Frank Barnett ¡El examen de conciencia & la risotada del espectador!
En este instante poshumano, a la hora precisa de la liturgia sangrienta de la guerra preventiva; el asesinato político al clamor del mediodía; las ejecuciones policiales en sus “intercambios de disparos”; los desmadres carnales del Cyborg deslumbrado y las promesas biotecnológicas del “Homo Deus” (Y. N. Harari), autoproclamándose supremo demiurgo de la inmortalidad y la felicidad, aún persiste y resiste la opción vital, lúdica y disruptiva del underground.
En los campos difusos del saber crítico y la epistemología de las humanidades artísticas, el término underground, designa aquellos ejercicios y efectos poéticos que surgen y resisten fuera del establishment cultural institucional y el mainstream del mercado del arte, es decir, divergentes de los espacios opulentos y sacralizados de la industria de la representación, como los museos, las fundaciones, las casas de subastas y plataformas convencionales de difusión y comercialización del producto artístico, incluyendo bienales, galerías y ferias de arte.
En Santo Domingo, el registro de los baquianos del underground no es tarea fácil ya que escasean los creadores determinados a costear la electrógena y primorosa verdad de vida y obra, además de unos niveles de introspección y eticidad que les permitan su libertad y su identidad creadoras sin tener que pactar con los ángeles, demonios, espectros y Baba Yaga de la compraventa.
Entonces, sin olvidar ciertos casos paradigmáticos como los de Carlos Goico (1952-2009) y Ney Díaz Henríquez (1974-2015), no creo que haya exagerado cuando hace cinco años me atreví a considerar a Frank Barnett (1986) como el más genuino y excitante chef de file del underground dominicano de la actualidad.
Como señalaba el genial compositor, guitarrista, cantante, productor musical y director de cine estadounidense, Frank Zappa (1940-1993): “La cultura oficial sale a tu encuentro, pero al underground tienes que ir tú” … Y, precisamente, con el electrizante cuerpo de obras reunido en su reciente exposicion, presentada durante el pasado mes de agosto en la Sala Paul Giudicelli de Casa de Teatro, Frank Barnett se reafirma como el creador outsider de mayor desarrollo en el panorama artístico dominicano de la actualidad, gracias a su personal ingenio creativo y su consistencia productiva.
Compuesta por más de 20 obras pictóricas, la muestra titulada “Ya t{u sabe. De mini serie parte 2”, nos ha permitido reencontrar a Frank Barnett, desvelado, achispado y jovial provocador del pensamiento y los escalofríos de la risotada, afilando su dicción expresiva y su irreverente mirada creadora, mediante una desquiciante y deliciosa puesta en espejo de los rituales lúbricos, hedonistas, narcisistas, bestiales, violentos, autodestructivos y descocados del anthropos ultramoderno.
Frank Barnett, vive en la costa norte, disfrutando el aire de las islas y el pasaje cálido y cristalino de la naturaleza, como ubicuo y eufórico fisgón del Caribe de la imagen del brochure, con sus paradisíacos hoteles y resorts all inclusive, que plasma en sus composiciones pictóricas como arrebatado y glorioso reino del deseo y el exceso; como un orgiástico bestiario playero de surfers; atléticos alienígenas y lujuriosas majas en colaless; personajes híbridos, tecnorgánicos e hiperplásticos, que consuman extasiados su espectacular sobreexposición a una seudolibertad individual que, en realidad, no es más que otra de las tantas formas de la ansiedad… Y de repente, estalla esa subversiva, densa, gélida y paradoxal grisalla que se apodera de los huracanados cielos en la desatada paisajística playera de Frank Barnett.
Identidad, rebeldía, socarronería y gracia punzantes, terminan disueltas en la obra pictórica relampagueante de Frank Barnett, como néctares de un cóctel cáustico, provocador, devastador y despiadado. Licuadas en el océano de la subjetividad más individualista del artista, estas sustancias críticas y poéticas, dan lugar a un todo compacto estético de forma y sentido; un dominio de plena expresión libertaria, capaz de descarnar con insólita estocada la más dura epidermis de cualquier cuerpo de valores sociales retrógrados o dogmas morales disecados.