Soñando con la adolescencia

Insistentemente definida como sexo débil, o erróneamente tenida en lugar importante en la escala de la ingenuidad, la mujer de todas las épocas – y de cualquier punto geográfico – ha hecho lo imposible por lucir coqueta a los ojos masculinos.

La coquetería femenina fue en tiempos remotos, como en épocas  de modernidad, un mal necesario: Mientras más aparente, más llamativa y cotizable.

Lucir joven y bella no fue nunca exclusivo de las damas adineradas o bien criadas de las sociedades.

Las hubo de bajos niveles económicos que, desde sus carencias, recurrían a “la tenaza” o el peine caliente para estirar sus rebeldes cabelleras. Honestamente, no sé cómo soportaban tan rudimentario y tormentoso método de ‘alisaje’.

La modernidad deparó a las féminas la lipo, el botox, productos inyectables de extrañas procedencias, y ¿quién sabe cuántos químicos más?

No existen barreras imposibles de saltar, ni partes corporales que no se puedan tocar. Ahora, las “entradas en edad” quieren lucir quinceañeras.

Se achican o aumentan el busto; se hacen colocar implantes en los glúteos, se reducen orejas y nariz. Todo un mundo de posibilidades, si de la cartera pueden extraerse billetes verdes.

Soñando con volver a la adolescencia, la mujer ni siquiera repara en las advertencias sobre peligros inminentes.

Talvez han sido insuficientes las muestras de daños irreparables productos de malas prácticas o inexperiencias profesionales.

El mercado es exigente, competitivo y no deja espacios para los rostros añejos.

Santo Domingo se ha convertido en centro de referencia y operativo de las delicadas intervenciones plásticas.

De todos los confines aterrizan en nuestra tierra damas de los más finos modales, como representantes de razas variopintas, interesadas en prácticas reformatorias de sus esculturas.

Lipoesculturarse no tardará en aparecer en los grandes textos orientadores del castellano.

¡Cuántas cosas!