Sobre el “hombre superfluo” y su
juicio sobre las nuevas generaciones

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Alrededor de los años finales de la década de los cincuenta e inicios de los sesenta del siglo XIX, se produce en Rusia un cambio radical entre las generaciones; estalla entre “padres e hijos” una desgarradora confrontación que habrá de tener consecuencias determinantes para el orden histórico, social y político.

Esta nueva situación incidirá profundamente en la definición del papel del intelectual en la sociedad y marcará intensamente la vida cultural durante los siguientes veinte años.

En ese momento, los jóvenes se inician en el escenario público descalificando la generación que la antecedía, la de los escritores de estampa liberal, firmes en sus convicciones occidentalistas, que buscaban transformar a Rusia en una nación moderna, democrática y capitalista, postulando como modelo de desarrollo el sistema político inglés.

La nueva generación recriminaba a la anterior, el haber actuado en su tiempo de manera indecisa y sin ideas factibles de ser traducidas a la realidad; la acusaba de haber actuado predispuesta a la renuncia y al sometimiento; la imputaba de haber desarrollado, por todo ello, una conciencia culpable, cómplice del poder autocrático, fiel al modelo de comportamiento descrito magistralmente por el escritor Iván Turguéniev en su imagen del “hombre superfluo”.

Éste encarnaba en la figura de un intelectual de origen noble, de ideas románticas y talante liberal, que en el ambiente ensombrecido por la tiranía de Nicolás I, no había tenido la fuerza de establecer las condiciones apropiadas para desplegar plenamente sus energías espirituales y se había enfocado en la palabra, en la idea; se había sostenido en la afirmación puramente retórica de un idealismo totalmente desfasado de la realidad.

El “hombre superfluo” representa la figura de una humanidad disminuida, minimizada, empequeñecida; atrapada en su pequeño mundo provinciano, sostenida éticamente por un fuerte sentimiento de su propio valor, de su honor en cuanto miembro de la nobleza, era moralmente fofa, sin sustancia; se consumía en un estado de “alienación” inerte, ocioso, y era emocionalmente poco desarrollada y muy insegura. En el ámbito intelectual carecía de consistencia, dotada apenas de una formación intelectual epidérmica, labrada casi siempre como autodidacta, donde al máximo alcanzaba la calificación de preocupado “dilettante”. 

Reconcentrado en su pequeño rincón del mundo, enredado en su soberbia y vanidad, subsistía como un ser suspendido de la realidad, caracterizado por una obstinada actitud contemplativa en un universo matizado por la pereza y el aburrimiento, no tenía otra ocupación que trocar lo nimio en importante, compensando sus frustraciones con el maltrato a la servidumbre, a su mujer y a sus hijos o sucumbiendo en los vicios y en el alcoholismo.

El “hombre superfluo -no podía ser de otro modo- era una copia en miniatura de la figura del autócrata, de Nicolás I.

En este sentido, un personaje de una novela de Turguéniev, “Nido de nobles”, publicada en 1858, enrostra a un “hombre superfluo” su abandono de la acción: “… en ti no hay fe, no hay calidez de corazón; sólo raciocinio, raciocinio barato… …eras un individuo pensante y permaneces acostado, podrías hacer cualquier cosa, pero no haces nada”.

El “hombre superfluo” pretendió a la muerte de Nicolás I, justificar su dejadez y abandono histórico; pretendió justificarse históricamente afirmando que se había retraído amparado en una actitud ética, que recalcaba su superioridad moral sobre un medio corrupto y distorsionado que él no podía cambiar.

Sin embargo, Chernichenski, el joven crítico de la revista “El contemporáneo” en su valoración de la novela “Asja”, publicada por Turguéniev a inicios del 1858, llama la atención del escritor sobre un elemento que considera determinante en la constitución de los “hombres superfluos”: “En nuestra clase culta, el defecto más común no consiste en ideas equivocadas, sino en carencia de ideas, no en sentimientos errados, sino en la debilidad de todo sentimiento intelectual y moral…, de todo interés social”. Ésta era –para el crítico- “la enfermedad epidémica enraizada en nuestra sociedad”.

Es en éste contexto de fractura entre generaciones, que hay que inscribir la polémica de Herzen con las nuevas levas de intelectuales radicales, que lo acusaban de limitar su oposición al sistema autocrático, al fomento de una “literatura de denuncias” que condenaba aspectos secundarios, sin señalar las causas fundamentales de la dramática situación del país.

Herzen responde indicando que los jóvenes críticos olvidaban que la actitud que originaba la literatura de denuncias era algo que nacía naturalmente de la nueva situación: “No hay nada de sorprendente que personas que durante toda su vida han sido abusados por una policía política omnipotente, por una judicatura cómplice, por los gobernadores y la burocracia, ahora quieran hablar de tales abusos y denunciarlos”.

La superioridad moral de los “hombres superfluos”, frente a los nuevos radicales -según Herzen, que trata de justificar su propia actividad y su inclusión en esa categoría- consistía, en que “tenían un sentido vivo y sufrido de la continuidad y la creatividad histórica; que poseían una fecunda capacidad para abstraerse ante eventos y situaciones en que habían participado con claro y firme compromiso moral; y poseían una percepción mucho más rica y compleja de los problemas humanos en la lucha revolucionaria”. Empero, el pensador no idealizaba el papel de “los hombres superfluos”; sostenía que “así como habían sido históricamente necesarios, es ahora necesario que no los haya”.

Herzen reconoce, sin embargo, en la generación de “los hombres superfluos” una condición trágica: “Les faltaba el suelo bajo los pies, sin quererlo debían prestar sus servicios al Estado o cruzarse de brazos, transformándose en ociosos, en seres superfluos. Pienso que la suya fue una de las más trágicas situaciones para generación alguna”.

Además, Herzen en su respuesta delinea las características que definen a los nuevos intelectuales “raznochinets” –pequeños burgueses y gente sin abolengo-: “La nueva generación constituye un paso adelante, pero son enfermos, biliosos y violentos; actúan de modo ofensivo frente a quienes no piensan como ellos, estiman que sólo ellos se ocupan de cosas serias; consideran que ocuparse de cuestiones artísticas y de la creación estética es perder el tiempo frente a la necesidad de actuar para corregir los infortunios del mundo”. 

Herzen intenta también, responder a la inquietud de qué podría haber ocurrido que hubiese provocado tal cambio de actitud en los jóvenes: “semejante rudeza y aire venenoso”. Señala al respecto que los jóvenes reaccionan como personas resentidas: se amargaron porque les fue denegado el derecho que tiene cada quien a expresar su opinión; reaccionan de esta forma áspera y grosera a los insultos, privaciones y humillaciones que han sufrido, que han creado en ellos un profundo sentimiento de dolor acompañado por una vanidad devoradora, irritante, enfermiza”.

La toma de conciencia de Herzen sobre la nueva generación constituirá el primer atisbo de un fenómeno que, a partir de entonces, cada día con mayor fuerza, dominará la discusión pública y la realidad social rusa: la aparición y vigencia de los primeros nihilistas.