Sumar exculpa

21_03_2016 HOY_LUNES_210316_ Opinión10 A

La opulencia impúdica construida gracias al erario, después del 1961, se gestó sin asombro. Como si fuera algo natural, regalo de la libertad, caprichos del azar, el enriquecimiento ilícito sentó sus reales y sirvió para empoderamiento y para crear nuevas nomenclaturas sociales. Generaciones convivieron con los desfalcadores, sin problemas. Convivencia graciosa y rentable. Los depredadores de entonces, lejos del escrutinio público, de la sanción social y penal, forjaban una nueva clase y la lealtad garantizaba gratificación y aseguraba el contubernio.
Municipios, parajes, provincias, veían como se engrosaban las fortunas sin razón ni sudor. Las papeletas del tesoro nacional en sobres y en las cuentas bancarias de la complacencia, construían la complicidad de la nueva era. Fue un período intenso, que dejó atónitos a muchos y despertó apetencias. Quedan caricaturas, ediciones amarillentas de periódicos denunciantes, los chismes, el runruneo de vilezas, pero no existía agenda ética. Había otros pendientes y todavía ardían rescoldos del miedo. Mitrados, prospectos de demócratas, atrevidos conjurados, conspicuos liberales, colaboradores sempiternos del poder, secuaces silentes de la tiranía, constitucionalistas, fueron cautivos de la codicia. Astutos, llenaban sus bolsillos mientras se averiguaban autorías de crímenes. Primero el patrimonio, después la patria. Fue el momento de la repartidera, del reclamo de propiedades, de arrebatar lo que “el jefe” usurpó. La rebatiña aseguró nombradía y fortaleció poderes. Ocurrió sin sorpresa para los avezados, para el exiguo grupo de la dignidad que soportó la vesania sangrienta de tres décadas, sin claudicar.
El estilo pervive. La oportunidad de transformación política, social, económica, siempre tropieza con el proyecto de grupos de facto que convierten en colectivos sus deseos y propuestas. Saben cómo incidir, medrar. Expertos en desviar atención. Blindan sus circunscripciones para eludir la ley y evitar que alguien se atreva a juzgarlos. Remedo de aquellos que se espantaron cuando Viriato sonaba el látigo y el basta ya! y, sibilinos, mudaban simpatías y apuestas para ganar indulgencias.
La impunidad es el desafío. La erradicación de la infracción es fantasía, imán para incautos. El andamiaje legal está más que apto para enfrentar la corrupción si la intención trascendiera campañas, consignas, malquerencias. Antes de la Constitución del 2010, mencionar la corrupción era tarea para el urticante oportunismo cívico. La tipificación no existía, sí estaban tipificados los crímenes y delitos contra la cosa pública. El enganche con la emocionalidad se hacía con la palabra.
La gestión de Justo Pedro Castellanos Khouri en el Departamento de Prevención de la Corrupción, motivó decretos, leyes, reglamentos que permiten la persecución de la infracción sin mayores tropiezos. El Plan Estratégico Nacional de Prevención Contra la Corrupción, se hizo durante su mandato. Fue bien recibido y apoyado. Ha pasado el tiempo. El resultado es nulo, adverso. Los abanderados de las cruzadas virtuosas prefirieron el denuesto a la redacción de querellas contundentes, a la exigencia constante para iniciar y mantener procesos penales que concluyan con sentencias. Lanzan piedras solo para lapidar a sus escogidos.
Como si la contumelia fuera de recién estreno. Las jornadas cívicas, más que pretender el fin de la impunidad lucen ajuste de cuentas. Venganza. La demanda moral exculpa a cualquiera que sin responder por sus tropelías con categoría de infracción, se coloca en la esquina de la protesta. Vociferan, acusan y retornan tranquilos a sus refugios erigidos con dinero público.
Quizás por eso y después de la correría, con respaldo internacional, contra algunos enriquecidos de manera ilícita, la reacción de la población es similar a periodos anteriores. La condena, viva voce, contra funcionarios del periodo 2008-2012 ha propiciado el descrédito de los escogidos, empero, no logra involucrar a la mayoría con el tema. Pedir revisión de estrategias es exponerse a la diatriba graciosa y de ocasión, la que dispara desde el fortín de los 140 caracteres. La soberbia obnubila, impide reconocer la existencia de memoriosos. Ciudadanía con derechos que sabe quién es quien y reprueba la suma de infractores legendarios a la cruzada ética. Incluirlos beatifica. Ratifica la impunidad que pretenden conjurar.