Sobre los conceptos competitividad productividad: el caso de las zonas francas

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Por Arturo Martínez M.
Mientras Adozona reclama una tasa de cambio que no incentive las importaciones y penalice las exportaciones, es decir, que sea neutral para el comercio exterior, el gobierno responde que para lograr la competitividad la moneda nada tiene que ver, que el problema es  de rentabilidad, pero al mismo tiempo afirma que serán financiadas (subsidiarlas) con RD$1,200 millones.

Son argumentos contradictorios, incoherentes, porque no se puede negar el impacto negativo de la moneda y decir que el Presidente Fernández aprobó financiamientos, al final lo que se está aceptando es otorgar compensaciones por problemas cambiarios, no por es por tasas de interés porque las quejas del sector no tiene que ver con el costo de los financiamientos. Si el gobierno no entiende lo que está pasando, si se confunde incluso con términos como productividad y competitividad y lo que significan para el comercio exterior dominicano, el sector de zonas francas nada positivo podría esperar, descalificándose para plantear alternativa viable, y lo lamentable es que todo esto sucede no obstante los seminarios costosos que de tiempo en tiempo celebra con personalidades y organismos internacionales. Para simplificar el análisis en lo que sigue comparo la producción de textiles y de zapatos en zonas francas de República Dominicana y de centroamérica, sin desconocer que China es el gran competidor.

En estudios del BID y el Banco Mundial que he leído se citan datos relativos a la productividad del trabajador dominicano en los renglones textiles y calzados, que en promedio supera la productividad del trabajador centroamericano, el dato extremo habla de que somos 1.5 veces más productivo. Cuando se lee la afirmación se podría entender que la inversión y de la producción de textiles y de calzados se concentraran en República Dominicana, sin embargo, la productividad lamentablemente no es condición suficiente, se necesitaba algo más, que el salario del trabajador centroamericano cuando menos fuera igual o que superara el salario del trabajador dominicano. Para  lo contrario, que las inversiones en textiles y calzados se concentraran en países centroamericanos en lugar de República Dominicana, con una productividad del trabajo inferior en un 50%, debía ser demasiado bajo el salario promedio comparado con el nuestro. Lo que se observó en los últimos quince años fue una situación más ó menos intermedia, no hubo extremos, las inversiones de residentes y extranjeros en textiles y calzados se realizaron tanto en República Dominicana como en centroamérica, un claro indicador de que, no obstante la diferencia en productividad en favor de República Dominicana, en promedio el salario del trabajador centroamericanos ha estado por debajo del salario promedio en República Dominicana, pero a una distancia prudente, que los gobiernos reformistas y perredeístas respetaron cuando se discutió elevar el salario mínimo del trabajo.

Cuando en el 2004 se elevó el salario promedio del trabajador dominicano, con la tasa de cambio en RD$42 por dólar, en términos comparativos la situación para República Dominicana no había empeorado; la variación se dió cuando el gobierno del PLD, por política, decidió bajar el tipo de cambio a RD$29 por dólar, hasta el punto de que en dólares norteamericanos el salario promedio es casi dos veces el promedio del trabajador en centroamérica; se perdió competitividad, y no obstante la diferencia en productividad, las inversiones se comenzaron a desplazar hacia centroamerica, ayudado además por la realidad de que en textiles y calzados, aúnque menor cuando se compara con República Dominicana, los centroamericanos tienen la mayor productividad relativa, comparada con los demás renglones. Queda claro que la productividad es un concepto importante, pero tambien que de nada sirve  si al mismo tiempo no tomamos con seriedad el hecho de que no podemos producir un diferencial de salaria apreciando la moneda, es equivalente a un impuesto al flujo de caja de las empresas. Si el gobierno del PLD no hubiese ampliado exageradamente la diferencia salarial inicial entre República Dominicana y centroamérica, aún con la competencia de China, las empresas textiles y de calzados dominicanas estuvieran operando y competiendo con las de centroamericana en el mercado de los Estados Unidos. 

La apreciación artificial del peso, tanto en relación a su paridad como en relación a la paridad en los países centroamericanos, no sólo es responsable de la diferencia salarial, también de la diferencia en los demás costos directos de producción. No podemos negar que el bienestar del trabajador centroamericano es menor comparado con el del trabajador dominicano, el primero gana mucho menos, sin embargo, la desventaja tiene su ventaja, mientras el trabajador centroamericano retiene su fuente de empleo, el de República Dominicana lo pierde, y lo irónico es que la pérdida la ocasiona  su gobierno. Es de esperarse que la productividad del trabajo en centroamérica aumente a medida que entren las inversiones extranjeras, que la productividad del trabajo eventualmente iguale la del trabajador dominicano, implicando que aún aumentándose el salario nominal en centroamérica y manteniendo congelado el salario nominal promedio en

República Dominicana, las inversiones en textiles y calzados se mantendrían por allá. Un ejemplo para que se entienda lo que quiero decir; si en el 2007 en centroamerica se aumenta el salario nominal promedio en 5% y la productividad se eleva también en 5%, ha sido cero el aumento del salario real del trabajador. La situación para las zonas francas de República Dominicana no cambia, porque el salario nominal promedio en el país es el mismo. Las alternativas están claras; si se quiere parar la hemorragia de empresas textileras y de calzados quebradas, es necesario eliminar la sobrevaluación del peso ó el gobierno debe entregar compensaciones y dejar de hablar de financiamientos. Ningún productor racional de zona franca, nacional ó extranjero, se va a endeudar para cubrir un costo ocasionado por la política monetaria, sólo para prolongar la agonía de una muerte segura, estaría hipotecando y perdiendo el patrimonio familiar.

Pero véamos rápidamente cuál de las dos alternativas es la de menos costo social. La pregunta, de eliminarse  la sobrevaluación de la moneda, cuál sería el costo para el bienestar de los dominicanos? La pérdida de 25% del valor de la moneda implicaría un aumento de precio de los productos importados, podría aceptarse que el aumento podría ser en el mismo porcentaje, sin embargo, el aumento de la inflación (aumentos de precios de productos importados y productos nacionales) nunca llegaría a ese nivel, en razón de que los nacionales no tienen porque moverse. Sin embargo, es necesario recordar que el nivel de los precios de los productos importados en el mercado local no han guardado relación con el tipo de cambio, las evidencias apuntan a que los niveles de precios se han relacionado con lo que se considera la paridad del peso. Por consiguiente, la pérdida de valor del peso necesariamente no debería implicar aumento de precio de los bienes importados, tampoco debería impactar negativamente el nivel de la inflación. En cuanto a la producción nacional, como se espera que no se produzcan aumentos de precios pero que en cambio se verifique una variación en el precio promedio de los bienes exportados (por la eliminación de aranceles en los Estados Unidos), lo esperable es una mejoría en los términos de intercambio, con impacto positivo en el bienestar de los dominicanos. La mejoría en el bienestar sería el resultado de tomar en cuenta la participación de las exportaciones en el PIB y la mejoría en la relación de intercambio.

En lo que se refiere al fondo de compensación, el gobierno tendría que posponer inversiones sociales, de alto rendimiento social y económico, como el caso de acueductos, carreteras, puentes, inversiones en salud y educación. No hay que hacer muchos cálculos para saber que esta alternativa es la peor. Es probable que el gobierno se decida por la tercera, el no hacer absolutamente nada, y dejar que sigan los cierres de empresas y las pérdidas de empleos, eso si, con pronunciamientos contradictorios de tiempo en tiempo.