Subibaja intelectual

Federico  Henríquez Gratereaux

Siempre se ha dicho que “las cosas van y vienen”; que el mundo se compone de “un ir y venir”. Los pueblos antiguos vivieron convencidos de que estábamos regidos por “el eterno retorno”. El antropólogo rumano Mircea Eliade estudió detalladamente ese famoso mito, que los especialistas llaman “apocatástasis”. El pensador napolitano Giambattista Vico, precursor de la sociología, introdujo el concepto historiológico de “corsi e ricorsi”, o sea que las sociedades experimentan cambios “pendulares”. Vico, autor de una teoría general de la historia, afirmaba que los pueblos primitivos mantenían creencias que no podrían justificarse racionalmente. Escribió “Principios de ciencia nueva. En torno a la naturaleza común de las naciones”.

Como muchos otros filósofos, Vico quería sustituir opiniones sin fundamento, por ideas más sólidas desde el punto de vista de la lógica. Todos tenemos la tendencia a emparejar veracidad con logicidad; y los hombres instruidos e inteligentes fácilmente se vuelven “adoradores” de la lógica. Cuanto más inteligente sea un pensador, más empeño tendrá en pasar por un cedazo lógico las proposiciones con mayor apariencia de ser verdaderas. Pondrá todo en duda, en entredicho, en suspenso o “entre paréntesis”, hasta someter cada hipótesis a numerosas “pruebas”, “experimentos”, “comprobaciones”. De estos rigores surgen nuevas afirmaciones, igualmente endebles, pero mucho más pretenciosas.

Los lingüistas no escapan a este destino. Durante las últimas décadas los estudiosos del lenguaje han entrado a formar parte de la “Escuela de la sospecha”. Partieron de que probablemente el idioma -cada idioma- es una prisión sintáctica que no nos deja alcanzar la certeza. Cualquier verdad: filosófica, científica o “revelada”, para ser expresada, necesita del instrumento del lenguaje ordinario, que nos condiciona intelectualmente. Según esta visión, los antiguos eran ingenuos; y Bacon y Kant sabihondos. “Ellos” trabajaron encima de ambos.

Por cortesía de un compañero de trabajo he conocido un libro titulado “El prisma del lenguaje”, escrito por un lingüista israelí llamado Guy Deustcher. Lo he comenzado a leer en la carretera, durante un viaje de regreso de Montecristi. Al entregarme el libro me recomendó que “se lo diese a leer” al doctor Enerio Rodríguez, encargo que pienso cumplir. Deustcher, profesor en la Universidad Cambrige, estima que el cerebro humano hace un continuo “photoshop” de nuestras percepciones.