Sólo Chávez se sabía el libreto

Hugo Chávez es el fenómeno político de más impacto en las últimas décadas en América Latina. Su enfermedad, y sobre todo sus funerales alcanzaron enorme impacto mediático en todo el mundo. Las calles de Caracas se convirtieron en un mar de llantos y el nombre de Hugo Chávez llenó por varios días los titulares de los principales diarios y congestionó las redes de sociales.

Hugo Chávez es una peculiar encarnación del poder político. Hoy se está valorando cuál ha sido su real aporte  a la transformación de Venezuela y el impacto logrado en los demás países que están  en su esfera de influencia.

La valoración general  de  los analistas expone  nuestras grandes y graves contradicciones como pueblos subdesarrollados: decimos que aspiramos vivir en estados democráticos normados por el derecho; pero nos dejamos arrastrar por el personalismo, sobre todo si se llama de izquierda y se le agrega el calificativo de revolucionario.

El ejercicio político de Chávez hay que  valorarlo de conformidad a lo que somos como seres humanos y a lo que realmente aspiramos todos como pueblo, entonces estas aspiraciones deben enmarcarse en una visión más doctrinaria, más sistemática y sobre todo más universal y humana, cosa que no es el chavismo, ni está cerca de serlo.

Se puede alegar que Chávez disminuyó significativamente el porcentaje de pobres en Venezuela, es cierto; pero también la pobreza disminuyó en menos tiempo y en mayor porcentaje en países como Perú, Chile y Brasil; esto sin bulla y de manera más digna y sostenible, porque los pobres de estos pueblos no han sido utilizados para promover excentricismos personales, ni para crear los funestos antagonismos de clase como los  que con su verbo irreverente y desafiante promovió Hugo Chávez.

El chavismo es un momento histórico que irremediablemente se esfumara en el tiempo. No representa el cacareado socialismo del siglo XXI, no es un modelo, es un evento, un momento histórico que tuvo como centro un orador carismático y entretenido, que comienza a palidecer tan pronto el protagonista abandona la escena. El chavismo tiene mucho de mediático, de gestos histriónicos y magnetismo oral. De ahí en adelante cualquier cosa puede ser chavismo.

Sólo Chávez se sabía el libreto de la obra.  La mejor muestra de esto es  Nicolás Maduro, quien  con sus desacertados  manejos nos da a entender día tras día que el chavismo es Chávez, a quien todas sus ocurrencias parecían lucirle, o al menos encontraba quien se las celebrara.