Soberanía, peso, y dollar

POR JESÚS DE LA ROSA
En la página cuatro del periódico “Hoy” de su edición correspondiente al 14 de abril recién pasado, aparece la reseña de la visita del Jefe del Comando Sur de la Armada estadounidense, general de brigada Ken Keen, al municipio fronterizo de Dajabón, donde opera, los lunes y los viernes de cada semana, un mercado de variados tipos de mercancías, y donde asisten centenares de vendedores y compradores procedentes de los dos países que comparten la geografía de La Española.

En su visita a la línea fronteriza, el alto mando yanqui estuvo acompañado del Jefe del Ejército Nacional, mayor general Juan Antonio Campusano López, y de otros oficiales dominicanos y estadounidenses.

En la primera página de “Hoy” de ese mismo día aparece una foto del general Ken Keen en cuyo pie se consigna que el militar estadounidense vino al país a supervisar la frontera dominico haitiana con el propósito de verificar el control que nuestro Ejército de tierra ejerce sobre la zona y el tráfico de indocumentados.

Tenemos entendido (ojalá que no nos equivoquemos) que la ida del general Ken Keen a Dajabón no pasó de ser una simple visita de cortesía que el militar yanqui nos hiciera correspondiendo a una gentil invitación que le formulara su colega el general Campusano López. Afirmamos esto, bajo el entendido de que ningún militar extranjero, cualquiera que fuese su rango, tiene derecho a ejercer labores de supervisión en territorio dominicano.

En otro orden de ideas, no nos hizo gracias la propuesta del secretario de Estado de Hacienda, Vicente Bengoa, de lo que los países firmantes del Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos y las naciones centroamericanas (DR CAFTA) incluyendo el nuestro, adopten el dólar como moneda común, es decir, que sea el signo monetario estadounidense el que prevalezca sobre los demás.

Además de constituirse en un lujo muy costoso, la adopción del dólar como signo monetario nos privaría de utilizar al máximo nuestros recursos económicos.

Quien esto escribe no es economista ni entendido en materia económica, por lo que se ve forzado a buscar en los hechos históricos los argumentos que refuercen su particular punto de vista en relación con el peso dominicano.

El signo monetario de un país es un atributo de su soberanía.

Conforme a las necesidades de cambio del país, en 1937, en virtud de una ley, se creó la moneda metálica nacional. Dicha numisma gozó siempre de general aceptación.

La moneda dominicana de plata de un peso, cuyo contenido específico era de 267 gramos de ese metal, podía ser, y era cambiada, en cualquier lugar del mundo, por un dólar norteamericano. También, aquí había monedas de uno, cinco, veinticinco y cincuenta centavos que podían canjearse a la paridad con sus pares valoradas en fracciones del dólar norteamericano. Después del ajusticiamiento de Trujillo, las monedas metálicas comenzaron a escasear debido a que los grandes poseedores de las mismas comenzaron a atesorarlas o a colocarlas en bancos extranjeros. A principios de los años cincuenta del siglo pasado el Estado dominicano emitió una moneda de papel, el peso dominicano, equivalente a un dólar estadounidense. Durante décadas, nuestro sistema bancario y monetario funcionó conforme a los métodos de una buena administración. Fue a principios de los años ochenta cuando sobrevino la corrupción y el desorden, y cuando el peso dominicano comenzó a perder valor.

En varios momentos de nuestra historia financiera nuestro signo monetario se vio convertido “en un simple pedazo de papel”.

Al advenir al poder en su segunda administración, en 8 de octubre de 1856, apoyado en un informe sobre la situación económica y financiera que le rindiera su Ministro de Hacienda Pedro A. Bobea, con el pretexto de amortizar los billetes deteriorados y de impedir los perjuicios que la falta de numerario pudiera ocasionar a los agricultores, el presidente Buenaventura Báez solicitó y obtuvo del Poder Legislativo la autorización para realizar una emisión de seis millones de pesos nacionales, dos de los cuales estaban destinados a reemplazar el papel moneda deteriorado y a cubrir los gastos de la emisión total, debiéndose retirar en un plazo máximo de 90 días los cuatro millones restantes de la circulación. Pero, ese plazo fue extendido; y como si esa medida no bastara, el Senado Consultivo puso en manos del presidente Báez la facultad de emitir billetes a su libre albedrío. El taimado de Báez abusó de tal forma de ella que en menos de un año emitió más de 17 millones de pesos sin respaldo, lo que provocó su caída. Por falta de espacio no entramos en detalles acerca de los desaciertos económicos del gobierno del general Ulises Heureaux y de las sucesivas emisiones de sus célebres papeletas.

Como vemos, el mal no reside en el establecimiento de un sistema monetario nacional; el mal está en los parlamentos complacientes, y en la conducta irresponsable y dolosa de uno que otros gobernantes.