Soltar palabrotas como Mozart
es un trastorno nervioso frecuente

http://hoy.com.do/image/article/34/460x390/0/11413C0E-1BAD-4A89-A9C6-5F276D570CA9.jpeg

VIENA (EFE).- Quienes se sienten impulsados a soltar improperios y palabrotas o a volver diez veces a la puerta de su casa para ver si está bien cerrada, tienen algo en común con el compositor Wolfgang Amadeus Mozart, que probablemente sufría del síndrome de Tourette.

Ese trastorno nervioso, que se expresa en la repetición compulsiva de determinados gestos, actos o palabras, blasfemias o palabras obscenas y en inquietud, según opina el psiquiatra vienés Martin Aigner del Hospital General de Viena, afecta a un número creciente de personas.

En plenos preparativos para el año 2006, cuando se celebre el 250 aniversario del nacimiento del genio salzburgués, los documentos históricos y relatos de coetáneos dan fe de que Mozart tenía algunos problemas característicos que parecen indicar esa enfermedad.

Se sabe que a Mozart, en sociedad, le resultaba difícil quedarse quieto sentado en su silla, por ejemplo cuando estaba invitado a la Corte, y también que se expresaba algunas veces de una manera inapropiada.

Los textos de algún canon suyo o las cartas, como las dirigidas a su prima María Ana, revelan su predilección por los insultos y las expresiones vulgares, aunque también muestran un notable talento para jugar con las palabras y a veces llevan un ritmo musical pese a estar sembrados de tacos e improperios.

Así la lista de sus obras incluye dos títulos de cánones con la famosa exhortación basada en Goetz von Berlichingen de Goethe en el que figura dos veces la expresión textual “chúpame el culo”.

Pero Mozart no es el único personaje famoso del que la ciencia sospecha algo parecido, también se puede desprender lo mismo de las biografías de personalidades como el emperador Claudio, el zar Pedro el Grande o Napoleón.

Hace unos cuantos años, el síndrome de Tourette se consideraba aún una enfermedad psíquica muy rara, pero datos más recientes demuestran que se presenta entre 50 y 100 veces más de lo que se suponía, informa la revista austríaca Medicina Popular en su último número.

Aunque no se puede probar un crecimiento del fenómeno desde los tiempos de Mozart, lo más probable es que las condiciones de la vida moderna, el aumento del estrés y la presión en el trabajo influyen en la intensidad con la que se presenta.

Los pacientes con trastornos compulsivos procuran a menudo ocultar sus problemas pero llaman la atención cuando controlan repetidas veces si el grifo del agua está cerrado del todo, se lavan las manos reiteradas veces, limpian continuamente el piso o tienen que dejar siempre sus cosas en orden simétrico en el escritorio.

No siempre se puede hablar de un trastorno grave por algún tic, pero en su forma extrema los síntomas pueden afectar de forma perjudicial a la vida diaria, de manera que el paciente llega a sufrir seriamente.

Según el psiquiatra vienés, puede quedar destruido todo el ritmo de vida cuando, por sentirse impulsado a repetir determinados actos hasta extremar la exactitud, llega tarde a todas las citas o no acaba nunca con su trabajo.

Las personas afectadas viven atemorizadas ante una posible contaminación, el contagio de una enfermedad o alguna catástrofe, y los actos compulsivos aportan un alivio momentáneo, pero por otra parte inducen a la repetición.

   Hay personas que no pueden controlar sus pensamientos y se pierden en fantasías sobre algo sucio, sobre un fenómeno extrasensorial, la salud o el sexo, se dejan atormentar por dudas patológicas o sienten una agresividad intrínseca.

También se registran como síntomas la hipocondria, el jugar compulsivo con objetos, la bulimia y anorexia e incluso herirse a sí mismos con arañazos continuos.

Aigner, jefe de un consultorio del Hospital General donde se trata esta enfermedad desde hace casi diez años, señala sin embargo que hay buenas posibilidades de tratamiento con medicamentos así como una terapia del comportamiento en la que el paciente aprende así a superar los sentimientos negativos que le invaden sin supeditarse a la compulsión.