Sobre el bien y el mal

Nací para ser feliz. La ausencia de besos, caricias y abrazos por parte de mis padres hacia mí, no fueron razones suficientes como para impedir, en mí desarrollo, la convicción y decisión de irrigar con besos, caricias y abrazos interminables a toda la humanidad y al mismo tiempo aprender a valorar, a amar y a convivir con la naturaleza y con el verdadero ser humano que a diario encuentro en el camino de las obras y las prístinas huellas dejadas en su andar.

Creo en la obra humana, si es humana la obra y obra ésta por la humanidad y la naturaleza.

La existencia de odiosas lacras con fenotipos humanos en la selva que habito, no es razón de peso para permitir el desarrollo del odio en mi conciencia.

En la unión genética que da origen a mi vida; a ocho hermanos (as) más, a 24 nietos y más de 15 biznietos no se conoce el odio. No se nos enseñó, ni se enseña a la descendencia a hacerle daño al prójimo, ni a la naturaleza. Les enseñamos a amar la vida en unidad y armonía con estos.

Por la vía paterna se nos ha reportado siempre la existencia eterna de la Santa Aminta Rodríguez (mí abuela); mientras que por la vía materna conocemos de la existencia eterna de San Agustín Ureña (abuelo). En ambos casos no necesitamos “ver para creer”. Aunque los más pequeños no les conocimos, nos bastan los testimonios de mis padres, de mis hermanos mayores, de nuestros tíos y tías y de los comunitarios.

Estoy convencido de que el amor y con él la armonía natural y obligada que debería existir entre el ser humano y la naturaleza, serán tarde o temprano las leyes universales que desmentirán la falsa teoría de la eterna existencia del bien y el mal.

Es mentira que el mal siempre ha existido y que existirá por siempre.

Es mentira que para que exista el bien tiene que existir el mal.

Es mentira que la guerra entre el bien y el mal es eterna.

Para perpetuar la vida y el amor habrá de imponerse el bien.

Es mentira que siempre han existido pobres y ricos.

La ambición y acumulación material originaria de unos en perjuicio de otros dio inicio a la ruptura de la armonía con la naturaleza y provocó que los ambiciosos dejaran de sentir amor por el prójimo y por su entorno natural, y se aferraran solo a las riquezas materiales sin importarles la suerte de la vida humana, animal y vegetal en el planeta. Luego surgieron las poses y el maquillaje filantrópicos junto a la compasión, para además de poseer fama de ricos distraer al prójimo con fama de buena gente.

La verdad es la equidad, la justicia, la paz y el amor colectivo, o sea, el bien común; lo demás es mentira.

Luchemos, pues, por alcanzar la sociedad del bien común.