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El conocimiento prohibido de los cielos -El libro de Enoc-

Desde una lectura filosófica contemporánea, el texto puede interpretarse como una crítica arcaica a la técnica.

El libro de Enoc

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El llamado Libro de Enoc constituye uno de los textos más complejos y sugerentes de la literatura religiosa del antiguo judaísmo. Su importancia no radica únicamente en su antigüedad, sino en la arquitectura simbólica que propone para explicar el origen del mal, la transmisión del conocimiento y la relación entre lo humano y lo divino. Desde una perspectiva lingüística y hermenéutica, el texto funciona como una expansión midrásica del breve pasaje de Enoc en el Génesis, pero llevado a una escala cosmológica. Allí donde la Biblia hebrea apenas afirma que Enoc “caminó con Dios y desapareció porque Dios se lo llevó” (Génesis 5:24), la literatura enóquica construye toda una teología de la revelación, del viaje celestial y de los secretos del universo confiados a un ser humano excepcional. Cuando se califica un análisis o una obra como “midrásica”, se está señalando que se mueve en el terreno de la interpretación profunda, imaginativa y teológicamente productiva de un texto sagrado. Es una lectura que busca sentidos latentes, no solo manifiestos.

Enoc, séptimo patriarca desde Adán, padre de Matusalén y bisabuelo de Noé, aparece como visionario y profeta, receptor de revelaciones acerca de los ángeles, el juicio divino y los misterios del cosmos. Su figura adquiere una densidad simbólica que trasciende el mero relato genealógico: es el humano que accede legítimamente al conocimiento de los cielos, no por usurpación, sino por elección divina. Este libro no es obra de un solo autor ni de una sola época. Se trata de un corpus compuesto entre aproximadamente el siglo III antes de nuestra era y el siglo I de nuestra era, en lengua aramea y hebrea originalmente, aunque su versión completa solo se ha conservado en ge’ez, la lengua litúrgica etíope. Este hecho explica su inclusión canónica exclusiva en la Iglesia ortodoxa etíope, donde forma parte integral de la Biblia. Para el judaísmo rabínico y la mayoría de las iglesias cristianas, el texto quedó fuera del canon, aunque su influencia fue amplia en el pensamiento apocalíptico del Segundo Templo y aún en el cristianismo primitivo, como evidencia la cita explícita que aparece en la Epístola de Judas.

Uno de los ejes teológicos más perturbadores del texto es la narrativa de los llamados “vigilantes”, los ángeles que descienden a la tierra y establecen relaciones con mujeres humanas. Esta unión produce a los gigantes, los Nefilim, seres híbridos que encarnan la ruptura del orden creacional. Sin embargo, la transgresión central no es solo biológica sino epistemológica. Los “vigilantes” enseñan a los humanos conocimientos que el texto considera propios del cielo: la metalurgia, la fabricación de armas, la astrología, la magia, el uso de plantas y raíces, los cosméticos, la escritura de encantamientos. La humanidad recibe así un saber que no ha desarrollado orgánicamente desde la tierra, sino que le es transferido desde una esfera ontológicamente superior.

El libro de Enoc

Este punto abre una cuestión filosófica de enorme profundidad. Si Dios prohibió al ser humano comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, ¿por qué no prohibió a los ángeles transmitir saberes celestes? El silencio divino frente a esta enseñanza ilícita genera una tensión teológica que el texto no resuelve de manera explícita. Puede interpretarse como expresión del libre albedrío angelical, como parte de una economía providencial que permite la caída para luego justificar la purificación, o como señal de que el problema no es el conocimiento en sí, sino su adquisición fuera de la mediación legítima. Aquí el paralelismo con el Edén es inevitable. En ambos relatos el conocimiento aparece como poder ambivalente. En el Génesis, la serpiente facilita el acceso al saber moral; en Enoc, los ángeles facilitan el acceso al saber técnico y cósmico. En ambos casos, el resultado no es la iluminación sino la corrupción. La diferencia crucial es que el texto enóquico desplaza el origen del mal desde la desobediencia humana hacia una caída angelical previa. La humanidad, en cierto modo, habría sido contaminada por un conocimiento que no estaba preparada para sostener.

Esta concepción redefine el sentido del Diluvio. Ya no es solo castigo por la maldad humana, sino una operación de restauración ontológica. Los gigantes devoran los recursos de la tierra, instauran la violencia estructural y desestabilizan la creación. El Diluvio aparece entonces como una purificación cósmica destinada a eliminar la hibridación ilícita entre cielo y tierra. Noé, descendiente de Enoc, encarna la continuidad de la línea justa que preserva la humanidad dentro de los límites establecidos por Dios. La relación genealógica entre Enoc, Matusalén y Noé no se trata solo de una sucesión familiar, sino de una transmisión de conocimientos revelados. La figura de Enoc no se agota en el judaísmo. En la mística posterior se transforma en Metatrón, el gran escriba celestial. En el islam es identificado por algunos exegetas con el profeta Idris, elevado al cielo. En tradiciones comparadas puede vincularse con arquetipos como Thoth o Hermes Trismegisto, mediadores entre el saber divino y el humano. Esta recurrencia intercultural sugiere la persistencia de un imaginario donde ciertos humanos acceden a la esfera celeste para traer conocimiento, pero bajo autorización divina, no por rebelión.

Desde una lectura filosófica contemporánea, el texto puede interpretarse como una crítica arcaica a la técnica. La metalurgia produce armas, la cosmética introduce la vanidad, la astrología pretende dominar el tiempo. El saber técnico aparece desvinculado de la madurez ética. En este sentido, el mito enóquico anticipa inquietudes modernas sobre la desproporción entre desarrollo tecnológico y desarrollo moral. El problema no es conocer, sino conocer sin conciencia. El drama central del Libro de Enoc es, por tanto, epistemológico antes que moral. ¿Quién tiene derecho a enseñar? ¿Qué conocimientos corresponden a cada nivel del ser? ¿Qué ocurre cuando se rompen esas jerarquías? La caída no proviene solo del deseo humano de saber, sino de la irresponsabilidad de los mediadores del conocimiento.

Por ello, la figura de Enoc adquiere un valor paradigmático. Él también accede a los secretos del cielo, pero lo hace por elección divina. No roba el conocimiento; lo recibe. No lo usa para dominar, sino para advertir. Su escritura no corrompe; revela. Frente al ángel caído que enseña para seducir, Enoc enseña para salvar. Comparado con otras tradiciones religiosas, el texto ofrece una antropología singular. La humanidad no es simplemente pecadora, sino vulnerable a influencias supra-humanas. Desde el punto de vista historiográfico, los problemas para verificar la existencia de Enoc son varios. Primero, el período en el que se sitúa (antes del Diluvio) pertenece al tiempo mítico o protohistórico, fuera de cualquier registro documental independiente. Segundo, no hay inscripciones, crónicas externas ni referencias arqueológicas que mencionen a Enoc fuera de la tradición bíblica y parabíblica. Tercero, los textos que amplían su figura (como el Libro de Enoc) son composiciones tardías que proyectan hacia el pasado revelaciones y cosmologías propias de su época de redacción. Esto no significa que Enoc carezca de realidad religiosa o literaria. Significa que su estatuto es distinto: pertenece a lo que la fenomenología de la religión denomina personaje hierohistórico o figura mítica-teológica. Su función no es ser verificable empíricamente, sino vehicular verdades doctrinales, cosmológicas y morales.

En tradiciones comparadas ocurre algo similar con figuras antediluvianas o primordiales: Utnapishtim en Mesopotamia, Ziusudra en Sumeria, o incluso ciertos patriarcas de otras genealogías sagradas. No son verificables históricamente, pero estructuran la memoria simbólica de una civilización. Así, el Libro de Enoc permanece como un archivo teológico de la ansiedad ante el conocimiento prohibido. Su vigencia no es solo religiosa sino civilizatoria. En una era donde saberes antes inimaginables descienden vertiginosamente sobre la humanidad, la pregunta que articula el texto resuena con nueva fuerza: ¿qué sucede cuando los secretos del cielo llegan a la tierra antes de que el espíritu humano haya aprendido a habitarlos con sabiduría?

Sobre el autor

OFELIA BERRIDO