bienal de Arte Premio Paleta de Níquel (Bonao) y en la XXlll Bienal Nacional de Artes Visuales celebrada en el Museo de Arte Moderno.

De ahí también la reafirmación de nuestro acuerdo con el catedrático y crítico de arte Odalis G. Pérez cuando sostiene que: “Sixto Sepúlveda no quiere simplemente narrar a través de un objeto-modelo denominado creación escultórica, sino, más bien, quiere establecer un diálogo con el espectador en un espacio donde cultura, alteridad y creación, producen el gesto de lo primigenio a través del lenguaje. La particularidad de este acto artístico se apoya en la conciencia del escultor en el momento en que la mano aborda la materia para hacerla decir su condición estética, esto es, aquello que motiva lo percibido en la forma artística…Sepúlveda quiere mostrar el texto que lo une a la raíz del hombre que dialoga con su cultura, mediante la invención de iconos seculares, materias y formas escultóricas que cobran su valor en el espacio mismo de la tradición. Se trata, en su caso, de una estética de la raíz, del etnos, del epos que traduce los signos visuales de una mirada histórica”.(1).