El lugar del no retorno

28_09_2019 Areíto 28-09-19 Areíto7
Lo que ellos ni se imaginan es que me reencontré con Amanda Gautier, la vieja de ochenta años que en el documental “Suite Habana” vende maní y ya no tiene sueños.
El lugar del no retorno, es ese punto del espíritu donde la vida y la muerte; lo real y lo imaginario; el pasado y el futuro; lo comunicable y lo incomunicable cesan de ser percibidos contradictoriamente. Esa conciliación entre los opuestos es el lugar de no retorno.
Autor desconocido
Esto copié en mi cuaderno de notas el miércoles 8 de junio 2011. Cuatro días después salí de viaje. Primero fui a Buenos Aires a buscar la herencia de mis padres. Desde 1977, no había regresado a la Argentina. Desde el 12 hasta el 19 de junio escribí día por día lo que esa ciudad, la gente, el recuerdo, mi presente y mi pasado, mis hijos, mi vida fuera de ese país desde los 28 años en que me fui, los hechos que como la historia de esa otra Argentina desaparecida explicaban porqué he tardado tanto en recibir lo que me corresponde. Me dejó perpleja comprobar que yo había sido desaparecida en los registros civiles para que la familia de mi madre se quedara con las casas legadas por mi padre y mi abuela.
Así de terrible y así de sencillo. En Argentina te desaparecían en los setenta y en el nuevo siglo también te desaparecen porque se quieren quedar con tus bienes.
No hay ninguna historia mítica de guerra nacional ni de lucha por la patria, ni de izquierda ni derecha. Son unos vulgares ladrones.
No fue como dice y escribió Sergio Ramírez Mercado en “Adiós muchachos” ni magnifico ni terrible, no fue como el relato de Dickens que él menciona para contar el tiempo del sandinismo y la revolución de 1979. No. Para mí solo fue sanador. Sentí alivio. Durante siete días recorrí los lugares de la memoria acompañada de mi hijo Juan.
Busqué calles, las casas, los frentes de las iglesias, las escaleras de la basílica donde me bautizaron un 5 de marzo de 1948, la basílica que guarda la imagen de la virgen del Pilar, que era un banco de sangre y la cárcel para los indios presos y “las chinitas” enviadas al destierro después de la Guerra del Desierto…
Enjuagué mis dedos en el agua bendita de la pila en que me bautizaron hace 63 años y yo que soy atea, recé. Fue una plegaria muy mía, tal vez con la misma ternura que me dio esa pobre y desdichada familia. Esa familia emparedada vida por una sociedad enferma en una casita humilde del oeste de Buenos Aires.
Desanduvimos las callecitas donde vivió mi maestro de pintura, busqué la casa de mis tías y la casa de mis padres. Esa casa que finalmente fue vendida. Y cuando me paré frente a la casa de mi infancia comprendí con todo el dolor de mi alma, con una serena convicción que era necesario ese viaje, ese recuerdo hecho presente, ese pararme frente a esa humilde “casa peronista” como dijo mi amiga de la adolescencia, la dueña de la inmobiliaria que hizo las gestiones y al mismo tiempo me la compro.
No pude entrar a la casa de Tuyu ti 1083. Alguien había construido un muro por dentro. La puerta de entrada daba a un muro de concreto, la entrada lateral estaba tapiada también por una pared de ladrillo.
Mis padres, mi infancia, habían sido emparedados vivos…
Y no derramé una lágrima. No sentí nada más que agradecimiento por esos pobres padres míos encerrados en una “casa tomada”, metáfora, alegoría siniestra de la sociedad argentina, tapiada, violada, sometida a la sevicia de sus propios hijos.
Como la casa tapiada de mis padres, en Argentina todo es un caos, un desorden, una corrupción sin freno disimulada en proclamas guerrilleras de hace treinta años. Ni asco ni indignación ni enojo. Nada. Me di cuenta que de a poco con este viaje iba descubriendo mi lugar de no retorno.
Regresé. Al domingo siguiente, el 26 de junio viajé a Cuba para participar con un grupo de consultores de la Oficina Sanitaria Panamericana en una visita a la Representación en La Habana.
Debíamos dar asistencia técnica para el Proyecto de Patrimonio histórico y cultural de la salud pública y visitar la Casa y el Museo Finlay que es además de museo y archivo, la sede de la Academia de Ciencias de Cuba.
Mi primer viaje a Cuba fue en 1985, invitada a la Bienal de Arte de La Habana.
El último, fue en 1991, a Santiago de Cuba, invitada al Festival del Fuego junto a la delegación dominicana que era el país homenajeado. Durante una semana recorrimos instituciones, casa de niños discapacitados, el Museo Finlay, bibliotecas, universidades…
Sentí latir el corazón del pobre pueblo cubano. Sentí piedad. En una de las instituciones visitadas un colectivo de ancianas nos dio la bienvenida. Las Mariposas tienen un coro de sesentaisite ancianas que cantaron Cachita, nos sacamos una foto…
Mi cabeza canosa se perdió en aquella marea de cabelleras blancas. Se me hizo un nudo en la garganta y yo que no lloré frente a la casa de mis padres contuve las lágrimas por un montón de gente buena que está muy mal.
Uno de los integrantes del equipo de asistencia técnica es cubano. Un hombre sensible, preparado… contó las mil una peripecias de estar como consultor en Brasil y no poder disponer de su salario por las burocracias del régimen. Nos invitó a cenar a su casa y al día siguiente nos llevó a pasear por la vieja Habana.
Ninguno de ellos imagina ni sabe lo que pasó por mi cabeza y menos por mi corazón. Detrás de ellos desanduve esas calles que en 1987, me celebraron los cuarenta años frente al mar de La Habana, ellos me llevaron sin saberlo de la mano por ese barrio donde está la casa de José Martí, donde un cubano me besó bajo la lluvia.
Lo que ellos ni se imaginan es que me reencontré con Amanda Gautier, la vieja de ochenta años que en el documental “Suite Habana” vende maní y ya no tiene sueños.
Les pedí que nos fotografiaran. Nuestras dos cabezas blancas se unieron, me vendió un cucurucho de maní. No es la Amanda Gautier del documental. No.
Pero como las ancianas de mi memoria, como la anciana de la casa peronista tapiada, como la cubana que vende maní en La Habana del 2011 esas dos mujeres, la argentina y la cubana disuelven mis contradicciones, me sanan… sin saberlo, ellas me marcan el lugar del no retorno
Cuando regresé el 2 de julio, Santo Domingo estaba como ese relato de Naipul.
El de las hormigas cíclicas, donde todo empieza y termina y se repite como una rueda sin fin. Una repetición agónica en cualquier lugar del planeta.
Al sábado siguiente en Guatemala mataron a tiros a Facundo Cabral. Me quedé muda de espanto. Había intentado escribir algo de todo lo vivido.
Como a Sabina yo pensé que “las musas han pasao de mi” hasta que esta mañana, varias amistades y las revistas donde colaboro escribieron preguntando si estaba bien.
Si. Estoy bien. Solo salí de viaje y en un periplo que va desde Santo Domingo a Panamá, de Buenos Aires a La Habana descubrí que para mí, la isla de Santo Domingo es ese punto donde la vida y la muerte; lo real y lo imaginario; el pasado y el futuro; lo comunicable y lo incomunicable se concilian y aunque parezca mentira se convierta en mi lugar del no retorno”.