El Talón de Aquiles de nuestra civilización y su razón de ser (5/6)

El Talón de Aquiles de nuestra civilización y su razón de ser
No importa cuán graves y abismales sean las diferencias y contrariedades existentes entre países de diversas latitudes y longitudes. No solo porque los enemigos de hoy son los amigos de mañana y viceversa, sino porque ambos comparten en asuntos decisivos lo fundamental de la misma y única civilización vigente en los albores del siglo XXI. Lo que todos valoran y quieren se reduce por esencial igualdad -nada que ver con cantidades, modalidades y apariencias- al predominio político, a la manipulación social y a la explotación natural en el ámbito de un solo mercado de intercambios supuestamente libres e independientemente de valores intangibles.
Empleando una formulación afilosofada, las evidentes contraposiciones y escisiones de personas y países entre sí se justifican hoy día, más que a nivel de la cosa substancial en disputa, por los intereses particulares que cada adversario esgrime con relativa fuerza, de acuerdo a sus recursos, pasión y convicción.
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Por tanto, así como el cuerpo humano consta de dos talones de Aquiles, uno en cada extremidad inferior, en nuestro mundo -metafóricamente hablando- uno está en occidente y el otro en oriente. El mismo afán de ganancia y la misma ambición nacionalista y desmedida reaparecen por doquier individual y colectivamente como vulnerabilidad central de cada extremo. Más que la acumulación primitiva de sus respectivas riquezas y el subsiguiente poderío que ella le trajo -dado que estos conciernen únicamente adiciones de cosas cuantitativas y excluyentes- ahora se trata de la proliferación de la mismísima falla de civilización por todas partes.
¿A qué falla me refiero?
Vivimos en tiempos del rotundo olvido práctico de qué es y de qué depende la edificación sostenible de una civilización. Una civilización no es la acumulación de cosas y riquezas contables, sino la construcción de un orden social en función del cual cada sujeto sea cada vez más civilizado, y mientras más sean reconocidos por iguales, menos empobrecimiento de su principal capital, el humano. El meollo de la cuestión en ese contexto es, por consiguiente, reconocer y aunar como iguales a los unos y a los otros de manera que el mismo modo de vida sea compartible por todos equitativamente; léase bien: no exclusivamente por un 99% de la población mundial excluida de facto del mísero 1% de ella que es la que ostenta de por sí toda la riqueza y bienestar.
Lo que hace única y perenne la transformación a inicios del siglo decimoquinto es que el ser humano no es una isla ni un archipiélago, pues es social. No tanto por su acepción aristotélica, sino debido a su intrínseca sociabilidad. Lejos de Robinson Crusoe y de Superman, todos y cada uno de los que no somos ficción convivimos, compartimos secretos y somos sociables. Y, por tanto, cuanto más sociables, más felicidad, significado y satisfacción somos capaces de lograr y de transmitir. Nuestra misma libertad -y en particular la del sujeto humano individual en tanto que es libre incluso de sí mismo- necesitan y depende del entramado social y de las relaciones sociales que la sustentan. Y, por igual, de la continua institucionalización, usufructo, comunicación y ampliación de su propia base de formación.
Luego de tantos vericuetos y zarandeos temporales e históricos, civilizar viene a ser, -no dominar, conquistar, tener, acumular, forzar, reiterar y repetir metódicamente sino- edificar en la conciencia cívica y en el libre arbitrio de cada quien modos de vida sustentables. Mientras más sujetos se reúnan y permanezcan más tiempo unido, más se enriquece y perdura el cuerpo social; cuantos menos, menos se beneficia y más se empobrece. Así se descubre que los otros también son personas, no solo yo o nosotros. Así de activa e interdependiente, la civilización constituye la piedra angular del desarrollo humano en el espacio y en el tiempo desde aquella celebración dominical debido a la ardua lucha universal por el reconocimiento y tratamiento de los otros como personas iguales a nosotras mismas.
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En tan soberbio esfuerzo, una civilización conveniente y en expansión es aquella que más dignifica y gratifica al ser humano mientras produce conservando el medio ambiente y lo conserva produciendo.
Mientras más lo haga mejor y sobre todo en la medida en que incluya a todos por igual. Su virtuosidad y fortaleza vienen dadas por su capacidad de integrar como personas y aunar a todos con análogo esfuerzo en la consecución de un bien tenido como común.
Por vía de consecuencia, lo anterior implica necesariamente mantenerse alejada por principio y fundamento de la autopreservación endogámica, es decir, aquella que pretende perpetuar como privilegiados o dechados de la fortuna a los mismos connaturales que agotan sus potencialidades únicamente entre sí y apartados de los demás.
De no ser así, cualquier civilización -por contemporánea que sea- exhibirá pies de arcilla. Sus débiles y vulnerables talones estarán siempre expuestos a cualquier flecha inteligente. Flechas que, lanzadas hacia arriba según el canto de Homero en la Odisea, encuentra más temprano que tarde el lado débil de novedosos y olvidadizos usurpadores émulos de Aquiles.
Por consiguiente, hágase del tema memoria. Los humanos somos y mientras lo seamos seguiremos siendo seres sociales. En ese contexto, no hay darwinismo social capaz de compartir y civilizar a más de un 1% de la población humana. Esta reconcepción es eminente excluyente y desintegradora. Y lo es porque olvida o niega o ambas cosas al mismo tiempo qué es lo que funda, institucionaliza y sustenta el auge de cualquier civilización temporal de nosotros, animales sociales, emotivos y racionales.
Retomaré esa cuestión a modo de conclusión en un trabajo próximo.