Somnolencia

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POR MU-KIEN ADRIANA SANG
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecido.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.  

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.  

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.  

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.  

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.  

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.  

Le veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y preguntar con los ojos
que por qué es carne de yugo.  

Me da su arado en el pecho
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.  

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?  

Que salga del corazón
de los hombres  jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros. Miguel Hernández

Eran como las 10:30 PM cuando llegué a mi casa, después de una larga jornada laboral. Fernando, “el sereno del barrio”, un hombre joven de unos 35 años, estaba sentado en su destartalada silla en el frente de mi casa. Las luces del vehículo no lo despertaron. Abrió los ojos, pretendió atenderme, pero sus gestos y su cara me decían que estaba somnoliento y que sus acciones eran mecánicas. Me preguntó por mi salud, le dije algo brevemente y entré de inmediato. Me detuve a observarlo por la ventana de la sala. Se apresuró a sentarse de nuevo y en menos de un segundo volvió a ladear la cabeza para entregarse otra vez a los brazos de Morfeo. Días después, tenía que madrugar para ir al interior del país. Fernando estaba sentado en su silla, recostado sobre su propio pecho. Dormía tan plácidamente que se asustó cuando me escuchó.

El otro día fui a buscar a mis sobrinos para darles una vuelta por la ciudad, para comprar helados y disfrutar un poco de su compañía. Durante el trayecto observé lo mismo. Hombres jóvenes sentados en una silla, durmiendo plácidamente, haciendo maravillas para no caer al suelo, mientras se ganan el pan de sus hijos, “cuidando” la calle, las casas desde el reino del Dios del Sueño, el divino Morfeo.

Me pregunté muchas cosas. ¿Será esto una enfermedad? ¿Una epidemia propia de los serenos? Busqué respuestas científicas. A la somnolencia durante el día se le llama Hipersomnia. Los científicos la definen como una sensación anormal de sueño, con una fuerte tendencia a dormirse realmente en situaciones o momentos inapropiados. Los libros de medicina dicen que a las personas que sufren de esta enfermedad se les debe investigar sus patrones del sueño y luego se les debe realizar un perfil psicológico. En el proceso deben contestar una serie de preguntas para poder realizar una verdadera historia médica que documente en detalle el problema. Estas preguntas son: ¿Qué tan bien duerme? ¿Cuánto duerme? ¿Ronca? ¿Tiene episodios en los que no respira mientras duerme? Se queda dormido durante el día cuando no tiene intenciones de dormir una siesta? De ser así, ¿se siente descansado al despertar? ¿Con qué frecuencia sucede esto? ¿Está deprimido? ¿Está ansioso o se siente estresado? ¿Está aburrido? Parece que el tema ha sido objeto de estudios porque ha afectado la vida económica y social. En Gran Bretaña la somnolencia fue responsable de alrededor del 20% de los accidentes producidos en autopistas, según un estudio realizado por un equipo de médicos y policías.

Busqué, busqué entender el problema y las explicaciones encontradas no me convencieron. Creo que el problema de la somnolencia de los Fernandos dominicanos, va más allá de las teorías fisiológicas y sicológicas que nos ofrecen los científicos de los países desarrollados. La Hipersomnia de nuestros hombres es más que nada un producto del aburrimiento, de la desesperación, de la incertidumbre ante los problemas cotidianos que tienen que enfrentar sin la posibilidad de solucionarlos, de la desesperanza, de la imposibilidad de concebir un futuro mejor para ellos y los suyos, de la desidia y el conformismo.

Me pregunto si estos hombres que duermen su hambre cada día, despertaran y dejaran a un lado el conformismo que les ha amortiguado su voluntad, asumieran una actitud comprometida, pro activa ante su realidad ¿qué pasaría en nuestro país? ¿Aumentaría la delincuencia? ¿Habrían movimientos sociales exigiendo mejores condiciones de vida? ¿Se producirían episodios tipo Argentina y Brasil, donde bandas de todos los orígenes entraban a galope a los negocios para saquear? No he podido olvidar el llanto de la pareja de emigrantes chinos cuyo negocio fue asaltado por turbas enfurecidas en Buenos Aires, y luego, al verse de repente si nada, decidieron poner fin a sus vidas. ¡Qué episodio tan triste! ¿Acaso no estamos pensando que la ola de violencia en el país es una hija de la crisis económica y social que vive el país? La somnolencia nos ha convenido, porque los pobres se han adormecido. Pero el sueño no es eterno. Hay que luchar y exigir por verdaderas políticas de lucha contra la pobreza.

msang@pucmm.edu.do