Sobre educación sexual y en género

Tirso Mejía-Ricart

La reciente ordenanza del ministro de Educación, Antonio Peña Mirabal, que dispone la elaboración de un programa de educación de género, tuvo la virtud de despertar una ruidosa oposición de la jerarquía católica y protestante, como de parte de los grupos de intelectuales y maestros dominicanos.
Sobre ese particular, no cabe duda de que la identidad sexual de los seres humanos es el producto de múltiples factores: genéticos, ambientales y socioculturales. Por esa razón en la escuela primaria lo único que procede en materia de educación sexual es que se comprenda la naturaleza y mecanismos de la fecundación humana y resaltarles el carácter estrictamente privado de sus partes íntimas, frente a los demás, sean estos maestros, compañeros, parientes, curas o pastores. Los niños deben ser instruidos para denunciar a sus padres cualquier intento de violencia, seducción o acoso por parte de adultos y compañeros, así como a aceptar la equidad de género.
Ya en la adolescencia, la educación sexual y de género debe dirigirse a hacer comprender que hay conductas sexuales erráticas, que existen en todas las sociedades: lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, etc. Que son sujetos discriminados frente a los cuales cabe tener tolerancia y no agresividad.
En esa etapa también se gestan los “valores” que son el caldo del cultivo de la violencia doméstica y de la grave prevalencia de feminicidios que hay en el país.
Entre los determinantes de la homosexualidad hay algunos de carácter genético, como tienden a demostrarlo los trabajos de Kelman (1921) con los gemelos idénticos, y en general, diferencias temperamentales que se reflejan en rasgos propios del sexo contrario. Tanto los biólogos como los psicoanalistas, encabezados por el propio Sigmund Freud, consideran que no existen sujetos totalmente masculinos o femeninos, sino que hay variaciones en la definición del sexo; aunque su aspecto externo no esté atado necesariamente a la conducta sexual propiamente dicha.
Las investigaciones de Hampson (1957) y Money (1961) sugieren la existencia de mecanismos análogos al troquelado (imprinting) en la adquisición de la identidad sexual humana, a partir de las primeras experiencias voluntarias o forzadas del individuo. De ahí el cuidado que se debe tener con la exposición a las mismas. Está comprobado que la homosexualidad es más frecuente en los sujetos que provienen de familias pequeñas, en las comunidades urbanas. En el caso del hombre, a causa de la devaluación de la mujer en las comunidades rurales y sociedades con escaso desarrollo relativo.
En el orden situacional, la homosexualidad se desarrolla comúnmente allí donde el sujeto tiene dificultades para afirmar su propia definición heterosexual, que se manifiesta en el temor a relaciones íntimas con sujetos del sexo opuesto y, en cambio, ofrece oportunidades para el contacto sexual con el propio sexo, como en internados, cárceles, etc.
Por lo demás, en la homosexualidad se da la misma variedad de conductas que entre los heterosexuales: promiscuidad, prostitución, estabilidad, exhibicionismo, conducta obsesiva o inhibida, y la circunstancial por falta de otras oportunidades.
Es dentro de esos parámetros que debe definirse la política de género en las escuelas.