Recepción de lectores
La aletargada conciencia del mundo
Herbert Marcuse, durante los años de apogeo del destacado escritor y filósofo francés Jean-Paul Sartre, comentó que, aunque no quisiera serlo, “Sartre es la conciencia del mundo”
HERBERT MARCUSE
Herbert Marcuse, durante los años de apogeo del destacado escritor y filósofo francés Jean-Paul Sartre, comentó que, aunque no quisiera serlo, “Sartre es la conciencia del mundo”; sin embargo ningún intelectual de renombre se ha referido a la embrionaria y catastrófica situación mundial que está al doblar de la esquina escudándose en la Carta de las Naciones que rige la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como si este organismo internacional tuviera la fuerza requerida para contener los futuros atropellos de un Estado poderoso geográfica, económica y militarmente.
Entre las dos guerras mundiales (1918 y 1939), no hubo manera de impedir que Hitler llevara a cabo la invasión de Polonia y la anexión de Austria. En Alemania Heinrich Mann y Bertolt Brecht, entre otros escritores trataron de prevenir al mundo occidental del peligro que representaban Hitler y comparsa con sus absurdas teorías de una raza y un hombre superiores. Cuando las grandes potencias europeas despertaron de su letargo ya Francia había sido ocupada, Inglaterra agredida y miles de judíos recluidos en campos de concentración que más tarde fueron exterminados en cámaras de gas; en 1941 fue invadida la Unión Soviética (URSS), y, de repente, como si tomaran conciencia del peligro hitleriano, los Estados Unidos declararon la guerra a Alemania y el conflicto se hizo mundial.
La Historia no se repite salvo en la farsa y la tragedia, escribía Marx en el 18 brumario de Louis Bonaparte a propósito del golpe de Estado del sobrino de Napoleón Iº que recordaba el de su tío contra el Directorio al apoderarse del gobierno y de la Revolución francesa.
La Historia no se repite, pero lo que sucede hoy día después de la destitución y secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa, el pasado 3 de enero de 2026 por principio —no importa cómo fue su elección—, seguida de las amenazas del presidente de Estados Unidos a Colombia y Cuba y sus pretensiones de apropiarse, “por las buenas y/o por las malas”, de Groenlandia, lo que nos parece estar reviviendo en tiempo real el período histórico que va del 11 de noviembre de 1918 al 3 de septiembre de 1939; final e inicio de la primera y segunda Guerra mundial, respectivamente. Con el agravante de que en ese lapso ninguno de los países que se enfrentarían en el conflicto mundial poseía armas nucleares de destrucción masiva. Este nuevo elemento parece tranquilizar la conciencia del mundo que considera que ninguno de los protagonistas de un eventual un conflicto nuclear se atrevería a oprimir el botón del Apocalipsis bíblico.
Todo parece indicar que los intelectuales han olvidado que, como decía Thomas Hobbes en su Leviatán, “el hombre es el lobo del hombre” o que el hombre, como decían los griegos de la Antigüedad, eran sujetos de la hubris, del orgullo y la arrogancia.
Desde finales del siglo XIX, cuando Emile Zola publicó el 13 de enero de 1898 en la Aurore su hoy famosa carta al presidente de la república, “J’accuse”, se levantaba contra la injusticia cometida contra un oficial del ejército acusado de traición cuyo verdadero delito a los ojos de Zola era ser judío.
Desde entonces muchos escritores e intelectuales han ensillado a Rocinante y comenzado a luchar contra molinos de vientos para tratar de enderezar entuertos, como lo había hecho Zola en enero de 1898. Jean-Paul Sartre, como Zola, también tomó posiciones acertadas, pero también se equivocó como reconocía públicamente. Sin embargo, fue siempre intransigente con el poder. “El escritor, escribe Sartre en la hoy célebre presentación de la revista Les Temps modernes, está en situación con su época: cada palabra tiene repercusiones. Cada silencio también. Considero a Flaubert y Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna de París [en 1871], porque no escribieron una línea para impedirlo. Eso no les concernía, podría decirse. Pero el proceso contra Calas, ¿le concernía a Voltaire? La condena de Dreyfus, ¿le concernía a Zola? La administración del Congo, ¿le concernía Gide?”
Durante la guerra de independencia de Argelia, la extrema derecha francesa vociferaba en las calles de París: “Fusillez Sartre!”, nadie, ni siquiera durante los años de apogeo del existencialismo, había osado hacerlo explícito. Hasta ese momento, las ideas, las piezas de teatro y ensayos de Jean-Paul Sartre no habían superado los límites de la provocación ideológica. Ni siquiera su campaña contra el colonialismo francés en Indochina ni su apoyo militante en favor de Henri Martin (un marino francés que se oponía a la guerra de Indochina), habían provocado semejante reivindicación.
Durante los años de la guerra de Argelia. La sociedad francesa estaba dividida. Varios años de combates habían dejado un saldo doloroso en la más importante colonia francesa de África del norte. En agosto de 1960, ante la situación, 121 intelectuales franceses habían decidido hacer un llamado en favor del derecho a la insumisión en la guerra de Argelia. Entre los firmantes, como era de esperarse, figuraba Sartre.
De todos esos hombres de letras que tomaron posiciones importantes en favor de la independencia de Argelia, Sartre fue el único señalado durante la manifestación de ex-combatientes en apoyo al general de Gaulle y a la Argelia francesa en octubre de 1960. Se pedía expresamente su fusilamiento: Fusillez Sartre! Pero de Gaulle no permitió que esa consigna fuera más allá de un simple slogan y, con una frase: “¡No se puede apresar a Voltaire!”, colocó a Sartre entre las personalidades intocables de Francia.
La consigna repercutió: la clandestina Organisation de l'Armée Secrète (OAS), pro-Argelia-francesa, dinamitó, en dos ocasiones, su apartamento de Saint-Germain-des-Près. Al margen de los daños materiales y la mudanza de Sartre, ese atentado no tuvo otras consecuencias. En 1962, Argelia fue declarada independiente.
En 1964, poco tiempo después de la publicación de Las palabras, una especie de autobiografía sobre su infancia y que muchos críticos consideran como su última obra literaria y su madre como un acto de incomprensión de su infancia, En 1964 Jean-Paul Sartre rechazaba el Premio Nobel de Literatura. Acto considerado, por muchos malintencionados, como una provocación más. “Por razones que me son estrictamente personales, escribe Sartre en su carta a la Academia Nobel, no deseo figurar en la lista de posibles laureados; sin que se pueda poner en duda mi alta estima por la Academia Sueca y por la distinción que ella concede, no puedo ni quiero, ni este año ni en el futuro, aceptar el Premio Nobel”. A pesar de su rechazo, el Premio le fue atribuido.
Sartre tenía razones personales y políticas para rechazar la distinción de la Academia Sueca. De su actitud, lamentaba Sartre, lo que más le atormentaba era el dinero del Premio, porque con esa suma “se pueden apoyar organizaciones o movimientos que se consideran importantes; por mi parte, pensé en el Comité anti-Apartheid de Londres”.
En su constante lucha por la libertad, Sartre sacrificó una gran parte de su obra. Viajó a Egipto e Israel en busca de un entendimiento entre árabes y judíos. Presidió el Tribunal Russell que condenó los crímenes del ejército americano en Viet-Nam y apoyó sin reservas a los estudiantes durante las manifestaciones de mayo de 1968, sin tomar la actitud de un maître à penser: “No somos nosotros quienes debemos darles [a los jóvenes franceses] consejos pues, incluso si hemos protestado durante toda la vida, siempre estaremos comprometidos con esa sociedad”.
Luego, durante los años posteriores a la Revolución de Mayo del 68, sin ser maoista, sirvió de garante a numerosas publicaciones de tendencia pro-China: La Cause du peuple y Tout, por ejemplo. Su nombre, incluso sin su consentimiento, figura en numerosas revistas ultraizquierdistas. Sartre se había convertido en el garante de la libertad de expresión en Francia.
Entre manifestaciones, consejos de redacción, protestas públicas y una intensa actividad intelectual, Sartre publica L'Idiot de la famille, su momumental análisis de la vida y la obra de Gustave Flaubert. Una obra en tres volúmenes y sin embargo inconclusa. En 1974, unos meses después de haber perdido la visión, Sartre decidió abandonar la redacción del cuarto tomo de su trabajo sobre el autor de Madame Bovary. Pero su labor de intelectual al servicio de la libertad no tuvo descanso hasta su muerte el 15 de abril de 1980.
La Revolución de Mayo de 1968 en París había trazado otras orientaciones en la vida intelectual y política francesas. Consciente del cambio, y como él mismo dice: “Mi obra ha sido recuperada”.
Después de la agresión a Venezuela y de la descarada violación de la Carta de las Naciones Unidas no hemos visto que ningún intelectual de influencia intelectual de la categoría del filosofo y escritor Jean-Paul Sartre ni siquiera el libertario Chosmky —hoy de 97 años—, se ha levantado contra el explícito expansionismo imperialista del inquilino de la Casa Blanca que ahora apunta a al Continente helado, Groenlandia, que 1871 pertenece al reino de Dinamarca, miembro de la Unión Europea e igualmente de la Organización del Atlántico Norte (Otan). Las cartas están echadas y los intelectuales no despiertan