Sombras que secan el pasto

JOSÉ BAEZ GUERRERO
La aceptación mansa de las “verdades” convencionales es quizás la manera más segura de bloquear el avance de la ciencia, el descubrimiento de cosas nuevas y el progreso de la humanidad. Cualquier estudiante de primaria sabe que hubo momentos en que fue herejía dudar que la Tierra fuera plana, o que estuviera en el centro del universo. Fue la irreverente curiosidad de hombres y mujeres excepcionales lo que permitió los sucesivos pasos hacia delante que han traído a la humanidad a su actual estado. ¡Y ahora es que falta ver cosas nuevas!

Generalmente, mientras más bruta es la gente, más se aferra a la comodidad de las verdades conocidas. Quizás sea así porque requiere menos esfuerzo conformarse con aprender, como se hace con la tabla de multiplicación, fórmulas que no requieren ningún tipo de reflexión. Puede que dos por dos siempre sea cuatro, pero partiendo de las matemáticas más sencillas se va avanzando hasta llegar al dilema actual de la aparente contradicción entre dos físicas distintas, una que explica los fenómenos pequeños partiendo de la mecánica cuántica, y otra que sigue fundamentándose en la relatividad de Einstein, y que ayuda a comprender cuestiones de dimensiones cósmicas.

Ha sido la curiosidad, alimentada por la duda, la que ha impulsado a los hombres de ciencia a empujar cada vez más allá, centímetro a centímetro, las fronteras de las verdades conocidas por la mente humana. Los avances de la ciencia no sólo se refieren a las aparentemente áridas elucidaciones de matemáticos y físicos, cuyas frías abstracciones encuentran tan poco terreno fértil en estos cálidos trópicos, sino que también abarcan las humanidades. Las aplicaciones prácticas de muchos descubrimientos abstractos sirven para apoyar las investigaciones de historiadores. Investigaciones sobre las redes neurales aportan datos que utilizan los lingüistas para nuevos estudios. (Para aligerar esto, ¡quizás alguno de ustedes recuerde cómo el protagonista de Men in Black afirma que ciertas culturas extraterrestres consideraban la arquitectura del pensamiento humano como algo parecido a un virus incurable!).

Estas reflexiones tienen mucho que ver con el insípido papel que juegan en el desarrollo dominicano muchas de sus instituciones, que pese a sus pomposos títulos, muchas veces no pasan de ser sociedades de bombo mutuo, o refugio para profesionales brutos que escogen el activismo gremial para trascender socialmente, porque ejerciendo lo suyo nunca pasan de ser simplemente mediocres.

La asociación profesional más antigua, la antigua Asociación Médica Dominicana convertida ahora en Colegio Médico Dominicano, dedica más tiempo y esfuerzo a estériles confrontaciones políticas y de corte sindical, como si los practicantes del juramento hipocrático fueran meros obreros, y no señores profesionales. Si de su perfil fuese borrado el activismo gremial, no quedaría casi nada para justificar recordar al colegio médico. Fuera de huelgas y más huelgas, ¿recuerda alguien alguna investigación médica, o aporte científico, de este grupo?

En estos días hasta las más señeras entidades de la sociedad civil están como de capa caída. En algunas hay fugas masivas de directivos renunciantes, en otras prolongados silencios. La complaciente complicidad del que calla, propiciadora de impunidades, campea por sus fueros. Cualquier día de estos condecoran (pero de verdad, no con chapitas compradas) a los exbanqueros del 2003. En otros casos, hay abdicaciones vergonzosas, como la de las asociaciones empresariales que por cuestión de principios deberían enfrentar de una vez por todas a los mal llamados sindicalistas del transporte, malos empresarios en todos los sentidos; pero dejan esta lucha al gobierno, cuyos responsables más fácilmente se “entienden” con esos malandrines, antes que procurar el bien común, la sensatez, o la mera aplicación de las leyes. 

Uno de los más esperanzadores signos del avance del pueblo dominicano es que mucha gente sensata e inteligente sabe que no es con estas entidades anacrónicas e infuncionales con las que se puede contar para que progresemos. Dice la Biblia que “por sus frutos les conoceréis”. De alguna manera tenemos que propiciar un desyerbe, la aplicación de abono, y una poda bien hecha, en estas instituciones cuya sombra no hace más que secar el pasto, sin dar ningún fruto. Con intelectuales brutos e ímprobos no vamos hacia ningún sitio bueno.
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