Solidaridad

Ha sido sumamente lamentable lo ocurrido en la vecina República de Haití.   Una nación de por sí pobre, ahora recibió un fuerte sacudión de un terremoto de 7,9 en la escala Ritchter.

Los edificios derrumbados, los servicios obstruidos y, sobre todo, los cadáveres y heridos desparramados por doquier, pintan un panorama desolador.

Allí falta agua, comida, ropa, medicina y, sobre todo, un sentido de esperanza en medio del dolor.

Se trata del país con un 80 por ciento en la pobreza y más de un 50 en la extrema pobreza.

Hasta el mismo Presidente, René Préval, ha quedado a la intemperie y lleno de grandes incertidumbres e impotencia.

Es hora de que Europa, Estados Unidos y las demás naciones del mundo miren con ojos de piedad y amor a esta nación.

La solidaridad debe ser puesta de manifiesto por instituciones, organizaciones, entidades y empresarios.

Cualquier cosa que pueda entregárseles a los haitianos será de gran valor. La realidad es que este país no tiene capacidad para recuperarse así mismo. Hasta lidiar con sus muertos le resulta difícil.

Los niveles de insalubridad aumentarán con tantos cuerpos en estado de descomposición.

“Ya no tenemos nada aquí”, decía un ciudadano al ser entrevistado por uno de los medios de comunicación.

En momentos como este, los dominicanos hemos recibido la mano amiga de gente de todas partes del mundo, que nos ha ayudado a superar la situación e incorporarnos nueva vez.

Pero otra gran razón de peso para actuar es que somos el destino más cercano de los haitianos.

De morir allá por inanición y desesperanza a intentar cruzar a este otro lado, lo último es lo más lógico.

Las alternativas deben incluir planes a corto y largo plazo, mitigando las necesidades y ayudando a reconstruir este pueblo desmoronado.