Superniño

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POR MU-KIEN ADRIANA SANG
Naturalmente, la belleza y lo imprevisible de la vida están siempre ante nuestros ojos, pero no somos ya capaces de verlos. ¿Cómo no ver en nuestra unicidad un proyecto que nos llama por nuestro nombre? Y Llamándonos nos hace portadores -y responsables- de un misterio.

Este misterio ¿puedo llamarlo el misterio de la vida? Es todavía más grande que el de la muerte. El hecho de que seamos, de que estemos llamados a existir tiene una fuerza que supera y derrota a la precariedad. Susana Tamaro, El Misterio y lo desconocido

¿Cómo hemos llegado a esta anestesia del sentimiento de la maravilla? Creo que esta condición nace de la certeza de tener ya todas las respuestas, de querer que todo sea comprensible y explicable siguiendo leyes precisas de causa y efecto. Cada acción provoca una reacción y la reacción a su vez, provoca una nueva acción. En estas concatenaciones, no hay lugar para el misterio, no hay sitio para la sorpresa. Sin embargo, bastaría con observar un solo día de una vida cualquiera con una mirada y una mente libres, para darnos cuenta de que todo es sorpresa, lo imprevisto trastoca todos los planes. Susana Tamaro, El Misterio y lo desconocido

A pesar de la prisa que tenía porque contaba con apenas una hora para ir al supermercado, llegar a la casa, vestirme para salir a cumplir con un compromiso familiar, me detuve a observarlo. Llegué veloz al parqueo del lugar. Allí estaba. Jugaba descalzo en los charcos que había dejado la feroz lluvia que se ensañó contra la ciudad. El agua, ya turbia, no impedía que danzara con su propia música interior. Vestido con un pantalón raído, carente de color, y una camiseta rota, colocó la lanilla roja en su espalda, la anudó a su cuello, formando así su capa poderosa Se había convertido en “superman”. Alzaba sus brazos haciendo creer, pensando tal vez, que volaba sobre Metrópolis para ayudar a los necesitados. El viento lluvioso levantaba su capa, mientras corría con sus brazos en alto, chapoteando el agua sin parar. Círculos a la izquierda, círculos por la derecha, vuelta y retroceso, adelante y hacia atrás, chapoteos pequeños, chapoteos grandes, brazos en altos, brazos bajos, era su rutina improvisada para imitar a Superman. No se detuvo mientras lo admiraba en su juego solitario, quizás a sabiendas que era observado, añadió pasos a su danza para evocar sus sueños y olvidar sus pesares de hambre, abandono y desolación.

Durante el fin de semana tuve la oportunidad de compartir con algunos amigos. Nos dirigimos al interior. ¡Qué alegría! Olvidar la ciudad, el infierno capitalino sería borrado por el espacio de 48 horas, un oasis necesario para reiniciar la tarea el lunes siguiente. Fuimos a la montaña, sentir un poco de brisa, sería otro placer necesario para desintoxicarnos del insoportable calor citadino. Mientras esperábamos poder pasarle a un pesado camión que a duras penas subía por la ladera de la montaña, un niño jugaba. Como el anterior, con su juego olvidaba su realidad cruel e injusta. Con el ingenio de la carencia, había improvisado un juguete. Dos pequeños troncos de madera en cruz, de cuyos extremos pendían dos cordones blancos que en el otro extremo sostenían dos botellas plásticas de aceite de vehículo colocadas horizontalmente y sostenidas por otro pequeño tronco. Se veía orgulloso de su juguete. Las botellas amarillas rodaban con dificultad por el terreno pedregoso. Corría llevando adelante su inusual y original juguete. Hacia arriba, hacia abajo, solo veía el color amarillo que rodaba. Ni siquiera puso atención a la fila de vehículos que le pasaba por el lado. Rojos, azules, blancos, carros viejos, yipetas del último modelo, deportivos y “normales”. El niño subía y bajaba la cuesta, juguete en mano rodaba sin parar, al subir entonaba un grito de victoria, al bajar, empujado por la gravedad, el suspiro se hacía agudo. Sin camisa, a pesar de la lluvia, con pantalones cortos rotos y descalzo, se entregó a su juego. Me di cuenta que era feliz.

¿Cuántos juguetes costosos habrán comprado muchos padres, cuyos hijos, después de jugar un rato, abandonaron en un rincón? ¿Cuántos niños habrán llorado por la nueva versión de los juguetes electrónicos, tan costosos como el hogar de ese niño campesino? He visto niños y niñas llorar amargamente porque no fueron complacidos con un capricho. He escuchado incluso a algunos pequeños demonios manipuladores de decir a sus padres “no te quiero porque no me compraste lo que quería”. ¿Cuántas muñecas tuve durante mi infancia? Recuerdo una grande, dura como una escoba, que soñé para que los reyes magos me complacieran. Mi alegría inmensa por haberla recibido. Después la coloqué como adorno en mi cama y no jugué jamás con ella. ¿Por qué esta humanidad no ha podido lograr que todos los niños sean felices? ¿Por qué tienen que existir en el mundo niños sin hogar, sin alimentos, sin vestido y sin futuro?

Al rememorar a los dos niños de mi historia, también aprendí una lección. La felicidad no se consigue con las cosas materiales. La felicidad está en amar lo que posees y no añorar lo que te falta. El pequeño superman reía corriendo entre los charcos con su improvisada capa roja, el otro con su juguete de fabricación casera, pasaba el tiempo y, en medio de su precariedad, vivía y disfrutaba su niñez. ¡Cuántas veces hemos envidiado las cosas que otros poseen y que nunca podremos tener! ¡Cuántas veces ignoramos las grandes riquezas que poseemos! ¡Cuántas veces dejamos de vivir el presente, pensando en guardar para vivir el futuro!

Dos cosas para finalizar este Encuentro de hoy. Necesitamos luchar por la niñez dominicana. No quiero esos programas estridentes que anuncian a los cuatro vientos lo mucho que hacen por la niñez. Me golpean las cenas de galas, donde las damas acuden con sus costosos vestidos de alta costura, para recaudar las limosnas que luego llevarán a los niños desposeídos. Después aparecen las crónicas sociales que destacan más las incidencias de los asistentes a la gala, que la causa por la que fueron convocados. ¡Qué hipócrita ironía! Finalmente recuerda que debemos enorgullecernos con lo que poseemos. Amando lo que tenemos, seremos más felices que añorando lo que carecemos. Hasta la próxima.