Sosa pierde cariño y respeto de fanáticos de Chicago

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POR LEE JENKINS
CHICAGO, Estados Unidos.-
El área que rodea al Wrigley Field, conocida como Wrigleyville, es tan apacible en invierno como un centro escolar en julio. Este es el tiempo en que los bares encargan barriles nuevos, las tiendas de “souvenirs” diseñan sus catálogos del año siguiente y los locales recuerdan qué es vivir en una comunidad, en lugar de en un carnaval beisbolero.

Pero en una temprana mañana del 2 de noviembre, la paz se hizo pedazos, y pudiera no restablecerse en todo el invierno. Alguien en la oscuridad lanzó una granada sobre el muro de ladrillos desnudos del Wrigley Field a la grama del jardín derecho.

Un empleado descubrió la granada poco después del amanecer, a las 6:30 a.m. Lee Gramatis y sus vecinos de la Avenida Sheffield se despertaron con el aullido de las sirenas.

Los residentes de la calle que bordea el acogedor y pequeño parque, miraron a través de sus ventanas hacia el sitio donde Sammy Sosa, de los Cachorros de Chicago, se sitúa durante la mayor parte del verano y vieron a la Unidad de Bombas e Incendios del Departamento de la Policía de Chicago.

En informes del incidente, los investigadores se apresuraron en señalar que la granada estaba oxidada, vacía y por tanto era inofensiva, y que pensaban que vendría de un cliente de algún bar que regresaba dando tumbos a casa, después de unos tragos de más. Sin embargo, algunos residentes de Sheffield, para quienes Wrigley es casi literalmente su patio frontal, la granada no era ninguna broma. Se trataba de un mensaje bien dirigido, de un fanático de los Cubs que dejó de ser una admirador de Sosa, el épico bateador de jonrones que ha formado parte del paisaje beisbolero durante años. 

“Creo que esa granada tenía una nota adjunta para Sosa”, dijo Gramatis en broma esta semana, sentado en las gradas de sol en el techo de su edificio de Sheffield 3637, desde donde se puede ver jugar a los Cachorros por algunos dólares.

“Ya la gente no lo resiste”, dijo Gramatis. Siente que tenemos que movernos y deshacernos de este individuo”.

En la calle, donde las franelas con la imagen de Sosa han bajado en 30% en Wrigleyville Sports, el sentimiento es el mismo. “No hay una sola persona que entre aquí a quien le siga gustando Sosa”, dijo Steve Sarrafzadeh, el que dirige la tienda. “Ya la gente no parece pensar que Sosa siga siendo un amigo”. 

Y así, después que durante seis años Sosa ayudara a recuperar el rostro sonriente del baseball, y tres años después que quebrara la marca de los 60 jonrones por tercera vez en su carrera, los Cachorros y sus fanáticos lo tratan como si fuera una granada activada.

Es el atleta más reconocido de Chicago, ahora que Michael Jordan se retiró, y si se cambiara a otro equipo mañana por un par de jugadores por nombrar, hay una sensación de que la mayoría de los residentes de la Avenida Sheffiled se darían un golpe en el pecho y echarían un beso al aire.

En esta era de contratos inflados y urgentes expectativas en la Serie Mundial, los héroes del béisbol que una vez tuvieron un vínculo emocional con los fanáticos, pueden ser desestimados en forma bastante rápida.

Durante años, el campo corto Nomar Garciaparra se consideraba la razón principal para contemplar a los Medias Rojos de Boston. Pero la temporada pasada Garciaparra, que llegó a verse como una presencia de casta en lo que hubiera sido sin él un equipo afónico, fue enviado al exilio de los “Cubs” en julio. En el Shea Stadium, fanáticos decepcionados abucheaban cada vez más a Mike Piazza, el envejeciente receptor de los Mets, que había sido el único nombre importante de una franquicia en retirada.

Lo que hubieran logrado Piazza, Garciaparra y Sosa durante cinco años, ya no parece importarle a muchos fanáticos que exigen una producción en el presente y es más probable que inviertan su lealtad en el equipo, en lugar de en un jugador. Cualquier cantidad de fanáticos sabe lo suficiente para evaluar si una estrella establecida sigue valiendo para mantenerlo y puede llegar a resentir a un jugador de alto calibre cuyo enorme salario afecta los esfuerzos de su equipo por adquirir agentes libres caros, pero talentosos.

LOS METS PUEDEN TIRAR LOS DADOS

El equipo que decida llevarse a Sosa deberá tender bolsillos muy profundos y una buena memoria. Los Mets pudieran caber en esa descripción. Omar Minaya, quien ha sido el gerente general de los Mets por menos de dos meses, firmó a Sosa para los Rangers de Texas hace más de 20 años. El jefe de Minaya entonces era Sandy Johnson, quien es ahora su ayudante especial. Ellos han estado considerando negociar a Sosa, y le pidieron a Chicago que cojan parte del salario de los US$17.0 millones de Sosa para el 2005, y esperan que un costoso artículo en el contrato -que automáticamente, la opción de Sosa de US$18.0 entraría en vigor si es negociado- se pueda evitar.

Minaya y Johnson ya han visto a Sosa contra la pared anteriormente. La última vez que estaba siendo negociado, y su camiseta tenía descuento, fue en 2000, y los Cachorros hablaban de un negocio que lo hubiera enviado a los Yanquis por un grupo de prospectos que incluían a Alfonso Soriano. Sin embargo, los Cachorros firmaron a Sosa con una extensión de contrato y Sosa bateó 203 jonrones en las cuatro temporadas siguientes.

Esta vez no habrá extensión. Si los Cachorros se quedan con Sosa otro año, seguro que liquiden su contrato por US$4.5 millones el próximo invierno.

Incluso ahora, cualquier pregunta dirigida a los Cachorros sobre Sosa es remitida de inmediato a su agente, como si ya el estuviera jugando con otro equipo.

“Sammy es un individuo de alta intensidad, sumamente capaz y muy orgulloso”, dice Adam Katz, el representante de Sosa. “Él ha tenido en su vida muchas adversidades y las ha resuelto con mucho estilo. Cuando Sammy se enfrenta a desafíos, los maneja muy bien”.

Sosa ha sentido cómo el péndulo de la fama toca sus altas y sus bajas. Creció como un limpiador de zapatos en República Dominicana, se convirtió en un prospecto de primera categoría, después en un éxito de grandes ligas, y finalmente en un rey del jonrón. ¿Y ahora qué? Tiene 36 años, es propenso a los ponches y las lesiones, con un físico que mucha gente del béisbol cree que ha disminu{ido en los últimos dos años, y que lo ha obligado a responder preguntas sobre los esteroides, que ha negado usar. Sin embargo, Minaya recuerda a la alegre super-estrella que Sosa solía ser y parece estar dispuesto a apostar que él puede volver a encontrarse a sí mismo.

Si los Mets adquieren a Sosa, probablemente estén ganando a un jugador que, si no lograra hacer nada más, le va a reforzar su fanaticada dominicana en Nueva York -la ciudad que le ofreció un desfile de confetti, después que bateó 66 jonrones en 1998- y alcanzaría varias marcas de bateo en el Shea Stadium. Cuando se ve a Sosa saltar en la caja de bateo, todavía evoca recuerdos de la carrera por los jonrones de 1998. Verlo salir del “dogout” a la carrera le recuerda hasta a los fanáticos más curtidos su rápido desplazamiento ondeando la bandera por todo el terreno, después de los ataques terroristas de septiembre de 2001. 

Pero en Chicago, donde las expectativas de los Cachorros despertaron en los últimos años, ni la sonrisa contagiosa de Sosa ni sus logros pasados le están haciendo ganar mucho espacio. Los forasteros y asiduos a las graderías de sol todavía se ponen de pie cuando Sosa corre hacia el jardín derecho, pero se les ve cada vez más como el símbolo de los Cachorros, en su condición de fracasados adorables: Harry Carey cantaría “Take Me Out to the Ball Game”, Sosa batearía un jonróny el equipo sacaría ventaja en la novena entrada.

“Por largo tiempo, era como un jardín para tomar cervezas, donde él era la única atracción”, dijo John Jurkovic, conductor del programa del mediodía en ESPN Radio 1000, en Chicago. “La fiesta en los alrededores del Wrigley Field era mejor que el béisbol que se jugaba adentro. La gente se ponía a celebrar, y se volvían al terreno de juego para ver batear a Sammy, y después seguían celebrando. Tenía más que ver con Sammy Sosa que con que los Cachorros ganaran los juegos”

Mientras Jukovic preparaba su programa el miércoles pasado, estimaba que el 75% de los fanáticos de los Cubs que llamaron al programa querían que cambiaran a Sosa, y 25% querían recordar el jugador que fue. Sin embargo, la mayoría de las llamadas de ese día no tenían interés en Sosa. Preferían hablar de los Chicago Bears.

“Ya a nadie le importa Sosa”, dijo Jukovic. “Todo el mundo entiende que se fue y que el nuevo jardinero central no se va a dar una palmada en el pecho y lanzar besos. Se resignaron a eso”.

SE ROMPIÓ EL VÍNCULO

Para los que no viven en Chicago, es difícil medir cómo un héroe civil sonriente puede verse reducido a un enemigo público en ciernes en tan poco tiempo. Sosa empezó a despilfarrar su granero de buena voluntad en 2003, cuando fue suspendido por una semana por tener corcho en su bate, un incidente que lo expuso a las burlas.

Fue abucheado ligeramente a su regreso, pero las burlas se fueron haciendo cada vez más intensas la temporada pasada, cuando chocó con Dusty Baker por su puesto en el orden al bate. Baker, el último “manager” del jugador, se las arregló durante varios años en San Francisco con el en ocasiones chocante Barry Bonds. Sin embargo, no pudo llevarse bien con Sosa, después que lo bajó a quinto, y posteriormente a sexto en la alineación.

Sosa tuvo choques similares con directores anteriores de los Cachorros, en particular con Jim Riggleman y Don Baylor; pero eso fue cuando él estaba bateando cerca de 60 jonrones por año. Nadie tuvo tanta paciencia con él la temporada pasada, cuando bateó 253 de promedio con 35 jonrones, se lastimó la espalda con un estornudo, y se veía en ocasiones como si se estuviera a la defensiva.

La gota que colmó la copa pudo haber venido durante el último juego, Fan Appreciation Game, cuando Sosa, que no estaba en la alineación, abandonó el estadio en la primera entrada. Sus compañeros se molestaron tanto que uno de ellos rompió su equipo de sonido, famoso por reproducir música salsa a decibeles de “heavy metal” en la casa club. Mark Prior, el lanzador abridor de ese día, exigió públicamente una disculpa de Sosa ante todo el equipo. Hasta la organización se negó a protegerlo. Funcionarios del club, que pudieron haberlo secundado con su argumento de que dejó el juego en la séptima entrada, comprobaron los vídeos de la cámara de seguridad del estacionamiento de los jugadores y revelaron que se había ido en la primera entrada.

“Yo era uno de sus más grandes admiradores”, dijo Jim Morris, un parroquiano del Sport Corner, un bar en la esquina opuesta al jardín derecho, donde los clientes, durante varios años, brindaron con miles de pintas de cerveza en honor a Sosa. “Ese último día fue lo último para mí. Un capitán no debe actuar así. Todo tuvo que ver con él, no con el equipo. Y le digo que yo soy uno de los más fervientes ´pro-Sammy´ que se podrá encontrar”.

UN LUGAR EN LA HISTORIA DE LOS CACHORROS

El terreno para un debate público está listo: Sosa fue, o el dominicano de buen corazón que encendió la chispa de Mark MaGwire en 1998, recibió los votos de Sports Illustrated de “Deportista del Año” y le dio a los fanáticos del béisbol algo auténtico por lo que gritar; o fue la super-estrella que viajaba en largas limosinas hasta el estadio de pelota, y saltaba ante las críticas de si estaba cumpliendo o no todas sus promesas de servicio público.

“Yo creo que es importante recordar que cuando perdimos a Michael Jordan, Chicago pasó por una baja deportiva y Sammy nos ayudó a salir de eso”, dijo Jerry Roper, presidente y jefe ejecutivo de la Cámara de Comercio de Chicago. “Cuando la luz de Michael se apagó, brilló sobre Sammy. Me entristece que la gente lo vea como lo está haciendo. Espero que miren al buen Sammy Sosa y no los tres ponches del último juego”.

Hasta los críticos más acérrimos de Sosa creen que él se convertirá en una leyenda de los Cachorros, aunque probablemente tenga que dejar Chicago antes de esa recuperación. Este mes, un fanático inició una petición en Internet con el titular “Keep Sosa” (Retengan a Sosa), pero no logró ni una sola firma.

“No lo respetan”, dijo Charlie Cahill, quien concibió el pedido. “Este hombre ha bateado muchos jonrones para nosotros. No se merece que lo cambien. Necesita retirarse aquí”.

Muchos de los colegas de Cahill sacrificarían un icono para que el equipo pudiera firmar a un destacado agente libre, como prueba del voraz apetito de la ciudad por un campeonato de la Serie Mundial, que los Cachorros ganaron por última vez hace casi 100 años, en 1908. De repente, los Cachooros le pertenecen menos a Sosa y más a jugadores más jóvenes como Kerry Wood y Prior, Aramís Ramírez y Derek Lee. Esos son los jugadores cuyas camisetas se están comprando por US$150.00 en Wrigleyville Sports. Un “jersey” de Sosa se puede obtener por US$110.00, y Sarrafzadeh dijo que no puede recordar la última vez que vendió uno.

Si Sosa ha perdido Sheffield Avenue, donde los residentes literalmente le cuidaban las espaldas, no tiene hogar. Es difícil imaginárselo corriendo hacia el jardín derecho en 2005, hasta el mismo sitio donde alguien arrojó la granada, y señalando su corazón.

Parece haber una posibilidad mejor, que la metralla lo persiga hasta Nueva York, hasta donde está Minaya, un gerente general que lo firmó hace 20 años, y hasta el estadio donde no hay asientos en las azoteas, ni bar en las esquinas, ni gradas de sol en el jardín derecho.