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Soltar el ego es retornar al amor

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“Deja tu ego en la puerta cada mañana y simplemente haz un trabajo brillante”.

Robin S. Sharma

La palabra ego es usada frecuentemente en conversaciones populares. Pero, ¿tenemos claro de que hablamos cuando la usamos? Desde una perspectiva psicológica, el ego se define como orgullo sobre uno mismo. En filosofía, la palabra ego se ha utilizado para designar la conciencia del individuo (su capacidad para percibir la realidad).

En el lenguaje coloquial, llamamos ego el exceso de valoración que alguien tiene de sí mismo, un sinónimo de inmodestia, arrogancia, presunción o soberbia. Para la mirada no-dualista, el ego es el pensamiento de separación del amor. Desde una perspectiva espiritual, el ego surge cuando nos consideramos distintos de los demás y de Dios, y vivimos nuestra existencia según las percepciones recogidas por nuestros sentidos.

El ego se identifica con la materia, pues la reconoce como su “padre-madre”. UCDM dice que los pensamientos de Dios son inaceptables para el ego, porque clarifican el hecho de su inexistencia. Aunque el ego distorsiona las verdades espirituales y se niega a aceptar los pensamientos de Dios en nosotros, no puede hacer que dejen de existir.

Friedrich Nietzsche dijo: “Cada vez que escalo, soy perseguido por un perro llamado ego”. Como Dios habita en nuestro interior, el ego ataca no sólo los pensamientos de Dios, sino tambiém al cuerpo que lo aloja, ya que ambos suponen una amenaza para él. Dado que básica­mente al ego sólo le preocupa su propia supervivencia, ante cualquier amenaza, el ego percibe al pensamiento y al cuerpo como si fueran lo mismo, y busca aniquilarlos.

El cuerpo es el hogar que el ego ha elegido para sí. El cuerpo es la única identificación con la que se siente seguro, ya que la vulnera­bilidad del cuerpo es su mejor argumento de que no procedemos de Dios. Al mismo tiempo, odia al cuerpo porque también acoge al niño interior, y no considera una casa compartida lo suficientemente digna para él.

Este razonamiento enferma a la mente. Por una parte, el ego le dice que ella es parte del cuerpo, y por otro lado, también le dice que el cuerpo no puede protegerla. UCDM dice que cualquier sistema de pensamiento que confunda a Dios con el cuerpo no puede ser menos que demente. Sin embargo, esa confusión es esencial para el ego, que actua defendiéndose de lo que supone una amenaza para él.

En este sen­tido, su temor a Dios tiene un sentido “lógico”, ya que la idea de Dios presupone la desaparición del ego. Sin embargo, que le tenga miedo al cuerpo (que está formado de la materia con la que él se identifica) carece de sentido.

La mente le recuerda al ego que él mismo ha insistido que con lo que ella se tiene que identificar es con el cuerpo, ¿cómo es que el cuerpo no la puede proteger? El ego no dis­pone de una buena respuesta para esto, ya que en realidad no la hay, pero hábilmente le da a la mente una solución: eliminar la comunicación con la conciencia para no ser afectada por la perturbadora pregunta.

¿A dónde va entonces la energía? Fuera de la conciencia, la pregunta se expresa en forma de desasosiego y de miedo, pero no busca ser contestada porque no puede ser planteada. La vulnerabilidad de la mente que no sabe dónde puede encontrar protección fortalece el argumento del ego de que solo él la defiende.

UCDM dice: “Nada irreal existe. Nada real puede ser amenazado”. Según el libro, “sólo el amor es real” y afirma que “en eso reside la paz de Dios”. Al ego le inquieta la cuestión de la eternidad, por lo que para evitar que la consciencia se despierte nos mantiene ocupados con tonterías. La falta de tiempo para hacer lo que amamos y nos brinda felicidad es parte del propósito del ego.

El ego buscará mantenernos distraidos con problemas económicos, situaciones de salud, conflictos de pareja, y cualquier otra cosa que nos haga pensar que si “ese algo” cambiara, entonces podríamos ser felices.

Uno de los ardides favoritos del ego, para obstaculizar el recuerdo de la verdad de nuestro ser, es enredarnos en problemas de “solución difícil”. De este modo, caemos en la trampa de colocar el poder fuera de nosotros. Las preguntas que evitan formular quienes actúan bajo las maniobras del ego es: ¿A dónde debo acudir para sentirme protegido?

El cuerpo (la materia) no nos puede proteger. Muy por el contrario, identificarnos con la dimensión física es la causa de todos nuestros sufrimientos. Para quitarle el freno a la consciencia, debemos estar dispuestos a deshacernos del ego. Entonces, surgirá en nuestro interior la respuesta (que siempre ha estado ahí); nos hace sentir protegidos quien nos ama sin condición: Dios.


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