Sueños de salitre

COSETTE ALVAREZ
Da mucha brega leer una buena novela durante una semana como aquélla, en medio del trágico final de Milton Peláez y tantas informaciones y comentarios, más lo de Intec, no sólo por lo que representa el descomunal aumento de la tarifa, sino por la expresión de sus máximas autoridades de que el mismo servirá para depurar la universidad, de manera que el estudiantado se reduzca a una élite, sabiendo de sobra que no hablan de una élite académica, sino económica, ¡y no se mueren de vergüenza!

Pero, “la humanidad parece indefectiblemente destinada a oscilar de continuo entre la devoción al mundo de la realidad y a un mundo imaginado, y en verdad que, si alguna vez se detiene este ritmo respiratorio de la historia, no parece quedar otra cosa que la muerte del espíritu.” (Roh, 1925). Como se ha dicho tantas veces, “no hay vida del espíritu sin la letra”, de modo que no quise prolongar más mi curiosidad por reunirme con las letras de Carmen Imbert, por tanto con la vida de su espíritu, a ver si me contagiaba y lograba revivir el mío.

Gracias a Dios, la novela no se encasilla en el realismo mágico, considerado un arte de sorpresas donde se fusiona lo mágico con lo real, y el tiempo existe en una especie de fluidez intemporal (Flores, 1954), que se rige por el inconsciente colectivo (Menton, 1982), y no necesita explicaciones psicológicas o poéticas. (Young & Hollaman, 1982).

Tiendo más a colocarla dentro de la descripción que hizo Jung en 1950 de la creación artística psicológica en la literatura, que se nutre de material consciente y de experiencias de la vida diaria. Es la literatura que se explica por sí misma pues el autor, en este caso autora, ha hecho un esfuerzo consciente por delinear los perfiles de personalidad de los personajes; y se mantiene dentro de los límites de lo psicológicamente inteligible.

Sin embargo, “Sueños de salitre” no deja de tener características de creación literaria visionaria, pues si bien se nutre de una fuente que nos resulta familiar, tiene contenidos ancestrales y trasciende a un mundo de contrastes entre los opuestos. No es una experiencia primigenia que va mas allá de lo que el ser humano puede entender, sino que la grandeza de la experiencia le da su valor y significado. No vacilo en afirmar que esta novela es una materia que Carmen Imbert tenía pendiente, y la pasó con honores, por razones no tanto históricas como geográficas.

“La teoría sólo sirve cuando ayuda a la práctica”, escribió Alfonso Reyes. Y el inglés Selden planteó que “las teorías románticas hacen hincapié en la mente y la vida del escritor; las teorías orientadas a la recepción (crítica fenomenológica) se centran en la experiencia del lector; las formalistas concentran su atención en la obra en sí misma; la crítica marxista considera fundamental el contexto social e histórico; y la estructuralista llama la atención sobre los códigos utilizados en la elaboración del significado”.

Con el permiso de Diógenes Céspedes, me atrevo a decir que Carmencita no se limita a la literatura, sino que establece una relación entre el lenguaje y la historia, hace un abono a nuestra enorme deuda semiótica, y el ritmo que requiere la poética se abrió paso en el camino de los arquetipos, encabezados por el puer aeternus, esa persona que no quiere madurar emocionalmente, manteniendo una conducta que refleja patrones de su niñez, un individuo con un gran potencial pero sin la capacidad de desarrollarlo plenamente.

Nada que ver con “Distinguida señora”, su primogénita. Mucho menos con “Volver al frío”, la que declaro varón, hijo del medio. A ella misma le dije que “Sueños de salitre” es como esos hijos que se tienen cuando ya los otros están grandes. Como bien escribió Mabel Morvillo, “a partir de una estructura fascinante, poderosa, con un lenguaje conciso y hondamente expresivo, la autora narra las vicisitudes de unos seres reconocibles, tangibles, aun cuando son parte del universo de la literatura. Porque son seres profundamente humanos, aferrados a un mundo que se derrumba sin estruendo.”

Leyendo la novela, no sabía si estaba frente a un magnetista del siglo 19, curándome una depresión al hacerme confesar un “burdensome secret”, o ante lo que Schelling definió y Freud aceptó como “unheimlich”: todo lo que debía haber quedado oculto, pero se ha manifestado. Recordemos que Freud también señalaba que la repetición de lo familiar podría resultar siniestra.

Daniel, Luisa, Tina y Alfonso, juntos y separados, nos muestran que “el tiempo de la realización de los sueños había pasado, pero no el de los sueños. Parece lo mismo, pero no es igual”. Cómprenla, que hasta en los supermercados la he visto y no es cara. Pero también léanla, para que terminen cantando “Vida, si tuviera cuatro vidas”, Si su presentación en la capital fue un acontecimiento, y en Costa Rica no fue menos, cuando la ponga a circular en Puerto Plata, ¡ojalá Santa Rosa de Lima esté cerca! Un productor de cine con cerebro haría la película de su vida con esta novela.